Friday, November 23, 2018

El primer mito

El primer mito

Puedo escribir seis Biblias,
un Testamento Antiguo
y un Apocalipsis nuevo.

Eso no se dice,
eso no se toca,
eso no se hace,
eso no se come,
eso no se dobla,
eso no se vive,
eso no se tose.

Si me dejas el tiempo de convertir la tinta en aire
y aprendes a leer del blanco entre todo lo negro,
puedo darte los Nuevos Mandamientos:
eso no se guarda,
eso no se rompe,
eso no se salva,
eso no se aferra,
eso no se espera,
eso no se besa,
eso no se acaba,
eso no se mueve,
eso no reluce,
eso no se muere,
eso no renace.

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Puro gris

Por puro gris

Por puro gris

No bebo de ti.
No te hablo.

No sirvo a un siervo.

Soy la muerte anticipada
de una esclavitud
por puro gris.

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Un pecado

Un pecado

No toques, 
no pongas tus dedos en la piel oscura. 

Está prohibido. 

Eso es carne. 

Pega tus dólares a su brillantina, 
al tanga, a la zona más sucia y casi al sexo, 
al sudor meloso. 

Ella puede tocarte, no tú a ella. 
Eso es un límite quebrado, 
una libertad robada, 
un exceso sin paso, 

un pecado. 

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Alcohol

Alcohol

Hay un cuerpo esculpido
con manos mudas,
atadas,
rígidas.

Hay mucha maravilla en las formas imperfectas
y, para toda interpelación,
una sola respuesta a tanta pregunta sagrada:
alcohol y muerte.

Sin sentido del beber,
sin sentido del deber,
sin aceptación:
alcohol y muerte.



(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Luces

Luces

Las luces son anuncio de la muerte,
de la oscuridad que esconden.

Los silencios anticipan al grito,
y la suciedad al agua pura.

Así funciona el nacer de una estrella,
dentro de un ojo que hoy es ciego,
pero mañana un color con forma de pregunta.

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Ébano

Ébano

Mármol negro que me niega la marca inicial.

Cuando el cincel se acerca
lo hace con la vibración anticipada del martillo,
la mella que hollará el horizonte.

Nada se mueve cuando mi mano,
tajadera afilada,
se encuentra con su piel negra,
pura,
indestructible,
incapaz de amar.

Nada se mueve,
dejándose atravesar de amor
del que no marca.

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Casa

Casa

Los poetas somos gente pobre.

En Wisconsin, las prostitutas nos pagan
el Malört.

Son las reglas de la casa.

Es néctar dentro del veneno
y del mismo Sol:
la muerte castrada,
desdentada,
femenina y canalla.

Compartimos todos la casa en ruinas.

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

La muerte, la cama.

La muerte, la cama.

Estuve un tiempo en trance,
en la cama de un hogar con olor a hospital
en el que los doctores caminan desnudos
y las luces no dejan ver el horizonte;
sumergido en pensamientos llenos de esdrújulas,
imposibles de unir en algún rumbo
unos con otros con sentido.

Me acosté junto a un cuerpo extraño.
Me abrazaba, me quería.
Su abrazo tibio me hablaba de amor,
de aceptación y de tiempo quieto.
Su voz, “¿Quién eres?”, “Soy tú.”
Yo preguntaba su nombre,
ella me calentaba la cama.

Me levanté a fumar un aire que me faltaba
y ardió
dentro de la cabeza de un alfiler
que se me clavó en un pulmón.
Volví a la cama.

Ella no estaba. Su calor sí.

Yo sabía que ella era la muerte
y que siempre estuve en ella: “Vuelve a la cama”.
Morir es cada día desde entonces.

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Siete hombres

Siete hombres.

Hay siete hombres con las manos sucias de arena
sentados frente a La Luz
implorando que el milagro se haga dólar con sudor
y la mezcla se diluya en la mezcla.

Son cien hombres ahora,
rezándole a la madera de una barra,
cantando salmos dentro de un laberinto,
al borde de un acantilado,
sordos al romper del mar viejo,
disfrutando de la marea fuerte que ya no está.

Se aferran, todos, a la madera.
en un remar desacompasado.

Todos ven el lugar donde la quilla
se quiebra contra las rocas.

Todos mueren de espera en la búsqueda del cántico
que les lleve a la sirena.

Todos mueren de aburrimiento.

Es denigrante la muerte, cuando llega dólar a dólar,
mezcla de arena y esencias de recién nacido.

Hay siete hombre que limpian la arena de sus manos
en la piel de una mujer
que suda danza.


(Álvaro Hernando. En Chicago Express)