Tuesday, March 7, 2017

La canción del tahúr del Mississipi

La canción del tahúr del Mississipi

¿Y si el mal programado soy yo?
Y si soy yo uno de los quince
que pisa, ebrio, el cofre
del hombre muerto, ahogado en ron
o uno de esos lobos de la esquina.

Miro en mis muñecas el pulso
ciego, claro, anárquico y aburrido,
navegando por las delirantes callejuelas
de la ciudad inhabitada de Wittgestein,
esa Lisboa sin cuestas.

Aún está ahí esa pulsión,
el pájaro corrupto buscando una salida
o un fuego con que calentar
el hueco del corazón vacío,
ese de alcohol que no enciende,
ese, frío salón, paraíso para espectros.

¿Y si entre risas estamos pisando el pecho
del cadáver vacío -tiempo
y recuerdo-, mientras le cantamos,
obscenos, a la muerte del otro?
Soy el niño que insulta a una puta,
que no tiene pecho, ni madre, ni acierto.

Hay un descenso hacia lo humano
un ultraje a la locura,
en la canción del croupier del Mississipi.
Se hace el asco mueca reconfortante
y esperpento, olor a tabaco, y pagaré
firmado para salvarnos a todos los muertos
del aburrido infierno.

¿Y si yacemos todos en el cofre
a la espera de los pasos de baile
de los quince piratas, ebrios,
sobre nuestro pecho?

Es momento de mirarse al espejo
y reconocer al tahúr que uno es
repartidor de cartas bastardas
castillo de naipes,
capital del paraíso para espectros.

(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)

A la memoria de Leopoldo María Panero, con La canción del croupier del Mississipi en la cabeza.

Sueños de Panero

Sueños de Panero

Hay que escalar las piedras de Gaudí
soltar de lo alto los engorros de la razón
despeñarlos
y reunir el humo del cigarro
en una metáfora muerta.

Hay que beber del arroyo que llega
de San Justo, de la vega,
de la Vega.
Allí hay lobos, dicen
enterrados bajo las carreteras,
junto a las zarzas de los caminos.

Cuando huele a podrido
no sé si es el agua de Villameca,
los huesos hechos nudos blandos
o las metáforas,
que huelen al salto anticipado
desde la torre.

Hay que tirar la torre,
construir la piedra,
matar la metáfora
y vivir lo justo,
en lo que queda entre razones,
en lo que hace levitar
a todos los poemas muertos
que florecen en las tumbas de los malos
poetas.

(Sueños de Panero, en La Herida Eterna, Álvaro Hernando)