Sunday, February 3, 2013

Yo no sé si denuncio o dudo.

Lo que está ocurriendo durante los últimos diez años en mi país, y creo que puede que sea ya por más de diez años, me avergüenza, asusta y violenta.
He visto muchos chicos y chicas de 15 y 16 años encerrados, por delitos más o menos graves, que de todo había. Muchos de ellos compartían no el delito o la condena (medida judicial lo llaman), sino algo más grabado en el alma: la impunidad. Todos parecían abanderados con la soberbia y la inconsciencia de la impunidad. De que aquello no era un castigo por un delito. Su encierro era un impás. No eran todos. ¿Mi trabajo? Conseguir que su conciencia funcionara como la de la mayoría de las personas de bien. No se trata de aplicar un castigo, una condena o una ley. Se trata de la capacidad de ponerte en lugar de tu víctima, compensar su sufrimiento y no volver a olvidar que tu víctima también tiene una madre, o cualquier otra persona que le quiere como alguien te quiere a ti, delincuente, y sufre también por quien tú has atacado.
Es un trabajo que se me da bien. Porque creo en él. Creía en él, al menos, hasta hace un par de años. Ahora estoy en un período de reflexión, de espera.
Durante estos años mi contacto con la ley me ha llevado inevitablemente a tener que estudiarla.
Por eso estoy confuso. Estoy tan confuso...
Estoy seguro de que sabéis a qué me refiero. A este baile de corrupción, condenas, perjurios, indultos, prevaricaciones y prescripciones.
Hace poco fui consciente de lo ridículo que es en sí un indulto. Un indulto consiste en aplicar no ya un privilegio, si no en borrar una aplicación firme de leyes y procedimientos encausatorios cerrados con resultado de condena de culpabilidad. Un privilegio es eso que otorgaba el cabecilla o abusón de la tribu, el jefe que ostentaba la fuerza, a aquellos que le venía en gana. Ésos, los privilegiados, no tenían que cumplir entonces con la misma ley que el resto de mindundis. El mandamás les colocaba por encima de la ley.
Qué injusto.
En democracia se pretende que no haya privilegios de unos sobre otros por motivo de cuna o cuestión de discreto o indiscreto enchufe. En todo caso, privilegios, si los hay, que sean por meritocracia. Pero ya se sabe: "Poderoso caballero es don Dinero" y "Ande yo caliente y ríase la gente". Dos máximas que se enraizan en lo más profundo de la naturaleza hispana y, rascando un poco, imperialista y neoliberal. En lo que es el capitaismo, vamos. Digamos que el capitalismo está un poco peleado contradictoria e irónicamente con la meritocracia. Ese es otro tema, pero aunque no voy a entrar en él ahora mismo, sí me gustaría que no lo perdieran de vista. El capitalismo no es bueno o malo en sí. Tampoco lo es el comunismo. Son maneras de organizarse en las que caben por igual las ideas de mérito, ley, justicia y ética.
Pero a mí me ha tocado crecer, crecerme, sobrevivir e incluso sobrevivirme en un sistema neocon, liberal capitalista hasta el más indecente y cínico sadismo. Es lo que hay.
Es un sistema con un escaparate al que todos podemos acercar la nariz. Esa es su característica principal. Todos podemos arrimar el hocico hasta el mismísimo vidrio. Cuida mucho las presentaciones. Los palurdos miramos todos desde la misma cercanía aquello que luce límpido y puro entre el cristal y las cortinas del fondo. Ahí unos decimos: "¡Vaya mentira!" y otros proclaman o nos contestan: "¡Qué maravilla!". Estamos tan pasmados con los maniquíes y los brillantes productos o las suculentas comidas que rara vez nos fijamos en esas cortinas del fondo. Es el fondo del escaparate. Ahí puede que la realidad sea todavía más maravillosa, o puede que sea todo tan sencillo como a este lado del cristal, solo que nadie del otro lado de la cortina tiene la necesidad de pegar a ella la napia, porque ya sabe lo que se ha de encontrar. Normal.
De entre los que ponemos la nariz cada vez somos más los que no soportamos el engaño, la imposición ni el hedor. Cada vez nos vemos más reprimidos con un conjunto de leyes que parece que solo hemos de cumplir unos pocos. Si tuviéramos que movernos en eso que los filósofos llaman categorías, tendríamos que asumir que ya no hay correlación entre ética, norma, ley y justicia.
Este tema tampoco es el centro de mi escrito, perdónenme, pero tampoco quiero que lo pierdan de vista.
Al meollo, que ya toca. No sé si se han fijado de lo perverso de este sistema según está montado.
Entre los muchos delitos tipificados por la ley, está el conocido como prevaricación. Esto viene a ser algo así como el delito que comete alguien con poder y responsabilidad sobre otros, al cometer un acto o tomar una decisión a sabiendas de que es injusto o ilegal. La prevaricación es la figura que viene a señalar más directamente al abusón.
La prevaricación viene a ser a la administración lo que el abusón al patio del colegio.
Está tipificado como delito y contemplado así en los diferentes códigos y procedimientos legales.
La perversión está ahí, al relacionar esto que llamamos privilegio con aquello que llaman indulto.
El indulto es la capacidad de excarcelar o eximir, modificar o eliminar la pena impuesta por un tribunal a través de una sentencia de culpabilidad a cualquier condenado.
Vamos, que no sólo cada vez hay más diferencias a la hora de verse sometido a unas u otras leyes: privilegios para unos y persecución para otros. Además nos encontramos con que cuando la cosa es muy flagrante o muy mundana, determinadas personas, súbditos, se entiende, como nosotros, son excarcelados o ni siquiera llegan a ingresar en prisión porque este gobierno, o el anterior, les concede un indulto. ¿Saben cuántos países democráticos tiene articulada la vía del indulto y en qué situación se aplica dicha vía? Piensen mal. En España la cosa es de órdago.
Eso sí, en ninguno de esos países existe la figura de la prevaricación así, tan claramente contradictoria al otorgamiento de un indulto opuesta.
¿Qué quiero decir? Que es una contradicción moral como pocas se puedan ver. Un torpedo en la línea de flotación de la transparencia y la ética en la administración de justicia. En este país, un condenado en firme, con todas las posibilidades de recurrir sentencias y solicitudes de amparo posibles perdidas, se puede encontrar con que, en contra de la opinión de jueces, jurados, contraviniendo las sentencias y las leyes en las que se amparan, puede librarse de condena por aplicación de un indulto gubernamental. Indulto que es la definición más sangrante de decisión tomada a sabiendas de que es injusta, contra un culpable de delito, contra un condenado.
Con un indulto no sé si se comete o no un delito de prevaricación por parte de quien lo otorga, pero no me deja de parecer irónico. Cuando veo cómo se libran unos de la cárcel y otros son apaleados en las plazas con amparo de los mismos gobernantes me parece estar presenciando un sarcasmo de esos que hacen que el ejecutor mastique sal. O al menos, que decía Dante: "Y sucedió que, aunque mi vista fuese algo confusa, y encogido el ánimo, no pudieron huir, tan a escondidas que no les viese bien (...)". Se les ve, más que venir, irse.
Pero bueno, el hecho de no saber, en mi confusión, si estos indultos son delito de prevaricación, no significa que deje de haber sido un crimen lo que un criminal hizo. Tampoco deja de ser delito lo que el delincuente cometió y por lo que fué en buena ley condenado.
El crimen y el delito no desaparecen por el indulto. Desaparece, para nuestra hoy vergüenza, la condena. No son indultos por consideración humanitaria o por consideración realmente excepcional. Son como las bulas papales que hace siglos los abuelos de estos podían permitirse pagarle a Roma.
Más privilegios pero en torcida y perversa presentación. Todo cocidico tras la cortina.
Este gobierno, tan corrupto como el sistema, permite que se manejen dentro de la impunidad los súbditos que a dedo o por razón de cuna o cuenta bancaria se tenga a bien elegir.
Ahora es por lo que espero que comprendan por qué me replanteo mi futuro profesional. A los chicos y chicas de 15 y 16 años, a esos que llaman menores infractores, les da por sentirse todopoderosos bajo un paraguas de impunidad que sólo desarma el cultivo de la conciencia.
De la impunidad les da por sentirse inmunes.
Como a estos señores corruptos y a estas señoras perversas. Todos estos que quieren ser reyes en lugar del rey, califas en lugar del califa y ricos, muchos más ricos de lo que son. Desde su codicia se saben impunes por la perversión del sistema que alimentan y nos venden como nuestra propia salvación. Son los que nos presentan lo mejor de lo mejor en el escaparate, ante el que somos todos iguales para espachurrar la nariz.
Pero que no se confundan. Ni ésto, mayores y experimentados, ni aquéllos, adolescentes revenidos. La impunidad es cosa de tener estómago y aprovecharse de privilegios, pero no otorga la inmunidad.
La inmunidad depende de un porcentaje de azar y de ira tan elevado que ningún tirano lo ha podido controlar, por mucho que sus perros de presa apretaran las mandíbulas en las plazas de los pueblos o ciudades.
Que se lo digan a Viriato, a Corocota o a tantos otros desgraciados que antes de morir asesinados o de hambre se llevaron muchos cuellos por delante.
Lástima que no nos queden colonias que perder allende los mares. Lástima de gran derrota que nos permita barrer la casa. Regeneración, ya es tarde.


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Gran programa, fuente de difusión y, por qué no admitirlo, inspiración.
http://www.rtve.es/television/pagina2/