Wednesday, December 12, 2018

Insomne

Insomne

Ya no duermo.
Pienso en ti y en qué decirte.
Me cuento que todo esto es una esperanza, 
un dolor unido al hueso en hilvanado flojo.
Practico la mirada, con ojos cerrados, 
la cara de uno mirándose al espejo 
en una oscuridad más densa. 

No duermo. Todo desaparece con el dolor.
Cada contracción, cada espasmo
es una conversación a punto de acabar. 
Me esmero en certificar las diligencias 
que me exige el protocolo 
antes de enfrentarme a ese fragor 
en que se ha convertido nuestro cruce de miradas. 

Te miento y te revuelves contra mí. 
Pongo todo mi ejército en una sola línea 
dándote la espalda y preparando la defensa. 
Repaso el guion, voy a contarte. 
Repaso tu papel en la escena, 
y hasta el del apuntador. 
Repito las oraciones del final, 
pues no quiero olvidar el texto en mitad 
de nuestra charla. 

Tardas en atacar, pero cuando empiezas 
allá vas, con tu arma inesperada: 
apareces con café y me interrumpes con la taza, 
que tiene esa manía de tomar mis labios 
y embastarlos con la sangre negra que me regala 

una excusa para no llamar al insomnio por tu nombre.

Amor volátil

Amor volátil

Hay un billete afilado, clavado sobre el mueble seco, como el eco de un disparo de fogueo, humo veteado sobre la madera, a modo ritual burdo, augurio de lluvia celeste.

Se inventa la luz un navaja vieja que corta un Cosmos de tiempo, que amasa la carne fláccida de madre con manos sucias y en grieta. Hay mapas de horror y de agua, con la raíz en la sombra de un copo de nieve seca. Una caricia, un corte, una caricia, un corte.

Es la magia de un motel con la piel enhebrada en los dedos, tejiendo los rumbos del vello, señalándonos la órbita de las manchas en la piel, de un extraterrestre rumbo, incandescente viaje, de los que desmembran núcleos y devuelven a la infancia.

En la boca, nos rechina la esperanza y se seca un humo que nos preña los sentidos, sabor de saliva borracha, de pitillo compartido, de rosario profanado, humedecido. Una oración, tos de Dios y la gente, que no se siente el corazón, ni la cara, ni el vientre.

Estás en cada pulsación, como si fueras el eco de un retumbe propio, sonajero crepitante en una ducha de pared de corcho y suelo de timbal, tripa tensa de animal ya muerto.

Rimas de agua terminadas en silencio; se acaban tras tus gritos, con tu advertencia de que todo el universo estalla entre tus muslos, sin permiso ni remedio.

Me limpio. Te prometo amor por un tiempo.

Lucho por no desenhebrarme y busco más dinero en la billetera.

Mientras, te diluyes en éter, desclavas los cincuenta dólares y te cruzas con la órbita de otro cometa,
de otro nombre, de otra caricia, de otro deseo, de otra cartera.

Te dejé el dinero en la mesilla.

Sigo atento a la tarifa, al Cosmos, al gueto, al Holocausto, al cielo y al infierno. Y no recuerdo tu nombre, por más que lo intento.




(Álvaro Hernando, Chicago Express)

Sunday, December 2, 2018

Rastro negro


Rastro negro

Chicago flota.

Es madera y aire.

En la Ohio, huecorrelieve,
la mujer se incrustada en los comercios
de una calle que es toda zanjas
y martillos, polacos, sombras vacías
como un bruno interior acre. 
Y las aceras, obligadas a ir por la calle, 
sacadas de la misma roca
talladas por canteros negros.
El aire suena a música, a palabras ásperas
y rugosas, volátiles sinsentidos,
como cicatriz muda,
como averno susurrante.

En la calle State hay un antro,
un café de carámbano negro.
Es una postal empapada, 
es una promesa falsa
escrita con vaho en madera, 
una caricia sajada, una cuchilla en la lengua. 
Es una senda incorrecta,
un cruce inoportuno
de caminos y de encuentros.
A escondidas. Es de día,
los huérfanos van a la escuela
donde asentirán en silencio. 

La Milla es siembra de pobres 
argentados y sucios, de plata con alma de plástico;
del color de frío cielo.
Algunos sintecho se esparcen,
como orines en arena, por los subterráneos,
sin lamentos, como de paso por ellos. 
Nada que perder, sin quejidos, 
sin herencia, son olores sin rostro, música congelada,
abuelos sin nieto, y la lluvia les insulta
arrojándoles el reflejo sobre el cemento.

Muere el viajero en Chicago, 
con un dolor clandestino
o un miedo nieto de esclavos.
No hay Rosa para estos Vientos,
en los que el mapa es la duda curvada y terca
y el recuerdo está escrito en agua,
como un tallado invisible,
preñado de olor prestado.

Y uno cierra los ojos,
y ese olor le sabe a pinos
de algún parque que ya no existe.
Es una mentira dulce entre los charcos de aceite.
Es un acertijo nuevo llamado saudade homicida.
Es una madre borracha, enamorada del hijo,
besándole impúdicamente, pegajosa y descarada,
de boca infantil y perfecta,
con beso opaco y podrido
como fruta malgastada.
Es el interior de la tierra
que te llama, y tañe en ti desde dentro.

Porque la memoria es la tierra
a veces serpea la muerte
entre recuerdos borrosos
(esos viajeros lentos,
desconocidos ajenos,
envenenados de olvido).
Y nada suena en mi mente.
Sólo bebo.

Caminar esta ciudad es quebranto puro
es desvestirse del miedo,
es un tatuaje en la boca, una cicatriz en la espalda, 
un mirar hacia adelante con la frente en un muro de barro.
Es un infierno que gira,
Y todo ello siempre flotando,
cada átomo, cada universo,
es de madera y de aire.

Levedad. Camino eterno.

Todo da tierra y negro.


(Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Saturday, December 1, 2018

El perro que le habla al cielo

El perro que le habla al cielo

Somos levedad de muchos dueños,
eso somos. 
Siena sobre arcilla
en el asfalto roto
ante una lluvia siempre amenazante

Somos perro de muchos dueños
atendiendo a tanto hueso,
a tanto palo, a tanto miedo,
cercenado el rabo y el norte de la brújula,
que llevamos el invierno en las pisadas. 

Espera uno el premio, la mirada aprobatoria
el gesto que abra la puerta y deje entrar el aire
de una luz que nos es tan hostil como seca.

Somos perro de muchos dueños con antojos
que no saben del amor con que uno le habla
a los orines de la calle. 

Somos ídolos ardiendo y ácido sobre cristal, 
agua derramada en fuego, un anciano esperando al tiempo. 

Somos levedad densa, alargada y poliforme, 
empeñada en darnos nombre:
un quejido ateo rezándole a un dios,
susurro entre plegarias de viento. 

(Álvaro Hernando, en Chicago Express)


Destinado

Destinado.

La vida me encerró en tu mundo
bajo llave y sentencia frágil
pendiente siempre de un gesto
magnánimo y negro
de bondad infinita,
absolviendo mi existencia
de una salvación tan Eterna
como Anodina.

Al abismo se entra bailando
dándole la mano a tu sombra.

Quisiera serte olvido
perder el reflejo
ser nada.


(Álvaro Hernando, en Chicago Express)