Saturday, July 28, 2018

Acta est fabula, plaudite!

Acta est fabula, plaudite!

Ahora, que reposo entre enemigos
ahora, que la felicidad toca el fuego
ahora, que no hay sangre en la boca de una virgen,
ni monedas de cobre sobre tus ojos,
con todo perdido, claveles en los costados,
y en el pecho,
te pregunto:
¿Qué queda de tu cuerpo y de la hybris?
¿Por qué hay olor a sexo en tu mentira?
¿Para qué te sirvió tu desprecio?

No hay pérdida en la muerte.
Sólo un quejido roto de un niño ya ciego.

Descanso, ahora, y paso
de ser Polifemo a Nadie,
y el tiempo atrapa en su huida al único culpable
al corrupto, al héroe, al santo,
al demonio, al insalvable.

Y cae la máscara, seca,
de un yeso amarillo y muerto.

Todos nos desnudamos a la muerte
cada noche
cuando el público nos juzga
desde el interior del pecho.

Cierra los ojos y duerme
tu función ha terminado.

¡Aplausos!

Thursday, July 26, 2018

Euthanasia

Euthanasia

Desbrozar el tronco seco
para que parezca vivo,
matar la hiedra
y llamarlo piedad.

Hay que recrear lo cierto,
pensar vivo lo muerto,
que parezca original.

Friday, July 6, 2018

Estar quieta

Estar quieta


Amo mi estar quieta
cuando el suelo se rasga y esa tela
delicadamente recia se hace barro
seco y nos traga.

Estar inmóvil cuando me gritas
esculpiéndome un aire irrespirable
con formas cortantes y agudas.

Cuando retumba el suelo bajo tu pie
y mi puerta bajo tu mano,
ahí me quiero, sin oscilar.
Amo mi vibración invisible y que nada se mueva.
Cuando escribes con sangre que soy
yo la que está rota, dejando renglones carmesí,
ideogramas orientales, empapando con nuestra
historia la pared.

Amo mi cuerpo inmóvil, sosegado,
puesto quieto por todos los ecos de la palabra
puta 
que tu cincel trata de hoyarme en mármol rosa
y fecundarme dentro con esa semilla inerte.
Ahí amo, por encima de todo, mi estar quieta.
Amo mi no huir, ni tras, ni por ti.

Cuando la adorada rabia
que guardas entre tus uñas,
en los nudillos, me aúlla corre,
quedo muda sobre mis rodillas,
con la luz rasgada por un hilo púrpura
que parte en dos hemisferios perfectos mi pupila.
          Al Norte, volarse quieta.
          Al Sur, caerse quieta.

Amo mi estar quieta, entonces,
cuando anda quebrado el pavimento,
descosidos los pies de los zapatos,
sin quedar espacio a la sombra
entre suelo negro y pie mudo.

Cuando nací no sabía que mi mano iba a trazar
el aire despistado entre los pasos y las calles,
atrapando ahí lo bello que me abruma
escritura de sonido mudo sobre piel blanca.

Disculpa que ame mi estar quieta,
renunciándote en tu abismo,
en el que nada reposa
salvo una sentencia cobarde.

Empieza el movimiento cuando tú me quieres quieta.
Por lo demás, elijo el impulso entumecido
y el fervor sólido de una roca sin edad.
Pero si tú me dices ¡quieta!
yo surco el tiempo que no cambia.

El mundo quieto es no escribir.
Tu mano abre, quieta.
Tu boca entra, quieta.
Tu olor estalla, quieta.
El mundo quieto es no leer ni los recuerdos.

Tuve miedo de las cosas quietas.
Todo nos debe una vibración leve
movimiento, aunque sea imperceptible
lleno de color cambiante y sinuoso.

El miedo es algo quieto
que te invita a ser miedo de uno mismo.

estar quieta
tras el grito
por el aire
frente al tiempo

vigilante
no hacer ruido

porque
nada
permanece quieto.





Monday, April 16, 2018

Metafísica

Metafísica

Estamos hechos de dos metales, uno que siempre está fundido y otro que no aparece.
Con tan sólida estructura devoramos el universo, empezando por sus razones más secretas.

(Álvaro Hernando, en Geografía del alma)


Artwork by Jean Dubuffet - Le Métafisyx, 1950
Óleo: 3 ft 10 in x 2 ft 11 in
En el Museo Nacional de Arte Moderno de París.

(Álvaro Hernando, en Geografía del alma)

Artwork by Jean Dubuffet - Le Métafisyx, 1950
Óleo: 3 ft 10 in x 2 ft 11 in
En el Museo Nacional de Arte Moderno de París

Saturday, March 31, 2018

Chicago Express (English and Spanish version, trans. Miguel López Lemus)







Chicago Express


Everything here is fast and ephemeral, in this Michigan Avenue that empties like it fills by thousands of ants-person-cannibals. This street is a dry branch without roots. Any day the wind could take it. Each time an ant falls, another takes its place in the row, and another picks up his exquisite corpse and all know that dinner is already assured, on the sidewalk, or the asphalt. Sometimes I become a branch, an avenue, and they climb my legs, trunk up and I, who do have them, hold on to my roots so as not to be engulfed in that wild marabunta, nor the wind. At rush hour they drown everything like a rapid and disappear in the canyons of the city in an anonymous torrent, towards the metro from the middle of the afternoon. They all dissipate. The city bus is a smelly ray, it should be a root made of noise, but more than underground it goes through the air and rips the sound of the street halfway up. It takes away one's tranquility, like sewing a scar from bawdy to old wound, in white and stoic grays and blacks, leaving your face to watch old TV without colors; It always smells like rancid urine. there is a lot of tattoo in the Loop’s air, drunken with, accelerated, street music, a needle tearing the skin of the one who walks, making grooves the color of the blues, sounds that are lost suddenly, light in the mirror cloud and the Lakeshore. It's a seed waiting for rain, that sticks and does not germinate, as if inside a shoe. There are also cars, abashed cars, with cracks that age fast under the salt’s attack and rust; snarling at each curve at each obstruction, agonizing. The same with beggars. It is a vertiginous act to get into a taxi full of holes, with a frozen lake as a background and a couple of homeless in the parking lot, that will not survive: there is no bright death at the paused speed of winter in the city of onions. Jack-in-the-pulpits grow at a fingers’ snap and with them their prayers in the air, aromatic prayers, announcing the heat and the yellow boats, that tread the eyes by the river gazing the skyline, and the heat, and their evil mosquitoes, who count by palms their perverse ravings. These flowers are the hurried cathedral of Chicago, reflecting a sun split in colors, inside each one of his blessed parishioners and its temporary pilgrims. There are hundreds of fangs piercing the Chicago sky at the speed of the sun coming out or of the night light by a man busied in a return as one who knows that time is all the same and only counts what one can last, even when it lasts, specifically, the time it takes the aroma of coffee to dissipate vanishing in the frozen atmosphere. Here the word is a cry, there are no whispers, all at double tempo. In this accelerating place, Spanish and English have fornicated in silent dialogue as if embraced in a hurry and have given birth to a beautiful cousin of a chilango. It shines, and it goes quite fast. Everything is so sudden in Chicago that is made into an unfinished memory It is life express.

(Traducción de Miguel López Lemus)





Chicago Express


Todo aquí es rápido y efímero,
en esta avenida Michigan
que se vacía igual que llena
por miles de hormigas-persona-caníbal.
Esta calle es una rama seca y sin raíz.
Cualquier día se la lleva el viento.
Cada vez que una hormiga cae, otra
ocupa su lugar en la fila, y otra
recoge su cadáver exquisito y todos
saben que ya tiene la cena asegurada,
sobre la acera, o el asfalto.
A veces me hago rama, avenida,
y se me suben por las piernas, tronco arriba
y yo, que sí tengo,
me agarro a mis raíces para no ser engullido
en esa marabunta salvaje, ni por el viento.
A la hora punta lo anegan todo como un rabión
y desaparecen por los sumideros de la city
en un torrente anónimo, hacia el metro
de la mitad de la tarde.
Todos se disipan.

El suburbano es un rayo maloliente,
debería ser una raíz hecha de ruido,
pero más que bajo tierra va por el aire
y rasga el sonido de la calle a media altura.
Le amputa a uno la tranquilidad,
como cosiéndole una cicatriz de barahúnda a herida vieja,
en un blanco y un gris y un negro estoicos,
dejándote cara de ver la tele antigua
sin colores; siempre huele a orín viejo.

Tiene mucho de tatuaje el aire en el Loop,
embriagado de música callejera, acelerada,
una aguja rasgando la piel del que camina,
haciendo surcos de los colores del blues,
sonidos que se pierden súbitos,
luz en la nube de espejo y en el Lakeshore.
Es una semilla a la espera de lluvia,
que se clava y no germina,
como dentro de un zapato.

También hay coches, carros azorados, con grietas
que envejecen rápido bajo el ataque de la sal
y el óxido; gruñendo en cada curva
en cada atasco, agonizando.
Igual con los mendigos.
Es un acto vertiginoso subir a un taxi
lleno de agujeros, con un lago helado de fondo
y un par de homeless en el parqueadero,
que no sobrevivirán:
no hay muerte rutilante
a la velocidad pasmada del invierno
en la ciudad de las cebollas.

Las Jack-in-the-Pulpit crecen en un chasquear dedos
y con ellas sus rezos en el aire, plegarias aromáticas,
anunciando el calor y los barquitos amarillos,
que cosen por el río las miradas al skyline,
y al calor, y a sus perversos mosquitos,
que cuentan por palmadas sus desvaríos fulgurantes.
Estas flores son la catedral apresurada de Chicago,
reflejando un sol partido en colores,
en el interior de cada uno
de sus beatos feligreses
y de sus temporales peregrinos.

Hay cientos de colmillos clavándose en el cielo de Chicago
a la velocidad del sol saliendo
o de la noche iluminada por un hombre afanado en un regreso
como quien sabe que da lo mismo el tiempo
y solo cuenta lo que uno dura,
aunque dure, de manera expresa,
lo que tarda en disiparse el aroma de un café
esfumándose en la atmósfera congelada.

Aquí la palabra es un grito, no hay susurros,
todo a doble tempo.
En este lugar acelerante el español y el inglés
han fornicado en diálogo silencioso
como abrazados a toda prisa
y han parido un primo bello del chilango.
Brilla y va muy rápido.

Todo es tan súbito en Chicago
que se hace recuerdo inacabado

es la vida express.


(por Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Wednesday, March 28, 2018

Noticia sobre Miguel Hernández (1939): Ojalá pudiéramos ser los poetas tan terribles.

Su vida completa, desde su niñez campesina de Orihuela hasta su fallecimiento, desprende como el mar o como el río nubes para las lluvias del hombre, sudario para ocultar su muerte. Ningún poeta como él tan rodeado de exaltación, fomentada desde su prodigiosa niñez, allá en su pueblo, por el entusiasmo de su viejo amigo, un canónigo, el que le diera sus primeras lecturas (Calderón, Cervantes, Lope), el que recibiera sus primeros versos.
En Orihuela se le murió otro amigo, Ramón Sijé; con él publicó una revista católica El Gallo Crisis, impopular y culta; amigo que le dejó al morir su obra, larga, ambiciosa, repetidora de Zubiri, de Ortega, de Bergamín, de Ors. Con aquellos manuscritos, por fidelidad amistosa, vino a mi imprenta, pero yo preferí publicarle sus versos El rayo que no cesa, colección de sonetos admirables. En Madrid trabajaba con José María de Cossío en una Enciclopedia del toreo que iba a publicar Espasa-Calpe. Su oficina estaba cerca de mi casa, y al terminar su trabajo venía a veme , entrando por la ventana abierta; tenía facilidad para subirse a los árboles, cosa que hacía cuando paseábamos por alguna alameda.
Giménez Caballero le publicó en La Gaceta Literaria sus primeros versos, y Bergamín, en Cruz y Raya, su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve. También colaboró en varios números de la Revista de Occidente. No es cierto, pues, que fuera un poeta desconocido antes de la guerra, sino, por el contrario, a pesar de su juventud, ya había pasado por diferentes modos de sentir y pensar. Los poetas que Miguel Hernández más quería y admiraba eran Pablo Neruda y Vicente Aleixandre.
Dije antes que vivía rodeado de exaltación. Era llama de amor viva. Su fuego, su esperanza, su heroísmo, crecieron con la guerra. Fue valiente y apasionado hasta perder la memoria. Su muerte es la mayor cobardia de esta guerra. Ojalá pudiéramos ser los poetas tan terribles.

(Escrito por Manuel Altolaguirre, fragmento parte de El caballo griego. Reflexiones y recuerdos, 1927-1958, en la edición de Voces Críticas,)

Friday, March 9, 2018

y nadie sana dentro del fuego

no sabe el agua sucia dar reflejo,
y nadie sana dentro del fuego.

Con mis dos manos no puedo contar el mundo