Monday, November 25, 2019

Manos llenas

Manos llenas

La voz también se siembra
sobre un suelo yermo,
con exceso de sed que grita escucha
y con cuervos que cantan sonidos afilados
anegando el huerto de salado olvido.

Y hoy es día de cosecha,
toca recoger el silencio de los muertos.

Y se llenan las iglesias y los libros
de creencias y de historias
como los graznidos de los cuervos:
negros y vacíos
y unos lo llaman salmo y otros ruido.

La voz también se siembra
en la fotografía antigua
con paisaje de cielo inmóvil
y con cuervos que beben luz
robándole el surco a las semillas.

Y hoy es día de cosecha,
toca recoger el silencio de los muertos
a manos llenas.

(En La Herida Eterna, Álvaro Hernando)

Monday, November 18, 2019

Desnudo

Hoy me he enfadado conmigo mismo. Intento recordar por qué, pero no lo recuerdo o no lo entiendo. Uno se engaña a sí mismo cuando lo requiere el guion propio. 
Iba a salir de casa, temprano, hacia el trabajo, pero no me ha dado la gana. 
Me he mirado al espejo y he visto a un tipo metido en la ropa que otros esperan ver en la oficina, sonando a lo que otros quieren oír, con pensamientos que otros esperan tener y con las ganas que otros quieren pillar. Joder, ¿quien soy?
Es como si fuera una expectativa ausente de mí. 
Tenía unas ganas terribles de llorar. 
He hecho lo que hubiera hecho cualquiera: me he desnudado y he salido a la calle. Ya no marco abdominales, no lo hago desde hace décadas, la verdad. Tampoco es que tenga una barriga exagerada, pero no tengo un cuerpo juvenil en absoluto. Mirándome al espejo me he visto cuerpo de asesino, de falsificador, de cuadro de Bouguereau, medio Capocchio, medio Schicchi. Me hubiera mordido en el cuello si hubiera podido. 
Pero no he podido, así que he salido desnudo hacia el trabajo. Desnudo y descalzo. 
El frío, golpeando en los riñones, me ha convencido de que debía caminar encorvado, como todos. Hacia la estación de tren de Fanjul he caminado sobre piedras puntiagudas, pero no me ha importado, porque al menos sabía que no iba pisando mierda. La mierda es blanda hasta cuando está seca, mancha siempre, no como la sangre, que se escurre entre los filos de la grava. La sangre es invisible, no como la mierda. Nadie ve la sangre, ni en las huellas. 
Tampoco ha sido mucho trecho. El tren está cerca de mi casa. He notado el aire al entrar en la estación, en la piel desnuda. Y he corrido, escaleras abajo, hasta el andén, porque sé que esa corriente la provoca el tren cuando entra en la estación. Es un túnel por el que el tren empuja el aire caliente hacia los andenes, y de allí, por puro instinto, el viento busca la calle. Es un aire cálido y oloroso. Denso. Se huele con las manos, con la lengua, con los ojos. Y he corrido, porque sabía que venía el tren y no quería perderlo. 
He bajado los escalones, desnudo, desparramando las canas que cubren mi sexo, sin pudor, entre gente vestida que corría igual que yo, pero más lento. 
He pisado a una mujer vieja, pero no ha protestado. Ha seguido corriendo, como esos muñecos cutres de hojalata que dan pasos cortos y esperpénticos. Todos hemos dado cuerda a un juguete de estos sabiendo que iba a pararse o a caerse, en esa ridícula carrera de señora vieja tratando de coger el tren sin que un hombre desnudo con cuerpo de asesino le pise. Y nos quedábamos embobados mirando cómo el mecanismo no fallaba, igual que nos quedábamos mirando al pez que se ahogaba fuera del agua. Pues así corría la señora y así la mirábamos todos. Un chaval de menos de veinte corría más que los demás, ha llegado el último, tras la señora. Ya en el vagón la vieja se ha muerto y yo he encontrado dónde sentarme. No sabía que la tapicería del tren era así de áspera. Da igual. Aluche, Laguna, Embajadores, Atocha y Méndez Álvaro. A nadie le ha importado que yo fuera desnudo. Nadie mira a nadie ya. 
Hemos corrido todos, como peces formando un banco, siguiendo una corriente invisible, hasta atascar la escalera mecánica, cerrándole el paso a la prisa y a la lógica, esquivando lugares desconocidos, como la amabilidad o la paciencia. Así hemos pasado tornos, como esas canicas que caen por los laberintos de madera, o las monedas por las cataratas tragaperras, atolondrados todos por la inercia y la gravedad. Nos hemos apretado tanto que he notado un bolso clavándoseme en el costado. Un bolso de mujer muerta en brazos de nieta hortera. Joder, el bolso tenía refuerzos de metal frío en las costuras. Vestido ya hubiera sido molesto, pero el hierro helado en las costillas me ha hecho dar un respingo al pasar el torno y me he golpeado la rodilla. Y a nadie le ha importado. A mí tampoco. He seguido, dentro de ese gusano que somos las personas haciendo transbordos a hora punta. He sido un anillo más del gusano hasta llegar al metro, línea circular, dirección Manuel Becerra. El andén lleno. Operarios del metro con chalecos reflectantes, muy serios, como policías de los de antes. Hemos esperado tres trenes hasta poder entrar en un vagón. Cada vez que un tren se llenaba, los del chaleco recorrían el andén, muy pegados a los coches, ordenándonos quedar detrás de la línea amarilla. Un chaval de unos quince no ha hecho caso y el vagón le ha raspado la frente al arrancar. Sus amigos, de unos quince, se han reído. Creo que uno le ha escupido. Llegó el tercer tren. De pequeño pensaba que el tren de verdad era el metro, pero no. El tren de verdad es el cercanías, o el Talgo, o, a veces, el AVE. El del metro es un tren escuálido. Mi amigo Simón se tiró a la vía del metro. No le pasó nada. Le sacaron a hostias los de seguridad. Mi amigo Simón tuvo impulsos de saltar a la vía del cercanías en Vicálvaro. No lo hizo. Tuvo una visión. Se vio en unos años, conduciendo un Saab, escuchando la SER en el atasco, con plaza de funcionario anarquista, casado con una mujer de bien de las que viste con bolso de piel. Se vio con tres hijos, con perro adoptado, viendo el fútbol con su suegro, afeitado, sin olor. No lo hizo, no saltó, pero la simple idea le arrancó la cabeza. Llegó el tercer tren, el del metro. La vieja entró antes que yo. ¡Pero sí había muerto en el cercanías! Igual no era una vieja. Quizá era la niña hortera con bolso de otra época. Hemos entrado empujándonos, aprisionándonos. He notado el menosprecio de uno que vestía un traje negro. Todo el mundo espera de él que vista un traje negro y menosprecie, porque sí. Me ha dado igual. Yo iba desnudo con el vagón a reventar. Me he apoyado con las dos manos en el techo. Un cabrón llevaba una mochila puesta. Sí, un cabrón. Hay que ser cabrón para ir en un vagón lleno, a tope, hora punta, y no quitarse la mochila. Al que le toque tras él va jodido. La gente que iba sentada miraba el móvil con los ojos en blanco, o cerrados, fingiendo ir dormidos, pero con el móvil. Un juncal de piernas meciéndose al son de las frenadas, las curvas, las aceleradas. Y yo desnudo. Y el del traje negro despreciando a todos. Así hasta Manuel Becerra. Y cuando las puertas se han abierto hemos salido muchos, hacia las escaleras de subida, y el gusano se ha hecho cera nada más tocar los peldaños. Nos hemos puesto unos junto a otros, nadie en fila, muy rápido, muy en paralelo. Y en cuanto hemos ocupado todo el ancho de los escalones, ralentizados, a cámara lenta, como adormilados, un gusano nuevo de gente que bajaba en sentido contrario se ha hecho raíz, deslizándose rápidamente en estrías por los huecos que dejábamos, de nuevo como monedas cayendo por las cincuenta posibilidades de una máquina tragaperras. Todos sabíamos que iban a perder el tren y no sentíamos culpa. 
Son tres tramos de escaleras hasta la calle. Largos. Yo siempre subo caminando porque me gusta llegar el primero, llegar antes, sin oxígeno, porque sí, antes con antes. 
Al acabar las escaleras el pecho arde. Si yo tengo calor, que voy desnudo, ¡cómo estará el del traje negro! Como todos leen mi pensamiento, todos ríen. Nos consuela saber que estará sudando. No. No es consuelo. Es placer. Nos da placer que esté más jodido que nosotros. 
Salir del metro en Manuel Becerra es volver a la niñez. Casi me da vergüenza salir desnudo. De pequeño era muy vergonzoso. No me gustaba que me miraran, pero quería que me miraran. Hoy, que iba desnudo, no me importaba que me miraran, pero no quería que me miraran. Es igual, irrelevante, porque nadie me miraba. 
Allí fui corriendo hasta la parada del 53. Hay que correr para hacer cola. Hay gente que no corre, que camina y, cuando llega, se queda al comienzo de la parada y, si nadie dice nada, se cuela en el autobús. Paran seis autobuses diferentes en esa parada. Esa gente, por colarse, es capaz de coger un autobús diferente al que necesitan para llegar a donde sea que vayan. Siempre hay alguien fumando. Hoy, que voy desnudo, le he dicho a un tío joven, con barba, que se fuera a fumar a otro lado. Me ha intentado responder, plantarme cara, porque no estaba fumando, pero a mí me ha dado igual y le he obligado a dejar la fila. Le he ladrado, le he gruñido, le he arañado la cara con las uñas y le he pateado con mis pies envueltos en sangre seca. Me miraba desconcertado. Pero se ha tragado el miedo y se ha ido hasta la fachada del edificio en la que se apoyan los que fuman. No ha regresado hasta que el humo se ha disipado por completo. A su regreso le he abrazado y nos hemos besado. ¡Nos alegramos tanto de vernos tras tanto tiempo separados! 
Ha llegado el 53 y hemos subido cuatro personas. Uno que no ha corrido, que ha llegado caminando, ha mirado al cielo y, escupiendo, se ha saltado la cola. En cuanto he subido al autobús he dado los buenos días al conductor y le he pedido a una embarazada que le cediera el asiento al que se había colado. Sonriendo le ha dejado sentarse. Yo he puesto mi barriga contra la barriga de la embarazada y me he alegrado de ir desnudo, porque he notado los movimientos del feto. Al principio eran espasmos sueltos, como si al de dentro le dieran calambres. Pero luego he notado toda la intención en sus toques. Me empujaba la barriga. Notaba la forma de un pie sobresaliendo, tensando la tripa de la preñada, a separándome de su madre. Ella me miraba y sonreía. Y yo allí desnudo, sintiéndome afortunado. De haber vestido eso que todos esperan, no habría notado jamás aquella huella. La embarazada me ha invitado a poner la oreja y he escuchado al feto. Me ha hablado, sí, a mí. Me ha dicho “¿Has visto qie somos los únicos aquí que vamos desnudos?” Y yo he sonreído. Y me ha dicho luego que él era mi amigo Simón y que no piensa volver a viajar en metro. 
Llegando a Ventas un hombre ha sido amable con otro. 
En Torrelaguna me he bajado del autobús y he entrado en el edificio de mi trabajo. Los de seguridad, allí sentados, esperan que yo les diga “¡Buenos días!”, muy alegre, o agitado, o jodido. He pasado de largo. Uno ha salido gritando y me ha dicho que la próxima que pase delante de ellos debo saludar, que la seguridad es más importante que la libertad. 
Yo he fingido que le escuchaba, pero en realidad pensaba en Simón. 
He llamado al ascensor y, cuando llegaba, ha llegado mi amiga Yolanda. Me ha explicado que google tiene nuestros datos y que la Big Data China nos invade silenciosamente. 
Y a mí ya me da lo mismo todo.
Porque estoy muy cansado. Porque hoy había elegido ir desnudo entre tanto traje innecesario. Porque hoy he aprendido que hay a quien IMPERTÉRRITO le parece una palabra bella. 

Yo prefiero llorar desnudo. Quien me conoce, lo sabe. 

Thursday, November 14, 2019

El puente y la sal

Miro mis pies descalzos.

Mientras todo
se asemeja a un puente con forma de cisne
que reposa tranquilo sobre la sal
de un mar antiguo que hace mucho yace con los hombres muertos.

Es un todo elegante que no se hunde
y nos hace pensar que el mar sigue ahí
cantando varias canciones de cuna
en las que el cisne se mece y acicala
sustraído a la gravedad y al cieno
esperando la hora de dormir
y de despertar.

Todos miramos el puente
y no osamos cruzar el lecho salino y seco
por temor a olvidar el agua.

Por temor a mojarnos los pies en el recuerdo del agua.

Thursday, October 3, 2019

Miedo

Miedo

Y llegó el día en el que no escuchamos más pasos.

Entonces nos miramos unos a otros, escondidos bajo la cama
y nos vimos las caras de niños asustados.

Pero no éramos niños,
ni estábamos bajo la cama,
ni estábamos asustados.

Y decidimos caminar,
para hacer ruido con nuestros pasos.


(Álvaro Hernando, La Herida Eterna)

Tuesday, September 10, 2019

Mi inestable pedazo de universo

Mi inestable pedazo de universo

En mi pedazo de universo hay pan mojado en vino
y moretones en las pantorrillas
y tiempo, mucho tiempo sentado en las escaleras del parque
entre cáscaras de pipa.
En mi pedazo de universo hay mucha espera
hasta que la chica rubia de rizos aparece
con uno de esos novios mayores,
con moto y camisa a raya ancha.
En mi universo de aquella época no cupieron besos
pero, gracias a Stephen Hawkins,
la expansión ha sido incesante.

El Big Bang sirve a los intereses
de los amores
de una vida.

Sunday, September 1, 2019

"Yo es otro"

“Yo es otro”

Ya no recuerdo si aún soy el fruto 
del árbol seco de la memoria.

Como Rimbaud, he experimentado 
la búsqueda y todos sus desastres, 
y los vicios, 
que en nada se parecían a la sed.

Hubo cuervos marcando el camino
como si guiaran los deseos,
o los comprendieran, o imitaran,
inventándose palabras que sonaban a insulto
o a paráfrasis, o a reflejo.

Entre los caminos del lenguaje 
los arzones me decían el mundo
y caía el vómito hecho agua.

Ahí es donde yo reposo.

Hallar palabras que te hablen de ti
es cazar por la cola un rayo
y atarlo a un cielo negro.  

Me he enroscado en una cáscara
huérfana de luz, madre de fruto 
muerto.
Pienso que soy aquella manzana,
con piel atravesada de dientes,
significante que me contiene,
con toda mi simiente seca, 
y mis hongos y mis gusanos.

Soy un universo opaco 
secándose al sol del invierno.
Desde que he cambiado de gafas
vivo en una pecera,
todo es devenir de reflejos 
y de costras y huecos.

Yo es otro.

Te acuestas hierro
y despiertas ancla;
te sabes luz 
y te mueves sombra.  

Sé que fui madera 

y ahora, o pronto, ataúd desnudo.


Un Sol arrugado sobre los sonidos del agua clama por líneas rectas y por inercias constantes.

Pacto de muerte y tiempos en el lugar que no acepta alas de pájaro, ni cera,  ni plumas.
Los piñones son el cielo para la Tierra, mar marrón y gris.
Dentro, la semilla.
Fuera, se nos mellan los dientes, leyendo poemas que no entendemos.

Los ojos miran vacíos. Piensan que están vivos.

(Álvaro Hernando, en La herida eterna)


Saturday, August 31, 2019

Tipología de un Holocausto IV

Tipología de un Holocausto IV

Fecha de caducidad benevolente, diseccionada en longitud y latitud, como en líneas transversales, caminos que separan las lindes en las que no existimos.
Fecha de caducidad insignificada, como en oposición a cualquier evento casual.
Fecha de caducidad temporal, finalizada.

Eduard Pernkopf, Atlas de anatomía del cirujano nazi.


A la gente le pesa poco la justicia,
como le importa levemente todo lo que es ciego,
mudo,
inmóvil.
Lo no ruidoso es un niebla ajena.

Tuesday, August 27, 2019

Tipología de un Holocausto III

Tipología de un Holocausto III

Hay dendritas resplandecientes
en los ojos de estos animales
muertos en la carretera.
Unos atropellados;
otros, de cansancio;
ellos, muertos
de bala y olvido.

El camino sigue,
la raíz que nos ata a ésos
permanece.


Eduard Pernkopf, Atlas de anatomía del cirujano nazi.



Todo se quiebra racionalmente. Se desgrana. Se roba la identidad del lugar ese que fue un presente, y se convierte en una etapa, una fase, un momento, una hierofanía. Pero no hay hierofanía sin hierogenia. ¿Cuándo y cómo comienza a divinizarse a un ser humano, otorgándole el poder sobre el fin de la vida, sobre el valor mismo de otro?
De la historia no sólo habría de aprenderse recordando las piezas, diseccionadas, sino como de una sombra que proyecta cada uno de nuestros movimientos. Son como los lunares, como los tatuajes: están en nosotros. La historia está en nuestra nosotros, aunque no necesariamente en nuestra memoria. . 




Monday, August 26, 2019

Tipología de un Holocausto II

Romorrostro

El romorrostro de recuerdo afilado
perfila las formas y los flancos
y hay nudos sueltos que penden
de tu barbilla.
Romorrostro, que cortas la mirada,
tuviste cara.


Eduard Pernkopf, Atlas de anatomía del cirujano nazi.
Durante el apogeo del régimen nazi, incluso después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, Eduard Pernkopf usó los cuerpos de los asesinados por el régimen fascista para conformar el atlas de anatomía más completo y detallado hasta el día de hoy. Al menos la mitad de las aproximadamente 800 imágenes que componen la obra son de presos políticos.

la memoria suele seguir caminos en los que acaba confundiéndose el camino con el origen y el destino con el motivo

Sunday, August 25, 2019

Tipología de un Holocausto I

Tipología de un Holocausto I

Miré a los ojos del fuego
y vi todas aquellas
calaveras bajo las pavesas.
Una miente.
Piensa que está viva,
observando un arce japonés
mecido en una ralentizada
tormenta.


Eduard Pernkopf, Atlas de anatomía del cirujano nazi.
Durante el apogeo del régimen nazi, incluso después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, Eduard Pernkopf usó los cuerpos de los asesinados por el régimen fascista para conformar el atlas de anatomía más completo y detallado hasta el día de hoy. Al menos la mitad de las aproximadamente 800 imágenes que componen la obra son de presos políticos.


Me pregunto por qué no se produce y distribuye gratuitamente. Hay que hacer desaparecer el componente económico de este libro como producto de culto y consulta. Además, el convertir a los mártires, cuyos cuerpos sirvieron como modelos, en salvadores de enfermos sería una solemne manera de convertir la muerte en vida, honrando la memoria de las víctimas.


Sunday, August 18, 2019

Nicolás Corraliza Tejeda. El regalo de Abril en los inviernos, Chamán Ediciones, 2019.

 Las edades del abril.

         Hoy inicio algunas entradas que me sirven para un doble motivo. El primero es el de compartir el trabajo de algunos escritores que me han gustado, en los que creo, de los que obtengo placer al leer y de los que creo que se puede aprender. El segundo es el de hacer un comentario sobre alguno de sus libros, con el fin de animar a los lectores de este blog a que lo compren y lo lean.

          Nicolás Corraliza Tejeda es mi primer poeta invitado en esta doble disciplina. Si bien ya he  reproducido en este espacio las palabras de otros, entre los cuales están mi admiradísimo Miguel Veyrat, Tulia Guisado, Alfonso Brezmes y alguno más, no es hasta hoy, con el trabajo de Nico Corraliza, cuando me atrevo a combinar el compartir alguno de los poemas del autor con mis impresiones acerca del libro en el que los publica. 

          El libro, que he disfrutado muchísimo, es Abril en los inviernos, el que le han editado Pedro Gascón y Anaís Toboso Navarro en su albaceteña, española e internacional Chamán Ediciones -yo la conocí en EEUU por publicar algo de Alfred CornRocinante-. Es este un poemario compuesto por cien poemas, la mayoría brevísimos, llenos de miradas del autor sobre momentos en los que se entrelazan en paradoja la tristeza, el dolor, la esperanza y, no pocas veces, la ironía. Los poemas no están titulados, salvo por el número que describe su orden en la obra.
           El primer poema que quiero compartir es el VIII, y que va encabezado por un verso de Eduardo Moga que yo habría entendido en otro sentido, pero que un hilador fino como Nicolás conduce hasta otro universo. El verso en cuestión dice "Soy lo que se ha ido". Es un verso terriblemente afilado. Nicolás Corraliza lo toma, envuelve cuidadosamente su empuñadura en esparadrapo blanco y viejo, y acuchilla el calendario de uno mismo con estos cuatro versos, hasta el degüello:

          DESPERTAR un día
          con el aliento viejo,
          y saber que el sueño
          fue la juventud.

          Uno le recrimina a su propia existencia cuando se lee en algo así. El poemario está repleto de voces que susurran la verdad del maravilloso proceso de pérdida y construcción. Somos quienes somos gracias a que el sueño de juventud fue sustituido por la presencia consciente de la madurez. Hay belleza en la aceptación. Hay poder en el autoconocimiento. 
          Hago un inciso, antes de continuar con los poemas de Nicolás: he de confesar que desconocía el trabajo de Eduardo Moga, siendo la culpa de Corraliza que yo haya investigado en el mismo, por traérmelo a mi casa a través de su poema VIII. Muy interesante el trabajo de este autor, en texto extenso, como si de pensamiento paneriano hecho poesía en prosa se tratara, el que he podido leer gracias a lo compartido por la página web de Voces del Extremo. Tengo que conseguir su libro [Eduardo MogaSelected poems. Ed. Shearsman Books. UK, 2017].

          Todo el libro está lleno de palabras afiladas y flexibles. Se cuelan dentro de uno y le separan las oscuridades para teñirlas con destellos. 

          Uno, que ya va cumpliendo años y lleva toda la vida leyendo, y casi igual escribiendo (que no jugando al mundo del publicar, eso es desde hace poco) se tiene que plegar ante poemas como el LXXXIII, tras cuya lectura se acalla cualquier impaciencia ante la duda. 

          LA edad es el espacio 
          que nos separa de lo nítido. 
          Perfecta geometría
          la juventud. 

          Las edades y las palabras se conjugan en un poemario, Abril en los inviernos, que es madurez y luz de rito de paso. O, quizá, luces desprendidas de los rituales de vuelta. 

          AVANZAN las furias de la vejez.
          Gatean como niños escalera
          por los peldaños de mi Padre.                     (Poema XVII)

          No hay excepción en la belleza. En este poemario, pues, tampoco.


[Nicolás Corraliza Tejeda nace en Madrid, 1970. Ha publicado los libros La belleza alcanzable (Norbanova, 2012), La huella de los días (Norbanova, 2014), Viático (La Isla de Siltolá, 2015) y El estro de los locos (Ravenswood Books Editorial, 2018). Ha sido incluido entre otras, en las revistas Nobania, Estación Poesía, Ágora y Cuadernos de Humo. Su obra ha sido traducida parcialmente al francés, rumano y catalán. Su obra inédita se puede visitar en el blog Inventario de desperfectos: http://nicolascorraliza.blogspot.com(*)]

(*) Biografía obtenida de la solapa del libro Abril en los inviernos, de Chamán Ediciones. 



Fotografía y tratamiento de la imagen por Mónica Garre,
tomada el 3 de agosto de 2019, en Madrid.  

Friday, July 26, 2019

Caída

Caída

Caen los lirios 
agarraditos a sus lánguidos tallos, 
rendidos, ante todos 
los que les dicen, 
desde el primer día, 
“¡Qué poco te queda para marchitarte!” 

Y así ellos, 
marcando compás 
bailan, 
agarraditos a una raíz de aire. 

Tuesday, July 23, 2019

Insomne

Insomne

Ya no duermo.
Pienso en ti y en qué decirte.
Me cuento que todo esto es una esperanza,
un dolor unido al hueso en hilvanado flojo.
Practico la mirada, con ojos cerrados,
la cara de uno mirándose al espejo
en una oscuridad más densa.
No duermo. Todo desaparece con el dolor.
Cada contracción, cada espasmo
es una conversación a punto de acabar.
Me esmero en certificar las diligencias
que me exige el protocolo
antes de enfrentarme a ese fragor
en que se ha convertido nuestro cruce de miradas.
Te miento y te revuelves contra mí.
Pongo todo mi ejército en una sola línea
dándote la espalda y preparando la defensa.
Repaso el guion, voy a contarte.
Repaso tu papel en la escena,
y hasta el del apuntador.
Repito las oraciones del final,
pues no quiero olvidar el texto en mitad
de nuestra charla.
Tardas en atacar, pero cuando empiezas
allá vas, con tu arma inesperada:
apareces con café y me interrumpes con la taza,
que tiene esa manía de tomar mis labios
y embastarlos con la sangre negra que me regala
una excusa para no llamar al insomnio por tu nombre.

(Álvaro Hernando, Chicago Express, Pandora Lobo Estepario Publishing, Chicago, 2019)


Picture: Caffeine. Author: Álvaro Hernando. Acid on paper. 98x105 cm.

Monday, May 20, 2019

Lit Fest Chicago 2019

Preparando las despedidas y las presentaciones:

Contratiempo me invita a ir al Lit Fest 2019 en Chicago. Este acto ha venido siendo organizado por el Chicago Tribune hasta, al menos, el año pasado.

Un honor.

Aprovecharé para hacer algunas lecturas de mi nuevo libro, el tercer poemario en solitario: Chicago Express (Pandora Lobo Estepario, Chicago´, 2019).

Lo escribo aquí, para que no me olvide de ello.




Thursday, April 4, 2019

No somos espacio

No somos Susan Sontag, ni una hoja de rojos taninos ardiendo al sol de otoño. Estamos entre medias, los mediocres, los imprescindibles para crear una monotonía en la que tú brilles. El espacio no existe, no puede existir esto incomprensible para un niño tiempo. El Niño tiempo no es otoño, no es un poeta muerto que habla desde las cenizas. Ni un tambor. No es espacio, porque no existe. No hay nada, miradas, entre brillos: no queda más luz, y entre nombrar el tiempo y el espacio quedan muchos hurones con los que anidamos una realidad rota por cuyas grietas se cuela Cohen con su luz. No, no se puede nombrar lo que se queda en el olvido. Lo que llaman espacio no existe. Es puro Olvido, atado al tiempo, que sí existe, que sí tributa con la vida y con la luz. El Olvido y el tiempo componen los planos de la realidad. Todo lo demás es un lo que quieras dibujar, fingir, interpretar. Pero no es espacio. No somos vida quebrada por el gas, ni planta seca descomponiéndose al tiempo.
No somos lugar. Somos instante. Los mediocres somos inmortales ante el instante. Hay un infinito contenido en aquí, en nosotros. Nos deshacemos, como un remolino de polvo seco y arcilloso, sumergiéndose en agua y en el silencio. El tiempo diluido. La memoria del humo.

Thursday, February 21, 2019

Puerperio

Puerperio

No recuerdo la primera vez que sangré. La primera sangre se olvida muy pronto. La recuerdan nuestros padres, ellos, con dolor impotente. Nosotros olvidamos el sabor metálico que nos regala el hilo carmesí que corre desde la nariz a la barbilla, pero ellos no.
El precio que pagamos por esta anestesia es el de verles partir algún día, con el mismo dolor, la misma impotencia y el mismo amor con que ellos guardaron el legado, esa primera sangre nuestra.

Es un débito, un debe para siempre.

La cuenta no se ajusta jamás. Se queda en el impago, en el sostener la mano moribunda del padre entre las propias manos. Ahí descubrimos toda la fragilidad en que quedó la vida, en una mano que tememos se rompa, se marche, se enfríe. La recogemos con cuidado, rozándola en abrazo casi de humo. Después mueren. La mano desaparece, la vida desaparece, el padre desaparece, y se expande el dolor por un espacio inmenso que antes ocupaban dos manos escurridas de carne. Ahora, en nuestras manos, nada. Tan sólo queda ese espacio dilatado, el recuerdo, en oración constante. Como eco de cincel en piedra. Es un oficio de escultor, el del hijo que trabaja con el aire, picando, día a dia, sobre el más duro de los materiales: vacío lleno de ausencia densa.

De eso se trata. Hoy sostenemos la sangre del hijo, como hizo con la nuestra nuestro padre. Mañana, con sus dedos, él tallará nuestra mano invisible en el aire.

Mantener vivo el recuerdo de la primera sangre es una manera de no volver a ser la nada. Porque antes de la primera sangre somos nada. No somos hasta no reconocer el dolor de otro como propio. Es un nuevo parto que nos expande y nos muda. Se rompen todos los tegumentos y se desencajan los huesos. Todo se quiebra y levita hacia lo infinito. El puerperio toma toda una vida. Esa deformidad interna es un regalo, es un universo menguante que acabará concentrado en una mano llena de pellejo y hueso. Luego la nada.

Su primera sangre. Como animales, somos conscientes de la camada, del legado, de la pertencia y, por encima de todo, de la levedad.

A pesar de su fragilidad ponemos nuestra fe en el puerperio: recuperar la forma, dar parto al miedo atávico y dejar ir lo que ya no somos, iluminarnos con la intensidad de una persona que recién ha llegado. Darnos. Tenernos en alguien. Ese alguien que no sabe aún que tendrá que esculpir la ausencia de nuestras manos en el aire.

Y todo porque no recordará su sangre primera.

Álvaro Hernando











Saturday, January 26, 2019

Seres

Seres

Somos seres aberrantes,
en busca de un deseo que nos ennoblezca.


Saturday, January 19, 2019

Masks Confronting Death. James Ensor, 1888

Masks Confronting Death, James Ensor, 1884

Limpiar de fotografías un viejo ordenador puede convertirse en un ejercicio de dolor autoinfligido. 
Allá por enero del año 2015 se fue mi perro, mi amigo Ulises, un samoyedo con un ojo de cada color, mi compañero de aventuras durante unos 14 años. 
Un imbécil le dio algo de comer que el sistema digestivo de anciano perro no pudo gestionar. Tuvo una hemorragia interna y mostró terribles dolores. A su edad fue el fin. La cosa se prolongó unos veinte días, hasta el 1 de febrero. 
Le lleve al veterinario en mitad de una tremenda tormenta de nieve. El último trecho no pude completarlo en coche y le llevé en volandas. El veterinario estaba cerrado ese día, pero la dueña de la clínica estaba allí y nos atendió en persona. Me dijo que hacía años que no tocaba un animal. No hubo nada que hacer. Tengo la sensación de que él sabía que la veterinaria le estaba envenenando y no comprendía por qué yo no hacía nada. Nos miramos a los ojos, él cerró los suyos y expiró, yo lloré. Mai, la otra perra, de 13 años, estaba allí y se levantaba nerviosa, a dos patas, para ver qué pasaba con el compañero. Al poco recupere la compostura. Sentía que eso era lo que debía de hacer frente a una desconocida. El dolor, me decía, es algo íntimo, un tránsito de fuego callado e invisible. Algo interno.
Entonces, de una manera sucia, como hace habitualmente, carente de pudor, se presentó la muerte: un charco amarillo se desparramó por la mesa metálica, debajo de Uli. Si vegiga se relajó. Comprendí que durante  esos minutos el perro todavía vivía. Ese era el momento real del fallecimiento. Debió de estar unos minutos muriendo y escuchándome gimotear como un crío. 
Me sentí tan gilipollas, tan ridículo por no haber estado abrazándole ese rato... Tendría que haberle ahorrado ese llanto. 
Desde ese día tuve la sensación de que Mai, la otra perra, me mostraba su decepción con pequeños gestos. 
A los quince días, viajaba yo a Nueva York y, al salir de casa camino al aeropuerto, Mai se fue a una esquina del salón y, sentándose mirando la nada, dándome la espalda, rehusó despedirse. 
A los dos días yo estaba en el MOMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Recibí una llamada de unos amigos que habían recogido a Mai para cuidarla. Si bien el fin de semana había sido muy bueno, con Mai jugando con su perro y mostrándose muy activa y enérgica, algo había ido mal esa mañana. Estaban en el veterinario. Mai tenía un fallo renal y se moría. Me pasaron a la asistente de un veterinario de guardia. Una clínica diferente a la primera. La conversación con el personal de allá fue desagradable y fría. Me preguntaban desde la oficina del veterinario si estaba dispuesto a pagar unos 3000 dólares por mantener viva a la perra, sin garantía de éxito, o pagar 350 por “dormirla” y “gestionar los residuos”. Me tragué un sentimiento irracional de ira y pedí que la mantuvieran en las mejores condiciones posibles. Estaba en shock. Solo quería regresar. 
Al minuto, quizá menos, recibí una nueva llamada del veterinario. La perra había muerto. Sin más. Nunca más vi a mi perra, ni su cuerpo. 
Levanté la cabeza y me quedé absorto en un detalle del cuadro que tenía frente a mi: Masks Confronting Death, un óleo de James Ensor. En ese cuadro hay una exquisita turbulencia. Muchas figuras pletóricas de color, máscaras suntuosas, gestos desatados y estridentes. Me quedé mirando el rostro de una muerte vestida de blanco, con sombrero rojo, y me pareció ver el orín de Ulises escurriendo por sus ojos. 
Me puse a llorar. Desconsoladamente. Busqué un lugar más discreto y me vi en la cafetería del museo. Allí me condujeron a una mesa, nada apartada del resto, y me dijeron que eran conscientes de que algo me había ocurrido. El responsable de la cafetería me habló y muy respetuosamente me sugirió ignorar cualquier etiqueta. Me dijo que cuando alguien se siente así tiene el derecho a dejarse ir, a llorar, a dolerse, incluso cuando esto puede incomodar a otros alrededor. 
Nunca les di la gracias. El dolor es egoísta. 
Desde entonces odio el cuadro y a su autor. 
Hoy hay una fotografía menos en mi ordenador.