Monday, May 20, 2019

Lit Fest Chicago 2019

Preparando las despedidas y las presentaciones:

Contratiempo me invita a ir al Lit Fest 2019 en Chicago. Este acto ha venido siendo organizado por el Chicago Tribune hasta, al menos, el año pasado.

Un honor.

Aprovecharé para hacer algunas lecturas de mi nuevo libro, el tercer poemario en solitario: Chicago Express (Pandora Lobo Estepario, Chicago´, 2019).

Lo escribo aquí, para que no me olvide de ello.




Thursday, April 4, 2019

No somos espacio

No somos Susan Sontag, ni una hoja de rojos taninos ardiendo al sol de otoño. Estamos entre medias, los mediocres, los imprescindibles para crear una monotonía en la que tú brilles. El espacio no existe, no puede existir esto incomprensible para un niño tiempo. El Niño tiempo no es otoño, no es un poeta muerto que habla desde las cenizas. Ni un tambor. No es espacio, porque no existe. No hay nada miradas, entre brillos no queda más luz, y entre nombrar el tiempo y el espacio quedan muchos hurones con los que anidamos una realidad rota por cuyas grietas se cuela Cohen con su luz. No, no se puede nombrar lo que se queda en el olvido. Lo que llaman espacio no existe. Es puro Olvido, atado al tiempo, que sí existe, que sí tributa con la vida y con la luz. El Olvido y el tiempo componen los planos de la realidad. Todo lo demás es un lo que quieras dibujar, fingir, interpretar. Pero no es espacio. No somos vida quebrada por el gas, ni planta seca descomponiéndose al tiempo.
No somos lugar. Somos instante. Los mediocres somos inmortales ante el instante. Hay un infinito contenido en aquí, en nosotros. Nos deshacemos, como un remolino de polvo seco y arcilloso, sumergiéndose en agua y en el silencio. El tiempo diluido. La memoria del humo.

Thursday, February 21, 2019

Puerperio

Puerperio

No recuerdo la primera vez que sangré. La primera sangre se olvida muy pronto. La recuerdan nuestros padres, ellos, con dolor impotente. Nosotros olvidamos el sabor metálico que nos regala el hilo carmesí que corre desde la nariz a la barbilla, pero ellos no.
El precio que pagamos por esta anestesia es el de verles partir algún día, con el mismo dolor, la misma impotencia y el mismo amor con que ellos guardaron el legado, esa primera sangre nuestra.

Es un débito, un debe para siempre.

La cuenta no se ajusta jamás. Se queda en el impago, en el sostener la mano moribunda del padre entre las propias manos. Ahí descubrimos toda la fragilidad en que quedó la vida, en una mano que tememos se rompa, se marche, se enfríe. La recogemos con cuidado, rozándola en abrazo casi de humo. Después mueren. La mano desaparece, la vida desaparece, el padre desaparece, y se expande el dolor por un espacio inmenso que antes ocupaban dos manos escurridas de carne. Ahora, en nuestras manos, nada. Tan sólo queda ese espacio dilatado, el recuerdo, en oración constante. Como eco de cincel en piedra. Es un oficio de escultor, el del hijo que trabaja con el aire, picando, día a dia, sobre el más duro de los materiales: vacío lleno de ausencia densa.

De eso se trata. Hoy sostenemos la sangre del hijo, como hizo con la nuestra nuestro padre. Mañana, con sus dedos, él tallará nuestra mano invisible en el aire.

Mantener vivo el recuerdo de la primera sangre es una manera de no volver a ser la nada. Porque antes de la primera sangre somos nada. No somos hasta no reconocer el dolor de otro como propio. Es un nuevo parto que nos expande y nos muda. Se rompen todos los tegumentos y se desencajan los huesos. Todo se quiebra y levita hacia lo infinito. El puerperio toma toda una vida. Esa deformidad interna es un regalo, es un universo menguante que acabará concentrado en una mano llena de pellejo y hueso. Luego la nada.

Su primera sangre. Como animales, somos conscientes de la camada, del legado, de la pertencia y, por encima de todo, de la levedad.

A pesar de su fragilidad ponemos nuestra fe en el puerperio: recuperar la forma, dar parto al miedo atávico y dejar ir lo que ya no somos, iluminarnos con la intensidad de una persona que recién ha llegado. Darnos. Tenernos en alguien. Ese alguien que no sabe aún que tendrá que esculpir la ausencia de nuestras manos en el aire.

Y todo porque no recordará su sangre primera.

Álvaro Hernando











Saturday, January 26, 2019

Seres

Seres

Somos seres aberrantes,
en busca de un deseo que nos ennoblezca.


Saturday, January 19, 2019

Masks Confronting Death. James Ensor, 1888

Masks Confronting Death, James Ensor, 1884

Limpiar de fotografías un viejo ordenador puede convertirse en un ejercicio de dolor autoinfligido. 
Allá por enero del año 2015 se fue mi perro, mi amigo Ulises, un samoyedo con un ojo de cada color, mi compañero de aventuras durante unos 14 años. 
Un imbécil le dio algo de comer que el sistema digestivo de anciano perro no pudo gestionar. Tuvo una hemorragia interna y mostró terribles dolores. A su edad fue el fin. La cosa se prolongó unos veinte días, hasta el 1 de febrero. 
Le lleve al veterinario en mitad de una tremenda tormenta de nieve. El último trecho no pude completarlo en coche y le llevé en volandas. El veterinario estaba cerrado ese día, pero la dueña de la clínica estaba allí y nos atendió en persona. Me dijo que hacía años que no tocaba un animal. No hubo nada que hacer. Tengo la sensación de que él sabía que la veterinaria le estaba envenenando y no comprendía por qué yo no hacía nada. Nos miramos a los ojos, él cerró los suyos y expiró, yo lloré. Mai, la otra perra, de 13 años, estaba allí y se levantaba nerviosa, a dos patas, para ver qué pasaba con el compañero. Al poco recupere la compostura. Sentía que eso era lo que debía de hacer frente a una desconocida. El dolor, me decía, es algo íntimo, un tránsito de fuego callado e invisible. Algo interno.
Entonces, de una manera sucia, como hace habitualmente, carente de pudor, se presentó la muerte: un charco amarillo se desparramó por la mesa metálica, debajo de Uli. Si vegiga se relajó. Comprendí que durante  esos minutos el perro todavía vivía. Ese era el momento real del fallecimiento. Debió de estar unos minutos muriendo y escuchándome gimotear como un crío. 
Me sentí tan gilipollas, tan ridículo por no haber estado abrazándole ese rato... Tendría que haberle ahorrado ese llanto. 
Desde ese día tuve la sensación de que Mai, la otra perra, me mostraba su decepción con pequeños gestos. 
A los quince días, viajaba yo a Nueva York y, al salir de casa camino al aeropuerto, Mai se fue a una esquina del salón y, sentándose mirando la nada, dándome la espalda, rehusó despedirse. 
A los dos días yo estaba en el MOMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Recibí una llamada de unos amigos que habían recogido a Mai para cuidarla. Si bien el fin de semana había sido muy bueno, con Mai jugando con su perro y mostrándose muy activa y enérgica, algo había ido mal esa mañana. Estaban en el veterinario. Mai tenía un fallo renal y se moría. Me pasaron a la asistente de un veterinario de guardia. Una clínica diferente a la primera. La conversación con el personal de allá fue desagradable y fría. Me preguntaban desde la oficina del veterinario si estaba dispuesto a pagar unos 3000 dólares por mantener viva a la perra, sin garantía de éxito, o pagar 350 por “dormirla” y “gestionar los residuos”. Me tragué un sentimiento irracional de ira y pedí que la mantuvieran en las mejores condiciones posibles. Estaba en shock. Solo quería regresar. 
Al minuto, quizá menos, recibí una nueva llamada del veterinario. La perra había muerto. Sin más. Nunca más vi a mi perra, ni su cuerpo. 
Levanté la cabeza y me quedé absorto en un detalle del cuadro que tenía frente a mi: Masks Confronting Death, un óleo de James Ensor. En ese cuadro hay una exquisita turbulencia. Muchas figuras pletóricas de color, máscaras suntuosas, gestos desatados y estridentes. Me quedé mirando el rostro de una muerte vestida de blanco, con sombrero rojo, y me pareció ver el orín de Ulises escurriendo por sus ojos. 
Me puse a llorar. Desconsoladamente. Busqué un lugar más discreto y me vi en la cafetería del museo. Allí me condujeron a una mesa, nada apartada del resto, y me dijeron que eran conscientes de que algo me había ocurrido. El responsable de la cafetería me habló y muy respetuosamente me sugirió ignorar cualquier etiqueta. Me dijo que cuando alguien se siente así tiene el derecho a dejarse ir, a llorar, a dolerse, incluso cuando esto puede incomodar a otros alrededor. 
Nunca les di la gracias. El dolor es egoísta. 
Desde entonces odio el cuadro y a su autor. 
Hoy hay una fotografía menos en mi ordenador.