Biografía (actualizada 2019)

Álvaro Hernando (Madrid, España, 1971) es maestro y licenciado en Antropología Social y Cultural (especializado en lingüística evolutiva y en los fenómenos de lenguas en contacto). Colabora como periodista en diferentes medios y, principalmente, dedica su tiempo a la docencia. Cuenta entre sus publicaciones con los poemarios Mantras para Bailar (2016) y Ex-Clavo (2018), Chicago Express (2019). También ha sido invitado a participar en publicaciones colegiadas, como la que rinde homenaje a Federico García Lorca, Poetas de Tierra y Luna. Homenaje a Federico García Lorca: Reedición de Poeta en Nueva York (2018). Ha participado en varias publicaciones colectivas de cuento, entre las que destaca el volumen Cuentos @ (2019), de Editorial Magma, Lenguas en Tránsito. Ha publicado poemas, ensayos, artículos y relatos en diferentes revistas de España y Estados Unidos. En la actualidad es delegado para EEUU de la revista de literatura especializada en Poesía Crátera, así como colaborador en distintos medios especializados dedicados a la literatura y a la docencia. En el año 2018 recibe el Premio Poesía en Abril, otorgado por la organización del Festival Internacional de Poesía de Chicago, donde vivió por varios años formando parte de la comunidad de escritores en español del Medio Oeste norteamericano. En la actualidad vive en Madrid, donde trabaja como asesor para el Ministerio de Educación y Formación Profesional.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Recordando a Mai 2016

Ya me iba a la cama, pero he visto este video y se me han revuelto las tripas. 

Hace unos 15 o 16 años trabajaba, como casi siempre en España, con una población escolar bastante agresiva. Población segregada, apartada, empobrecida y, por qué no decirlo, asilvestrada y acomodada a su asilvestramiento. 

El caso es que como tengo mi carácter y por aquél entonces estaba de mejor ver, los alumnos no se atrevían a retarme directamente (ni las familias), como hacían con la mayoría de los otros profesores del centro escolar en el que trabajaba. 

No les culpo, la vida es una mierda para la mayoría de personas de esas zonas y no tienen por qué "portarse bien", puesto que ni les compensa ni les libera de la miseria.

Estos alumnos, muy acostumbrados a urdir, si es que la cosa les interesaba, encontraron mi punto flaco: el amor por los animales. Así que, supongo que para provocarme, o al menos molestarme, se dedicaban a exhibir sus artes en la tortura de animales. Entre aquellas recuerdo una especialmente horrible para el animal martirizado. La cosa consistía en rociar con algún producto inflamable a una oveja, haciendo apuestas acerca de lo lejos o lo rápido que llegaría a determinado punto. 

Cuando no era una oveja y fuego, era un gato y agua, o un pájaro y piedra. 

Con la mayoría de los padres no se podía contar, pues muchos de ellos estaban embrutecidos hasta límites delictivos. 

Tras un año, conseguimos -no era el único que trabajaba con aquellos muchachos- que demostraran cierta sensibilidad hacia los seres vivos. Devolver la vida a los animales asesinados no era posible, así que entre la mayoría de los muchachos decidieron robar uno de los cachorros de la camada que el padre de uno de ellos había conseguido para las peleas de perros. No todos los muchachos participaron, tres quedaron fuera de la acción. 

La perra que me trajeron al colegio era una mezcla de American Staffordshire Terrier y otro ejemplar de presa, más pequeño, buscando un pecho muy ancho, una cabeza estrecha y un cuerpo más liviano y rápido que el de los rottweiler americanos. 

Por supuesto, acepté el regalo. Aunque sabía que no podría criar a esa perrita, pues ya tenía un samoyedo y temía que dañara a la cachorra, me llevé al cachorro muy orgulloso. Primero, me lo llevé como un triunfo sobre la brutalidad. Segundo, como una muestra de respeto. 

Decidí llevarla al veterinario al día siguiente y, de ahí, a algún colectivo de adopción. Temía que el samoyedo la hiriera, así que me dispuse a pasar una mala noche. 

Al llegar a casa, la cachorra, de semanas, lejos de asustarse del pobre Uli, la emprendió alegremente a bocados con todo lo que encontró a su paso. Destrozó mis zapatillas de clavos de velocidad, las normales de paseo, botines, patas de armarios, sillas, cojines de sofá, y un largo etcétera que llegó hasta la plancha metálica de la puerta blindada. Por supuesto, puso a mi Ulises, de 11 meses, un tiarrón perruno que tiraba de neumáticos como quien silba, en fuga. 

Me pasé educando a aquella perra meses. Era disciplinada, no hacía sus cosas en la casa, pero cazaba todo tipo de bichos y me los traía como ofrenda, arrojándolos a mis pies y sentándose moviendo el rabo con la boca ensangrentada. Eso provocó que tuviera que llevarla atada y que le pegara alguna que otra voz. Creo que mis caras de asco fueron lo que más influyeron en su educación canina. Así que dejó de arrojarme cadáveres a los pies, y empezó a depositar suavemente frente a mí todo tipo de criaturas malheridas, pero no muertas. Sobre todo gorriones. Tenía una facilidad para cazar gorriones tremenda. 

Así que me pasé un invierno maravilloso. Mi habitación tenía dos ventanas que estaban completamente abiertas en invierno, de día y de noche, ya que ese espacio se había convertido en una especie de "hospital aviar", lleno de maltrechos pajaritos, plumones y cagadas. 

Por suerte mi cama era una de esas elevadas, como si de una litera se tratara, pero sin otra cama debajo, sino un escritorio muy molón y un banco de pesas. Todo lo que quedaba por debajo del segundo peldaño de la escalera para subir a la cama estaba emplumado y enmierdado. Lo que quedaba entre el segundo y el cuarto, sólo enmierdado. De ahí en adelante, frío y olores. 

Así que el invierno fue pasando, los pájaros muriendo o sanando y saliendo por la ventana, y la perra tranquilizándose. Cierto es que en ese proceso de apaciguamiento ayudó el hecho de cambiar las patas de los muebles de la casa. Nada de pequeñas patitas de 12 cm, de madera. Buenas patas de metal, rojas y cilíndricas, de esas del IKEA, de 62 cm de alto. La perra se comió los rodapiés y esos pequeños tochos de madera que antiguamente terminaban por unir los cercos de las puertas y los rodapiés (sí, casa antigua en el barrio de San Blas). 

Claro que no la entregué a un refugio de animales. Le puse nombre: Mai. No tiene sentido mitológico, fue por una tontería. 

Mai creció, ensanchó su pecho, agrandó su mandíbula y siempre lució unos calcetines de pelo blanco a diferentes alturas en sus musculosas patas. Era una perra muy fuerte. Jamás atacó a una persona, por mucho que la agobiara o molestara. Sólo una vez, con 11 años, atacó a un perro y fue a un Akita Inu que la tenía tomada con Ulises, el samoyedo, y al que atacaba a la menor oportunidad. En aquella ocasión, el Akita alcanzó a un Uli que ya no podía sostenerse por la artrosis, y que acabó cayendo ante el ímpetu de su atacante. Maí derribó al Akita Inu sin usar su boca. Corrió como una bala hacia él y el golpeó con el pecho con tal fuerza que el otro perro cayó dando volteretas. Se plató delante de él y no hizo más que enseñar los dientes y esperar gruñendo. El dueño del akita se lo llevó y aquí paz y después gloria. Cosas de perros, no hubo problema. 

Mai ha sido la perra más noble que he conocido, la más espabilada y la más fuerte. 

Murió unos días después que Ulises, aquí, en Illinois. 

De entre los tres o cuatro chavales que no participaron en el regalo, hace unos quince o dieciséis años, uno, llamémosle Ramón, acabaría formando parte del grupo que eligió abusar de una chiquilla del barrio, con discapacidad intelectual (lo que para él y el resto de violadores era una retrasada mental). Luego de torturarla, la atropellaron y, finalmente, mataron aplastando su cráneo con una piedra.  

Desde entonces me queda una sospecha, casi convencimiento: los torturadores de animales atormentan a las mascotas porque aún no se ven lo suficientemente fuertes y seguros como para torturar a una persona.  

Mai fue una perra preciosa. 

Ramón roció con líquido inflamable el cadáver de una chiquilla y le prendió fuego.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Desvelo

El insomnio se está convirtiendo en una liturgia opaca. Los tiempos se suceden, agudos, no ajustan el ritmo y suenan vacuos. Se precipita todo lo que no se toca, golpeando como tipos de máquina de escribir. Se marcan en relieve los contornos de las letras y el papel es un testigo sordo. Reposa dentro de un desvelo el hambre que germina en los nudos de las tripas. Dos segunderos se persiguen, escupiendo ruidos desde distintas paredes. Algún coche se va acercando a la hora en que el trajín es la homilía. Si hay un Dios, duerme y no recuerda. Los hombres no aparentan tener más memoria y desprenden olores acres, a desamparo y a espera. 

El suelo se quiebra con la luz y con el sol se bosteza, bebiendo un aire que no llena el estómago. 

El corazón se cansa y canta dolor suave. Muerte suave. Herida suave. Una ereccion recuerda que el animal tampoco duerme y que es un ser gregario y sin manada. La contradicción está servida: ni cerebro ocioso ni muerte desocupada. 

La noche se acerca siempre por la espalda. Revolotea en la oscuridad, como una polilla ciega, hasta que desaparece con el ruido de una alarma. Recuerdo el sonido del metal, el timbre agudo de las campanas de despertador de mi padre y me place llorar por saber que él, hoy, llega tarde. 

Los escritores fingen que los textos les pertenecen y el fuego grita que la carne es suya. 

Cuando os levantéis no me despertéis. Soy un cordero degollado que duerme con los ojos abiertos, ofreciendo su desvelo a quien quiera besarlo.

sábado, 5 de diciembre de 2020

La tribu

La tribu


Cuando era pequeño vivía en un barrio un poco complicado. A mí me resultaba un barrio hostil, incluso terrorífico, en el que había gente que pegaba a otra gente por que sí. Hablamos de los 80, en una zona de viviendas del barrio de San Blas, en Madrid, ocupadas por funcionarios básicos de cualquiera de las administraciones de la época (ministerios, policías o guardias civiles, en su mayoría). Recuerdo que nos dividíamos en tribus, cada una de ellas desde su ficción, con sus mitos creacionales, sus rituales y fronteras. Los del primer barrio, nosotros, estábamos pegados a una parroquia. Los del segundo barrio eran los de la manzana siguiente, los del tercero los de la siguiente y así, sucesivamente, hasta acabar con todas las construcciones, más bien pocas, de la calle Valdecanillas. 

Recuerdo esa época como marcada por el miedo. No sé si fue real o aquello es producto de mi imaginación. Seguro que en gran medida es producto de mi imaginación. Lo que sí es cierto es que la violencia era visible. Jugábamos a construir chozas en los descampados, con paneles de metal de los que se usan para delimitar las obras, palés y todo tipo de restos de maderas y chapas. Se construían como si fueran fuertes, con sus refuerzos y torres de vigilancia. Cuando estaban acabados, los mayores, que eran los más hijos de puta de cada barrio, nos llevaban a todos a conocer el fortín. Los mayores abusaban de todos los demás. El rito. Abusaban de muchas maneras. Nos usaban de monos de feria, nos hacían pelear entre nosotros para divertirse con el resultado, o, simplemente, intentaban que alguien hiciera algo ultrajante como prueba de poder y sometimiento. Abusaban de todos. De los medianos más, los parias, y de los pequeños menos, los más descontrolados y complicados, porque siempre podríamos tener algún hermano mayor dispuesto a ajustar cuentas, en caso de pasarse una indeterminada línea entre lo normal, violento, y lo vejatorio. Parecía que lo violento, a menos que hubiera sangre, no era tal y, por tanto, no requería una contestación. Recuerdo que para estas ocasiones, lo de las chabolas, uno había de llevar consigo un arma. Un palo, una piedra, un rodamiento, un tirachinas asesino de pájaros, un cristal envuelto en esparadrapo por un extremo o cualquier otra cosa. José María, el mayor de unos hermanos, un día llevó un martillo nuevo. José María no era José María. Era Jose, en llana y sin tilde, y era mediano aunque fuera hermano mayor de dos, lo cual le predisponía a llevarse hostias por parte de los mayores y de aquellos que teníamos hermanos todavía más mayores. Él era un paria, como decía, obligado a lucirse por diferentes medios. Por eso, un día, llevó un martillo nuevo que, o bien robó de la ferretería, o bien trajo de su casa. Yo llevé una rama que parecía un sarmiento. Lo propio de alguien de nueve o diez años.  

Por supuesto, hablo de memoria, lo que quiere decir que gran parte de mis recuerdos son inventados. 

Por ejemplo, recuerdo como un hijo de puta, uno de los mayores, probablemente el mas hijo de puta, Adolfo, hijo de un guardia civil, hacía las veces de general y nos hacía enloquecer. Nos presionaba hasta volvernos locos, aterrarnos o transmutarnos en minihijosdeputa, capaces de cualquier cosa. Después, nos lideraba contra otras chozas. Atacábamos como nos atacaban. En una ocasión diferente, Adolfo me soltó una hostia porque sí. Mi hermano lo vio desde atrás y le calzó una patada en la espalda. Yo tenía mucho miedo. Primero, porque Adolfo era de los que se iba de vez en cuando al centro de Madrid o a otros barrios a pegarse. Siempre fardaba de puño americano, o de navaja, o de cosas parecidas. Yo lo vi, no es un recuerdo inventado. Incluso creo que acabó mal, por cortarle una de las arterias que pasan por la pierna a otro que no sé si sería como él, pero que también iba a pelearse por el centro de Madrid o a otros barrios. Creo que estuvo a punto de ir a la cárcel, no lo sé. Además, el padre de Adolfo era mucho más hijo de puta que él. O por lo menos daba más miedo. La cosa es que su padre, que era guardia civil, vino a mi casa con su hijo, a hostiar a alguien, por lo de la patada de mi hermano. Pero mi padre era mi padre y también tenía una chaqueta con galones en los puños. Así que Adolfo padre le pegó una hostia a Adolfo hijo, delante de mí y de mi padre. Y no se la dio delante de mi hermano porque mi hermano era mi hermano y no le gustó nunca humillar a nadie, o participar en ninguna humillación. Pues ese Adolfo, el hijo, el hijoputa, un día nos condujo a la tribu del primer barrio contra una de las chozas de los de otro barrio. No sé si del segundo o del tercero. Íbamos a destruir su chabola. A destruir su mito. A pegarles. Entre descampados yo me escurrí, por ser muy cobarde. Sabía que o me pegaban o iba a pegar. La única manera en la que yo, por aquel entonces, podría haber pegado a alguien, era si otros me ayudaban, sujetándolo. Inmovilizándolo. Eso me daba tanto asco, como miedo me daba el que me pegaran. 

Me escabullí y me fui a casa. No conté nada. Nunca conté nada. 

Los del primer barrio fuimos a por la chabola de los del tercero, o del barrio que fuera, y la destrozamos. Yo no fui, pero era de la tribu del primer barrio y, por tanto, fui también responsable. En la chabola de los otros no había mayores. Sólo medianos y pequeños. Todos participaron, pero Jose tenía un martillo nuevo. De aquello fue que uno de los niños de la otra tribu acabó en el hospital con la cabeza rota. Creo que se quedó ciego de un ojo. Era más pequeño que nosotros. Jose era el mayor de dos hermanos, Osquitar y otro de cuyo nombre no me acuerdo. Su padre era un policía nacional con bigote. A Jose no le pasó nada porque el tuerto no tenía padre y todos dijeron que había sido una pelea justa y sin vejaciones. Un accidente. Cosas de niños.

Unos días después de la pelea, gritaban mi nombre desde la calle. No había telefonillos, como ahora. Y me llamaba Jose y no uno de mis amigos habituales, que eran otros los que me llamaban para bajar a jugar al fútbol o a las chapas. Jose no era malo, pero era mediano. Bajé. Estaban los mayores y algún mediano. La cosa es que íbamos a “jugar” al boxeo. Uno de los boxeadores iba a ser yo y el otro Jose. Mi “entrenador” se llamaba Paco Saiz de Miera, creo, un mayor que era mi vecino y que, también creo, siempre trataba de protegerme. El otro entrenador era uno que daba mucho miedo. Pepe. Pepito. Creo que sobrevivió a la heroína de la época. Otro mierda. Un teatro para darme de hostias, por haberme perdido en la incursión. Empezó el combate y resultó que no se me daba mal. Lo que más me jodía es que Paco me hizo, muy inteligentemente, quitarme las gafas. No ver bien siempre me ha producido una inseguridad y un miedo tremendos. Como no veía, me acercaba mucho a Jose. Sus golpes no tenían demasiado recorrido. Jose era el típico niño que, cuando todos jugábamos a hacer presas con el agua de los charcos, chupaba trozos desgastados de ladrillo viejo, de arcilla. Era pica. Daba mucho asco. Me daba mucho asco que me tocara, porque sus manos estaban siempre llenas de mierda, sus uñas largas y negras por dentro. Tenía unos ojos azules preciosos. Algunos vecinos se asomaban y decían cosas, pero los mayores manipulaban la situación, haciendo ver que era nuestro juego. Luego jaleaban, cada uno a sus favoritos y, cuando un golpe caía de lleno o la cosa se convertía en un baile ridículo, se meaban de la risa. Qué risa todo, ¿verdad? Yo miraba a la esquina por la que solía llegar mi hermano, cuando acababa mecanografía o judo, pero no llegó. No. No llegó mi hermano. Mi hermano Cos. Cómo le quiero. Tuve mucho miedo. Golpeaba poco, pero muy fuerte y Jose lloraba. A veces de rabia y a veces porque yo le alcanzaba y le hacía sangrar. No fue una cosa larga. Para mí una eternidad. Le di una hostia enorme entre la nariz y la boca. Le pillé con un gancho de izquierdas cuando él se agachaba hacia su derecha. Le rompí. Paco me separó y me puso las gafas. Los mayores del lado de Jose me llamaban cobarde y mierda. Osquitar se había ido porque sabía que su hermano hacía mal. Era muy guapo. Iba siempre limpio y no chupaba piedras, que yo sepa. Adolfo quería llevarme a casa de Jose, para exponerme ante su padre, el policía con bigote. Tiraba de mí por la camiseta. Una camiseta de punto, con cuello parecido a un polo, pero muy feo, heredada de mi hermano. Uno de los vecinos se asomó y gritó ¡Quietos todos! ¡Alto ahí!, y todos los mayores y los medianos salieron corriendo. Allí nos quedamos José, llorando y sangrando, y yo. Le ayudé a levantarse, y juro que ni tuve miedo ni compasión. Los tirones me habían dejado el punto de la camiseta dado de sí, hecho una mierda. Yo marchaba para mi portal y Jose para el suyo. Se dio la vuelta y me repitió lo mismo que los mayores de su lado: ¡Cobarde! ¡Mierda! ¡Cobarde!

Esa noche maté a uno de los jilgueros de mi madre. Nunca me lo he perdonado. Siempre estaré en deuda. 

Hoy estoy confinado en mi casa y unos cuarenta adolescentes han aparecido junto a mi ventana para pegarse. Había muchos, montando bulla. Se veía cómo cinco o seis de ellos tenían atrapados a otros tres, contra las vallas del garaje de mi casa. La tribu jaleaba. Sonaba igual que en aquel combate falso. Asomado a la ventana he gritado, con la voz más grave que he podido: ¡Alto ahí! ¡Quietos todos! Y la marabunta de adolescentes ha huido en todas direcciones, esparciéndose como gotas de mercurio sobre un cristal. Corrían, reían, gritaban. Me hubiera gustado bajar para consolar a los tres que todavía estaban allí. Y también hubiera querido decirles que la vida no es eso. Que no. Que no hay que demostrarle nada a ninguna tribu. Porque en el camino, aunque la tribu no lo pida, podríamos acabar matando un pájaro. 

miércoles, 22 de julio de 2020

Nidada

Nidada

La voz es una luz precaria y llena
de deudas de carne con el fuego
y es también un reloj que hace sombra con retraso.

La voz es tres hileras de dientes afilados,
como un relámpago en busca de tormenta,
en espera de significado y humanidad.

La voz es un sello desprendido de la carta
que no ha perdido su valor
a pesar de las leyes del mercado postal.

La voz no se extingue pero duerme
como tronco cortado y olvidado
muy dentro del bosque más contaminado.

A la voz le cuesta dejar la guarida llena
de significados anudados a las ramas
y a los acentos de tacto cerúleo.

La voz se clava a sí misma, penetrándose
como esos exoesqueletos de insectos
en rictus bellos y vacíos de contenido.

La voz es una mano pequeña y rígida
que no se abre, ni sirve para girar la llave
convirtiendo la cárcel en nidada.

La voz debería ser horizonte,
pero no:
es tiempo deformado.


La herida eterna, Álvaro Hernando

Fotografía de Alejandro Arteaga.
Fuente: National Geographic 

domingo, 5 de julio de 2020

El vuelo negro

Sobre una fotografía de Rosana Moreno me vienen estos pensamientos:



El vuelo negro


Una sombra elegante
danza sobre un espejo que pronto estará roto.

Se firma un armisticio
entre el silencio y la seguridad de la muerte.

Los peces no gritan.

El dolor se viste de belleza
y la sangre se hace instante invisible.

Sólo se desgarran los recuerdos,
ciegos

y nadie recuerda el nombre de la presa.

Desaparecer es un impacto que la belleza perdona y absuelve.



Fotografía de Rosana Moreno, 2020

jueves, 14 de mayo de 2020

Sistema

Es increíble cómo el sistema consigue hacernos pensar que somos una pieza defectuosa, en vez de una prueba de que el sistema no funciona.

viernes, 8 de mayo de 2020

Nervadura

Nervadura
Ilustración de Violeta López López
Empieza el ritual de la desaparición cuando alguien te concentra en la tinta de un bolígrafo. Ahí, al empapar la tinta los papeles. Cuando la tinta se agota. Cuando se seca.
El bolígrafo vacío, uno queda en el papel, fijado, sin vibración ni canto imperceptible. Todo se hace escucha.
Todo se reduce a ser hoja de árbol a la espera de un remolino de polvo y quiebra.
Desaparece la carne entre los trazos, queda solo una línea más o menos gruesa: la nervadura parda de la hoja seca y muerta.
La hoja no recuerda hijos. No recuerda nada. Ni felicidad, ni reproches, ni dolores.
Siendo uno riguroso, morir y sentir tienen mucho en común. Todo queda en la nervadura.
Lo mismo pasa con vivir y mentir.


(Ilustración de Violeta López López)

martes, 7 de abril de 2020

Deseo

Deseo



Es un despeñadero.

Del deseo no se sale.
Es un camino curvo
concéntrico y hacia abajo,
clavado en la hipótesis,
elaborado de la raíz de un árbol vivo,
y de la hormiga que recorre testaruda su corteza,
y del tiempo que tarda en dilatarse el verbo entre unos salmos.

El deseo crece operando complejos algoritmos,
donde uno es dos,
la resta es sed
y la suma es un proceso cuántico
que somete a su ley todo el universo.

Es un fractal sediento,
el deseo,
lleno de la imagen de Dios
precipitándose de boca en boca
como la bocanada que arde en la garganta,
como la forma de la palabra rendición decapitada por los dientes.

El deseo, ese antecedente delictivo del olvido infructuoso.

Así podríamos estar toda una llama,
ardiendo en el recuerdo del fuego.

domingo, 29 de marzo de 2020

Virus

Somos el primer mundo,
el que flota en la superficie
sobre los cadáveres de la geografía
olvidada.

jueves, 19 de marzo de 2020

Te mantendré la mirada.

Te mantendré la mirada.

Entre las cosas que conservo de mi padre hay muchos recuerdos inventados. Para mí son ciertos, pero sé que lo más probable es que no ocurrieran nunca y que sean imágenes todas producto del amor que él me hizo sentir. 
Él ya no está en la misma forma en que yo estoy con mi hijo, pero sí está en la forma en que él permanece en mi hijo. Sigo viéndole en él. Sigo viéndome en él.
A mi padre le dediqué el primer libro de poemas publicado. Uno de esos recuerdos que no creo que sean ciertos, pero existen, es que mi padre me pedía que le leyera mis poemas a escondidas. Por eso, en ese libro, hay poemas, inmaduros, de la juventud. A mi hijo le dediqué el, hasta ahora, último poemario impreso.
Mi padre tenía la mayor de las fortalezas que yo haya visto en cualquier persona: hacía que yo sintiera que sé quién soy. Ojalá estuviera aquí para hacerme sentir que sé quién soy. Hoy, con todo este inmenso lío alrededor, que olvidaremos en cuanto alguien cambie de canal, a pesar de la cercanía de los muertos, sólo aspiro a que mi hijo me mire y no dude de quién es. Al menos, que sienta como cierto que sabe quién ser. 
No me salen las palabras desde hace unas cuantas horas ya, así que voy a compartir una traducción tan propia como torpe de otro poeta, otro gigantesco, Endre Ady, húngaro, muerto por gripe hace ya cien años. Este poema me recuerda a lo que uno hace, o debería, con los compañeros de camino. Mi versión es del día 9 de marzo de 2020, hecha en el barrio judío de Budapest. Adjunto otra traducción, de Yolanda Ulloa, muchísimo más fiable y fiel al original. Pero dejo la mía, como quien hace una de esas intervenciones o collages, que es lo que viene a hacer un padre con el hijo, hasta que este tiene voz propia y crea su propio idioma intraducible. 
Feliz día del padre.   





Sostengo tu mirada, Endre Ady 
(versión de Álvaro Hernando)

Con mi, ahora,mano envejecida, 
sostengo yo tu mano,
con mis ojos envejeciendo
te sostengo la mirada.

En la destrucción de los mundos yo,
salvaje ancestral, perseguido por el miedo
vengo a ti 
a permanecer tembloroso a tu lado. 

Con mi, ahora,mano envejecida, 
sostengo yo tu mano,
con mis ojos envejeciendo
te sostengo la mirada.

No sé por qué, por cuánto tiempo,
estoy contigo,
pero te cojo la mano 
y te sostengo la mirada. 









Őrizem a szemed, Endre Ady

Már vénülő kezemmel
fogom meg a kezedet
már vénülö szememmel
Őrizem a szemedet 

Világok pusztulásán
Ősi vad, kit rettenet
Űz, érkeztem meg hozzád
S várok riadtan veled.

Már vénülő kezemmel
fogom meg a kezedet
már vénülö szememmel
Őrizem a szemedet

Nem tudom, miért, meddig
Maradok meg még neked,
De a kezedet fogom 
S őrizem a szemedet.


Guardo tus ojos (versión de Yolanda Ulloa)

Ya con mi mano envejecida
Tu mano cojo,
Ya con mis ojos gastados
Guardo tus ojos.

En ruinas de infinitos
Como atávico fiero
A quien el miedo sigue
Temerosamente te espero.

Ya con mi mano envejecida
Tu mano cojo,
Ya con mis ojos gastados
Guardo tus ojos.

No sé por qué, hasta cuándo
Me quedo todavía,
Pero aferro tu mano,
Guardo tus ojos cada día.

martes, 10 de marzo de 2020

Conejos

Conejos

Un conejo gigante persigue hacerse con la corona de un imperio. Ya no quedan zares en la boca de los lobos, ni con bocas de lobo, así que, ahora, los conejos se pasean por las calles de Budapest, afilándose los dientes con peines de nácar antiguo y burgués.
Como ya no quedan bocas de lobo, como ya no quedan tiranos de lo estable, los conejos marchan con sus dientes puntirromos y con teas encendidas con llamas cortantes.
Y nosotros presenciamos, rumiando, sus desfiles.
Y reímos.
Y reímos.
Nos parecen divertidos, los conejos, con sus cuchillas hechas de diente y sus cuchillos de fuego, como si las heridas no volvieran a nacer, ni las antorchas pudieran volver a hacer arder Europa.
Los conejos gigantes son parte de las mayores matanzas. Los asesinos comen zanahorias y a todos nos da por reír, porque el sonido de los cuellos y las cabezas, al ser decapitadas, suena tal a zanahoria tronchada por su centro.
Son tan deliciosos los conejos gigantes que es cuestión de tiempo que los coronemos y les construyamos un imperio.
La cerveza fría aplaca la rugosidad de las palabras atascadas en la garganta.
Por encima de los pasos quedan las nubes de humo de las incineradoras de cadáveres.

(poema escrito por Álvaro Hernando en Budapest, en un ruin-bar muy famoso, entre conejos)

lunes, 9 de marzo de 2020

De cuando en cuando

De cuando en cuando         (dedicado a Marcos Gómez y a Hugo Alcázar)

De cuando en cuando cerramos los colegios,
las iglesias y los mercados.

De cuando en cuando nos aislamos en las casas, como si así no fuéramos a contagiarle al mañana la miseria

Ahí, quieticos, miramos por la ventana, y no distinguimos el paisaje desierto
de la vajilla del aparador
que nuestra madre condenó a ser intocable,
mientras soñábamos con el hambre.

El silencio astilla una porcelana
que se rompe sin sonar a cristal viejo,
como cuando el mal doblaje rompe la boca de McQueen
en el cine parroquial.

Al menos allí escapaba Papillón de la condena.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Nota de prensa

Nota de prensa

Una magdalena, con la falda puesta,
ha declarado que, desde hoy, sustituye al Sol,
haciendo de fuente inagotable de calor
y de azúcares envueltos en un plegado de promesa.

Fue apoyada en sus palabras por la leche tibia,
que acudió al evento vestida con un vaso antiguo de Nocilla.
Resolvió su discurso rompiendo la cáscara hueca de un huevo
y cuatro versos póstumos de Machado.

Las servilletas aplaudieron, unas y otras,
en casos con el paño recién planchado,
en casos, encostradas en mermelada seca;
unas y otras, siempre, al servicio de la boca
y la palabra entre mordidas.

Las servilletas de paño, claro.
No así las de papel, que acudieron, arrugadas
y maltrechas, para reclamar para sí mismas
el regreso a la pulpa del árbol.
No hubo pulpo en esta ocasión.
La demanda en cuestión acudió a solas.

El caos ha reinado entre dos estornudos y un salmo,
pero, luego, para su vergüenza,
se ha convertido en un fractal y ha abdicado.

Y, mientras, un cielo claro como la risa se despereza.
Los rojos y morados trisan las nubes,
cantándole tuits al Sol, sordos
a todo comunicado de prensa.

(Álvaro Hernando)

Fotografia cedida por Federico Delgado Scholl

sábado, 22 de febrero de 2020

Bolsillo: un poema con mariposas y flores

Bolsillo: un poema con mariposas y flores      (Dedicado a Miguel Ángel Real)

La vida es un bolsillo
de cabida generosa,
con el pecho agujereado
y unas galerías
iluminadas por luciérnagas
llenas de deudas
con uno de esos ministerios
de la luz
en el que la atención
al cliente
es un grillo a punto de comunicar
la hora.
Uno no se puede llevar
ni deudas
ni sutiles perezas
ni citas aplazadas
ni susurros de cigarra.

Uno se lleva el bolsillo,
vacío, o lleno de mirlos,
pero no se lleva dedos
ni tentáculos ni plumas vibrisas,
con lo que tiene que hacer el recanto de lo suelto
apoyado en las memorias.

La vida es un bolsillo generoso
con mariposas monarca incendiando las cosechas de los hombres
y con flores que cantan luz que se acaba
en permanente estado de préstamo y penumbra desafinada.



domingo, 9 de febrero de 2020

El huerto de los reflejos

El huerto de los reflejos  

El príncipe creció entre algodones y lujos, sin medir y sin importarle el que su forma de vida generara necesidad y dolor entre quienes vivían bajo la corona y corte de ese reino. A pesar de esta realidad, el príncipe creció escuchando “¡Qué lindo!”, “¡Qué inteligente!“, “¡Qué justo y buen guerrero!”
Un día se cruzó su comitiva con la de un viajero, un chamarilero que vendía libros, cachivaches y un espejo. Y el príncipe, al que todos servían y llamaban bello, tuvo curiosidad por descubrir sus reflejos. 
 El príncipe se miro al espejo y se vio monstruoso, tan horrible por fuera como lo era por dentro. 
- ¡No puede ser! - gritaba - ¡Yo soy bello!
- ¿Qué solución le pondrás a esto? - le preguntó al chamarilero - ¡Este espejo está embrujado!
- No lo creo, príncipe. Además, yo solo vendo espejos, no los fabrico. Yo no creo la realidad que reflejan. No soy Dios. 
El príncipe tomó el espejo y lo partió en mil pedazos. Como, en vez de destruirlo, creó con ello mil reflejos, ordenó que lo enterraran en un huerto. 
Pasado un tiempo, ya feliz de nuevo, su comitiva se cruzó con el chamarilero. Al acordarse del espejo y de su horrible reflejo, ordenó que lo prendieran y enterraran junto a los mil pedazos del espejo. Al año se cruzó con otro chamarilero, que ni siquiera conocía al primero. Ordenó que lo enterraran en el huerto. 
Han pasado muchos años desde entonces. 
Ahora el lugar se llama “El huerto de los mil chamarileros”. Aún hoy, la gente, al pasar cerca, evita mirarlo, por si les devuelve algún reflejo. 

(cuento de Álvaro Hernando)


Cuando se miran datos, realidades ocultas o apartadas, la gente prefiere prohibir espejos y enterrar chamarileros. Pero ahí quedarán para siempre: el huerto, el hueso, el miedo y el reflejo. 



Enlace a una noticia de prensa: el relator de la ONU nos cuenta en qué país vivimos, por si queremos conocer su reflejo. 

El relator de la ONU para la pobreza, Philip Alston (Fuente: elPeriódico, edición digital)


domingo, 2 de febrero de 2020

Cada vez menos

Cada vez menos
                            (Dedicado a Sandra Pedraja)  

cada vez somos menos 
         las palabras caricia
         la razón en los labios
         los lapsos cruzados
         los instantes rusientes

cada vez somos menos 
         los ciegos de atar
         las manos con llagas
         las lenguas de sal
         los Ovidios cambiantes
       
cada vez somos menos 
         las letras sin música
         los amigos con tiempo
         las voces del mar
         las aves azules

cada vez somos menos
         menos átomos romos
         menos pretextos sucios
         menos de todo y de nada
         menos barro en el cieno

cada vez somos menos las letras mayúsculas
               así es ahora
         y más que caerán.

Cada vez somos menos y se nota más.

(Álvaro Hernando, en un poemario sin escribir)

lunes, 6 de enero de 2020

Canción de cuna para el hombre muerto.




Y todo, por fin, se apaga. 
Una suerte de leña seca se hace lecho;
el fuego nos conduce a nuestros padres. 
Los sordos creen en su Dios. 
La mandíbula es arrullo para medir el tiempo,
que escribe cráneos sobre la tierra. 
Los gatos ven algo que sabe a rata. 
Y todo, con severidad ante el llanto, se apaga
.
Ni tú ni tu hijo sabéis de esta canción 
que, siempre al fin, suena. 


(Álvaro Hernando, en Los ojos de Rilke)




viernes, 3 de enero de 2020

Papel: Laberintos e ira



Toda nuestra vida se resume en papel.
Se hace en papel.
Papel arrugado.
Papel escrito.
Papel roto, quemado.
Papel charol,
de regalo de navidad,
papel de periódico.
Papel de memoria de árbol.
Papel blanco,
inmaculado,
doblado por las manos de Dios,
en forma de escalera
límpida hacia los cielos
de
luz.
La vida es papel legado.

Nuestra vida se resume en papel.

Hoy ha sido un día de aprendizaje.

He aprendido que, en el momento más insospechado, quien más lealtad exige, menos compromiso pone; quién más escucha demanda, más niega el escuchar; quién más dice querer ser querido, por desgracia, menos de sí pone en quererse.

Hay tantos gatos en el cementerio de la Almudena, tan acostumbrados a dormir sobre las lápidas, que uno comprende que hay animales que morirán sin haber recibido una caricia. Tampoco es algo que ellos esperen.




De la vida uno no se cansa, pero algo parecido a rendirse ocurre cuando uno se ve sentado en la tumba de su padre, explicándole que tiene un nieto de su mismo nombre, que siete años pueden dar perfectamente para desangrarse en la certeza de que por quién has puesto todo no va a estar nunca, a menos que obtenga de ello un beneficio.



El aprendizaje máximo está en comprender que mi padre ya no me escucha, que es hueso y poco más, así como que uno mismo es el que elige qué traiciones tolera y alimenta, y de cuáles se aleja.

Hay personas que son un laberinto en el que ellas mismas se pierden, y en el que viven cómodamente, sabiéndose acompañadas por sumisos minotauros. 




Uno aprende con el tiempo que no es mejor morir solo que sólo morir. Y también aprende que hay gente que nunca comprenderá lo importante del uso de una tilde, de un tono o de un gesto.

Hay quien vive encerrado en el enfado de no saber aplicar las palabras justas a uno mismo, pues eso les supondría someterse a la justicia. La severidad siempre es para el otro.




Hoy he aprendido que cuando nos hacemos mayores aprendemos que debíamos habernos hecho mejores personas, o bien más malvados, pero que nos quedamos a medias, que fuimos cuerdos o locos de un día.





De la traición se aprende y de la decepción se desaprende. Nada que echar en falta.
Hoy, buscando la tumba de mi padre, he aprendido que la muerte no es mayor laberinto que la vida.