Friday, January 15, 2016

Permanecer

Permanecer

Si quieres permanecer debes ser piedra,
que con el tiempo se melle erosionada,
vuele entre agua
                                     y gota de viento.

Si quieres permanecer, eternamente,
debes ser hielo, de las alturas inhabitadas
casi parte del firmamento,
del que llora con el roce del Sol
                        y se escurre
por la ladera
                             entre rumor y lamento.

Si quieres permanecer hazte aire,
en continuado devenir,
giro tras giro, en sí mismo envuelto
fugándose al negro cosmos
descomponiéndose en éter,
                                        de todo huyendo.

Si quieres permanecer, deberás hacerte olvido
pues todo lo demás
                                                desaparece.

(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)

Navegante

Navegante

Si yo tuviera que contarte,
por qué mi vida te ronda
y me pasea sin ropas ni abalorios
desnudo en mi velero alado
por tus senderos, mareas, corrientes,
armaría mis palabras en lo que de ti recuerdo;
por una estrella negra guiada,
lo que haría
sería repasar mi carta de rumbos
orientarla hacia el astro negro
alinear todos mis mapas
apuntando a tus defectos
y arroparlos en mi seno,
abrazarlos en estrecho,
pues necesitan cuidado.

Tus bellas quebradas
tus prístinas taras
tus señas de diferencia,
necesitan conveniente riego,
adecuado abrigo,
necesitan una esmerada satisfacción
de anhelo convergente.
Si durante todos estos años
me ha ocurrido algo que deba ser contado,
está escrito en ellos,
en el mapa de los desiertos de tus defectos,
en los que me quedé absolutamente varado.

Yo quedé
en tu mar desconocido
mitológico,
un mar que se navegó lejos,
asimismo,
como aberrante argonauta
mientras yo quedé
observando en el agua                 seco,
a mi mismo,
sobre cubierta de barco,
quilla en callada arena,
en mitad del bancal                empapado
de tu ausencia,
esperando tu tormenta.

Nunca regresó
Iris
pero yo me quede ahí varado
en todos y cada unos de tus defectos
en línea discreta
bajo mis versos colocados
hitos del camino andado
sin más prueba que amor y
dolor
de cada paso.

Creo que sigo en la sequedad
agazapado en lo oscuro
persevero
tus húmedas tormentas
de pasiones y preguntas
con o sin respuesta
y de explicaciones, como caricias,
y una iluminación celeste
desde tu oscura constelación.
Tu buscado cataclismo
se me hace rutina en la espera,
no sé si llegarán algún día
o terminará por marcharse.

(Álvaro Hernando)

La danza del cabello

La danza del cabello 

Rotos en el colchón
cabellos partidos
no son míos
dispersos en la cama
entre mareas de silencio
pantallas etéreas de diamante/nada
uniéndonos a un millón de miradas
de lejos
lejos, tarde, lejos,
poemas perdidos.

Mis pies al noroeste
y en zeta mis privadas de ti soledades;
tus pies al sur del Sur
y en paralela curva tu curvo amor
lleno de subjetivo apego
por una orientación oscura
suave
apuntando a distanciarme,
antónimos de besos
se arrastran por el aire.

Alborotados los cuerpos
ordenados los huesos
y músculos
esperan respuestas rítmicas
al paréntesis de soledades
ámbar en palabras grises
rompiendo más cabellos
y los algodones, entre dedos (...)
peinar uñas de locos colores.

Me pierdo en esperarte
o me encuentro,
ya no sé,
entre tanto pelo arrancado día a día
como si pudiera reconstruirte en muñeco frágil
de mecanismo capilar
y hacerte en trenza de deseos
recogidos de lejanos brillos inventados
en un firmamento concreto
alineado, ordenado y sabiamente contenido
en los gritos no dados
en jirones remendados.

Acariciar duele más que aferrarse,
algo siempre se hace grande
entre la uña y la carne:
ahí tenemos nuestras dudas
engordan
cavando más hondo en la espera,
en ese camino oscuro
y anodino, y plácido,
haciéndose más grandes
empujándonos fuera
del lecho y
de pintarte las uñas y
de peinarte ese amor y
de nuestro sexo enmarañado.

Álvaro Hernando