Thursday, February 21, 2019

Puerperio

Puerperio

No recuerdo la primera vez que sangré. La primera sangre se olvida muy pronto. La recuerdan nuestros padres, ellos, con dolor impotente. Nosotros olvidamos el sabor metálico que nos regala el hilo carmesí que corre desde la nariz a la barbilla, pero ellos no.
El precio que pagamos por esta anestesia es el de verles partir algún día, con el mismo dolor, la misma impotencia y el mismo amor con que ellos guardaron el legado, esa primera sangre nuestra.

Es un débito, un debe para siempre.

La cuenta no se ajusta jamás. Se queda en el impago, en el sostener la mano moribunda del padre entre las propias manos. Ahí descubrimos toda la fragilidad en que quedó la vida, en una mano que tememos se rompa, se marche, se enfríe. La recogemos con cuidado, rozándola en abrazo casi de humo. Después mueren. La mano desaparece, la vida desaparece, el padre desaparece, y se expande el dolor por un espacio inmenso que antes ocupaban dos manos escurridas de carne. Ahora, en nuestras manos, nada. Tan sólo queda ese espacio dilatado, el recuerdo, en oración constante. Como eco de cincel en piedra. Es un oficio de escultor, el del hijo que trabaja con el aire, picando, día a dia, sobre el más duro de los materiales: vacío lleno de ausencia densa.

De eso se trata. Hoy sostenemos la sangre del hijo, como hizo con la nuestra nuestro padre. Mañana, con sus dedos, él tallará nuestra mano invisible en el aire.

Mantener vivo el recuerdo de la primera sangre es una manera de no volver a ser la nada. Porque antes de la primera sangre somos nada. No somos hasta no reconocer el dolor de otro como propio. Es un nuevo parto que nos expande y nos muda. Se rompen todos los tegumentos y se desencajan los huesos. Todo se quiebra y levita hacia lo infinito. El puerperio toma toda una vida. Esa deformidad interna es un regalo, es un universo menguante que acabará concentrado en una mano llena de pellejo y hueso. Luego la nada.

Su primera sangre. Como animales, somos conscientes de la camada, del legado, de la pertencia y, por encima de todo, de la levedad.

A pesar de su fragilidad ponemos nuestra fe en el puerperio: recuperar la forma, dar parto al miedo atávico y dejar ir lo que ya no somos, iluminarnos con la intensidad de una persona que recién ha llegado. Darnos. Tenernos en alguien. Ese alguien que no sabe aún que tendrá que esculpir la ausencia de nuestras manos en el aire.

Y todo porque no recordará su sangre primera.

Álvaro Hernando











Wednesday, January 30, 2019

De un paseo por el barrio de El Vedado de La Habana

La Habana es la parte seca de la hoja, delicada, y en ella está toda la historia de la planta, en el dibujo de sus venas. Los perros, carcomidos por la sarna, son como pulgones afables. Hay una gallina sin cabeza en una bolsa de plástico, pudriéndose junto al reciclado.
Mi hijo sana cualquier herida, haciendo de ella una cicatriz ridícula.

Saturday, January 26, 2019

Seres

Seres

Somos seres aberrantes,
en busca de un deseo que nos ennoblezca.


Saturday, January 19, 2019

Masks Confronting Death. James Ensor, 1888

Masks Confronting Death, James Ensor, 1884

Limpiar de fotografías un viejo ordenador puede convertirse en un ejercicio de dolor autoinfligido. 
Allá por enero del año 2015 se fue mi perro, mi amigo Ulises, un samoyedo con un ojo de cada color, mi compañero de aventuras durante unos 14 años. 
Un imbécil le dio algo de comer que el sistema digestivo de anciano perro no pudo gestionar. Tuvo una hemorragia interna y mostró terribles dolores. A su edad fue el fin. La cosa se prolongó unos veinte días, hasta el 1 de febrero. 
Le lleve al veterinario en mitad de una tremenda tormenta de nieve. El último trecho no pude completarlo en coche y le llevé en volandas. El veterinario estaba cerrado ese día, pero la dueña de la clínica estaba allí y nos atendió en persona. Me dijo que hacía años que no tocaba un animal. No hubo nada que hacer. Tengo la sensación de que él sabía que la veterinaria le estaba envenenando y no comprendía por qué yo no hacía nada. Nos miramos a los ojos, él cerró los suyos y expiró, yo lloré. Mai, la otra perra, de 13 años, estaba allí y se levantaba nerviosa, a dos patas, para ver qué pasaba con el compañero. Al poco recupere la compostura. Sentía que eso era lo que debía de hacer frente a una desconocida. El dolor, me decía, es algo íntimo, un tránsito de fuego callado e invisible. Algo interno.
Entonces, de una manera sucia, como hace habitualmente, carente de pudor, se presentó la muerte: un charco amarillo se desparramó por la mesa metálica, debajo de Uli. Si vegiga se relajó. Comprendí que durante  esos minutos el perro todavía vivía. Ese era el momento real del fallecimiento. Debió de estar unos minutos muriendo y escuchándome gimotear como un crío. 
Me sentí tan gilipollas, tan ridículo por no haber estado abrazándole ese rato... Tendría que haberle ahorrado ese llanto. 
Desde ese día tuve la sensación de que Mai, la otra perra, me mostraba su decepción con pequeños gestos. 
A los quince días, viajaba yo a Nueva York y, al salir de casa camino al aeropuerto, Mai se fue a una esquina del salón y, sentándose mirando la nada, dándome la espalda, rehusó despedirse. 
A los dos días yo estaba en el MOMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Recibí una llamada de unos amigos que habían recogido a Mai para cuidarla. Si bien el fin de semana había sido muy bueno, con Mai jugando con su perro y mostrándose muy activa y enérgica, algo había ido mal esa mañana. Estaban en el veterinario. Mai tenía un fallo renal y se moría. Me pasaron a la asistente de un veterinario de guardia. Una clínica diferente a la primera. La conversación con el personal de allá fue desagradable y fría. Me preguntaban desde la oficina del veterinario si estaba dispuesto a pagar unos 3000 dólares por mantener viva a la perra, sin garantía de éxito, o pagar 350 por “dormirla” y “gestionar los residuos”. Me tragué un sentimiento irracional de ira y pedí que la mantuvieran en las mejores condiciones posibles. Estaba en shock. Solo quería regresar. 
Al minuto, quizá menos, recibí una nueva llamada del veterinario. La perra había muerto. Sin más. Nunca más vi a mi perra, ni su cuerpo. 
Levanté la cabeza y me quedé absorto en un detalle del cuadro que tenía frente a mi: Masks Confronting Death, un óleo de James Ensor. En ese cuadro hay una exquisita turbulencia. Muchas figuras pletóricas de color, máscaras suntuosas, gestos desatados y estridentes. Me quedé mirando el rostro de una muerte vestida de blanco, con sombrero rojo, y me pareció ver el orín de Ulises escurriendo por sus ojos. 
Me puse a llorar. Desconsoladamente. Busqué un lugar más discreto y me vi en la cafetería del museo. Allí me condujeron a una mesa, nada apartada del resto, y me dijeron que eran conscientes de que algo me había ocurrido. El responsable de la cafetería me habló y muy respetuosamente me sugirió ignorar cualquier etiqueta. Me dijo que cuando alguien se siente así tiene el derecho a dejarse ir, a llorar, a dolerse, incluso cuando esto puede incomodar a otros alrededor. 
Nunca les di la gracias. El dolor es egoísta. 
Desde entonces odio el cuadro y a su autor. 
Hoy hay una fotografía menos en mi ordenador. 






Tuesday, December 18, 2018

La casa roja

La casa roja

Soy una casa roja y rota. La decadencia desconchada en la fachada te invita a mantener tus ojos en mis grietas.
Soy en realidad así, una casa roja, rota, y pensaría que vacía, de no ser por todo el ruido roto y rojo que hago al morarme.
Soy una casa roja, rota y repleta de ecos metálicos.
Soy ese lugar que se entrega a la ruina y la mirada.


(Álvaro Hernando, en La isla desordenada)

Wednesday, December 12, 2018

Insomne

Insomne

Ya no duermo.
Pienso en ti y en qué decirte.
Me cuento que todo esto es una esperanza, 
un dolor unido al hueso en hilvanado flojo.
Practico la mirada, con ojos cerrados, 
la cara de uno mirándose al espejo 
en una oscuridad más densa. 

No duermo. Todo desaparece con el dolor.
Cada contracción, cada espasmo
es una conversación a punto de acabar. 
Me esmero en certificar las diligencias 
que me exige el protocolo 
antes de enfrentarme a ese fragor 
en que se ha convertido nuestro cruce de miradas. 

Te miento y te revuelves contra mí. 
Pongo todo mi ejército en una sola línea 
dándote la espalda y preparando la defensa. 
Repaso el guion, voy a contarte. 
Repaso tu papel en la escena, 
y hasta el del apuntador. 
Repito las oraciones del final, 
pues no quiero olvidar el texto en mitad 
de nuestra charla. 

Tardas en atacar, pero cuando empiezas 
allá vas, con tu arma inesperada: 
apareces con café y me interrumpes con la taza, 
que tiene esa manía de tomar mis labios 
y embastarlos con la sangre negra que me regala 

una excusa para no llamar al insomnio por tu nombre.

Amor volátil

Amor volátil

Hay un billete afilado, clavado sobre el mueble seco, como el eco de un disparo de fogueo, humo veteado sobre la madera, a modo de ritual burdo, augurio de lluvia celeste.

Se inventa la luz un navaja vieja que corta un Cosmos de tiempo, que amasa la carne fláccida de madre, con manos sucias y en grieta. Hay mapas de horror y de agua, con la raíz en la sombra de un copo de nieve seca. Una caricia, un corte, una caricia, un corte.

Es la magia de un motel con la piel enhebrada en los dedos, tejiendo los rumbos del vello, señalándonos la órbita de las manchas en la piel, de un extraterrestre rumbo, incandescente viaje, de los que desmembran núcleos y devuelven a la infancia.

En la boca, nos rechina la esperanza y se seca un humo que nos preña los sentidos, sabor de saliva borracha, de pitillo compartido, de rosario profanado, humedecido. Una oración, tos de Dios y la gente, que no se siente el corazón, ni la cara, ni el vientre.

Estás en cada pulsación, como si fueras el eco de un retumbe propio, sonajero crepitante en una ducha de pared de corcho y suelo de timbal, tripa tensa de animal ya muerto.

Rimas de agua terminadas en silencio; se acaban tras tus gritos, con tu advertencia de que todo el universo estalla entre tus muslos, sin permiso ni remedio.

Me limpio. Te prometo amor por un tiempo.

Lucho por no desenhebrarme y busco más dinero en la billetera.

Mientras, te diluyes en éter, desclavas los cincuenta dólares y te cruzas con la órbita de otro cometa,
de otro nombre, de otra caricia, de otro deseo, de otra cartera.

Te dejé el dinero en la mesilla.

Sigo atento a la tarifa, al Cosmos, al gueto, al Holocausto, al cielo y al infierno. Y no recuerdo tu nombre, por más que lo intento.




(Álvaro Hernando, Chicago Express)