Sunday, August 18, 2019

Nicolás Corraliza Tejeda. El regalo de Abril en los inviernos, Chamán Ediciones, 2019.

 Las edades del abril.

         Hoy inicio algunas entradas que me sirven para un doble motivo. El primero es el de compartir el trabajo de algunos escritores que me han gustado, en los que creo, de los que obtengo placer al leer y de los que creo que se puede aprender. El segundo es el de hacer un comentario sobre alguno de sus libros, con el fin de animar a los lectores de este blog a que lo compren y lo lean.

          Nicolás Corraliza Tejeda es mi primer poeta invitado en esta doble disciplina. Si bien ya he  reproducido en este espacio las palabras de otros, entre los cuales están mi admiradísimo Miguel Veyrat, Tulia Guisado, Alfonso Brezmes y alguno más, no es hasta hoy, con el trabajo de Nico Corraliza, cuando me atrevo a combinar el compartir alguno de los poemas del autor con mis impresiones acerca del libro en el que los publica. 

          El libro, que he disfrutado muchísimo, es Abril en los inviernos, el que le han editado Pedro Gascón y Anaís Toboso Navarro en su albaceteña, española e internacional Chamán Ediciones -yo la conocí en EEUU por publicar algo de Alfred CornRocinante-. Es este un poemario compuesto por cien poemas, la mayoría brevísimos, llenos de miradas del autor sobre momentos en los que se entrelazan en paradoja la tristeza, el dolor, la esperanza y, no pocas veces, la ironía. Los poemas no están titulados, salvo por el número que describe su orden en la obra.
           El primer poema que quiero compartir es el VIII, y que va encabezado por un verso de Eduardo Moga que yo habría entendido en otro sentido, pero que un hilador fino como Nicolás conduce hasta otro universo. El verso en cuestión dice "Soy lo que se ha ido". Es un verso terriblemente afilado. Nicolás Corraliza lo toma, envuelve cuidadosamente su empuñadura en esparadrapo blanco y viejo, y acuchilla el calendario de uno mismo con estos cuatro versos, hasta el degüello:

          DESPERTAR un día
          con el aliento viejo,
          y saber que el sueño
          fue la juventud.

          Uno le recrimina a su propia existencia cuando se lee en algo así. El poemario está repleto de voces que susurran la verdad del maravilloso proceso de pérdida y construcción. Somos quienes somos gracias a que el sueño de juventud fue sustituido por la presencia consciente de la madurez. Hay belleza en la aceptación. Hay poder en el autoconocimiento. 
          Hago un inciso, antes de continuar con los poemas de Nicolás: he de confesar que desconocía el trabajo de Eduardo Moga, siendo la culpa de Corraliza que yo haya investigado en el mismo, por traérmelo a mi casa a través de su poema VIII. Muy interesante el trabajo de este autor, en texto extenso, como si de pensamiento paneriano hecho poesía en prosa se tratara, el que he podido leer gracias a lo compartido por la página web de Voces del Extremo. Tengo que conseguir su libro [Eduardo MogaSelected poems. Ed. Shearsman Books. UK, 2017].

          Todo el libro está lleno de palabras afiladas y flexibles. Se cuelan dentro de uno y le separan las oscuridades para teñirlas con destellos. 

          Uno, que ya va cumpliendo años y lleva toda la vida leyendo, y casi igual escribiendo (que no jugando al mundo del publicar, eso es desde hace poco) se tiene que plegar ante poemas como el LXXXIII, tras cuya lectura se acalla cualquier impaciencia ante la duda. 

          LA edad es el espacio 
          que nos separa de lo nítido. 
          Perfecta geometría
          la juventud. 

          Las edades y las palabras se conjugan en un poemario, Abril en los inviernos, que es madurez y luz de rito de paso. O, quizá, luces desprendidas de los rituales de vuelta. 

          AVANZAN las furias de la vejez.
          Gatean como niños escalera
          por los peldaños de mi Padre.                     (Poema XVII)

          No hay excepción en la belleza. En este poemario, pues, tampoco.


[Nicolás Corraliza Tejeda nace en Madrid, 1970. Ha publicado los libros La belleza alcanzable (Norbanova, 2012), La huella de los días (Norbanova, 2014), Viático (La Isla de Siltolá, 2015) y El estro de los locos (Ravenswood Books Editorial, 2018). Ha sido incluido entre otras, en las revistas Nobania, Estación Poesía, Ágora y Cuadernos de Humo. Su obra ha sido traducida parcialmente al francés, rumano y catalán. Su obra inédita se puede visitar en el blog Inventario de desperfectos: http://nicolascorraliza.blogspot.com(*)]

(*) Biografía obtenida de la solapa del libro Abril en los inviernos, de Chamán Ediciones. 



Fotografía y tratamiento de la imagen por Mónica Garre,
tomada el 3 de agosto de 2019, en Madrid.  

Friday, July 26, 2019

Caída

Caída

Caen los lirios 
agarraditos a sus lánguidos tallos, 
rendidos, ante todos 
los que les dicen, 
desde el primer día, 
“¡Qué poco te queda para marchitarte!” 

Y así ellos, 
marcando compás 
bailan, 
agarraditos a una raíz de aire. 

Tuesday, July 23, 2019

Insomne

Insomne

Ya no duermo.
Pienso en ti y en qué decirte.
Me cuento que todo esto es una esperanza,
un dolor unido al hueso en hilvanado flojo.
Practico la mirada, con ojos cerrados,
la cara de uno mirándose al espejo
en una oscuridad más densa.
No duermo. Todo desaparece con el dolor.
Cada contracción, cada espasmo
es una conversación a punto de acabar.
Me esmero en certificar las diligencias
que me exige el protocolo
antes de enfrentarme a ese fragor
en que se ha convertido nuestro cruce de miradas.
Te miento y te revuelves contra mí.
Pongo todo mi ejército en una sola línea
dándote la espalda y preparando la defensa.
Repaso el guion, voy a contarte.
Repaso tu papel en la escena,
y hasta el del apuntador.
Repito las oraciones del final,
pues no quiero olvidar el texto en mitad
de nuestra charla.
Tardas en atacar, pero cuando empiezas
allá vas, con tu arma inesperada:
apareces con café y me interrumpes con la taza,
que tiene esa manía de tomar mis labios
y embastarlos con la sangre negra que me regala
una excusa para no llamar al insomnio por tu nombre.

(Álvaro Hernando, Chicago Express, Pandora Lobo Estepario Publishing, Chicago, 2019)


Picture: Caffeine. Author: Álvaro Hernando. Acid on paper. 98x105 cm.

Monday, May 20, 2019

Lit Fest Chicago 2019

Preparando las despedidas y las presentaciones:

Contratiempo me invita a ir al Lit Fest 2019 en Chicago. Este acto ha venido siendo organizado por el Chicago Tribune hasta, al menos, el año pasado.

Un honor.

Aprovecharé para hacer algunas lecturas de mi nuevo libro, el tercer poemario en solitario: Chicago Express (Pandora Lobo Estepario, Chicago´, 2019).

Lo escribo aquí, para que no me olvide de ello.




Thursday, April 4, 2019

No somos espacio

No somos Susan Sontag, ni una hoja de rojos taninos ardiendo al sol de otoño. Estamos entre medias, los mediocres, los imprescindibles para crear una monotonía en la que tú brilles. El espacio no existe, no puede existir esto incomprensible para un niño tiempo. El Niño tiempo no es otoño, no es un poeta muerto que habla desde las cenizas. Ni un tambor. No es espacio, porque no existe. No hay nada miradas, entre brillos no queda más luz, y entre nombrar el tiempo y el espacio quedan muchos hurones con los que anidamos una realidad rota por cuyas grietas se cuela Cohen con su luz. No, no se puede nombrar lo que se queda en el olvido. Lo que llaman espacio no existe. Es puro Olvido, atado al tiempo, que sí existe, que sí tributa con la vida y con la luz. El Olvido y el tiempo componen los planos de la realidad. Todo lo demás es un lo que quieras dibujar, fingir, interpretar. Pero no es espacio. No somos vida quebrada por el gas, ni planta seca descomponiéndose al tiempo.
No somos lugar. Somos instante. Los mediocres somos inmortales ante el instante. Hay un infinito contenido en aquí, en nosotros. Nos deshacemos, como un remolino de polvo seco y arcilloso, sumergiéndose en agua y en el silencio. El tiempo diluido. La memoria del humo.

Thursday, February 21, 2019

Puerperio

Puerperio

No recuerdo la primera vez que sangré. La primera sangre se olvida muy pronto. La recuerdan nuestros padres, ellos, con dolor impotente. Nosotros olvidamos el sabor metálico que nos regala el hilo carmesí que corre desde la nariz a la barbilla, pero ellos no.
El precio que pagamos por esta anestesia es el de verles partir algún día, con el mismo dolor, la misma impotencia y el mismo amor con que ellos guardaron el legado, esa primera sangre nuestra.

Es un débito, un debe para siempre.

La cuenta no se ajusta jamás. Se queda en el impago, en el sostener la mano moribunda del padre entre las propias manos. Ahí descubrimos toda la fragilidad en que quedó la vida, en una mano que tememos se rompa, se marche, se enfríe. La recogemos con cuidado, rozándola en abrazo casi de humo. Después mueren. La mano desaparece, la vida desaparece, el padre desaparece, y se expande el dolor por un espacio inmenso que antes ocupaban dos manos escurridas de carne. Ahora, en nuestras manos, nada. Tan sólo queda ese espacio dilatado, el recuerdo, en oración constante. Como eco de cincel en piedra. Es un oficio de escultor, el del hijo que trabaja con el aire, picando, día a dia, sobre el más duro de los materiales: vacío lleno de ausencia densa.

De eso se trata. Hoy sostenemos la sangre del hijo, como hizo con la nuestra nuestro padre. Mañana, con sus dedos, él tallará nuestra mano invisible en el aire.

Mantener vivo el recuerdo de la primera sangre es una manera de no volver a ser la nada. Porque antes de la primera sangre somos nada. No somos hasta no reconocer el dolor de otro como propio. Es un nuevo parto que nos expande y nos muda. Se rompen todos los tegumentos y se desencajan los huesos. Todo se quiebra y levita hacia lo infinito. El puerperio toma toda una vida. Esa deformidad interna es un regalo, es un universo menguante que acabará concentrado en una mano llena de pellejo y hueso. Luego la nada.

Su primera sangre. Como animales, somos conscientes de la camada, del legado, de la pertencia y, por encima de todo, de la levedad.

A pesar de su fragilidad ponemos nuestra fe en el puerperio: recuperar la forma, dar parto al miedo atávico y dejar ir lo que ya no somos, iluminarnos con la intensidad de una persona que recién ha llegado. Darnos. Tenernos en alguien. Ese alguien que no sabe aún que tendrá que esculpir la ausencia de nuestras manos en el aire.

Y todo porque no recordará su sangre primera.

Álvaro Hernando











Saturday, January 26, 2019

Seres

Seres

Somos seres aberrantes,
en busca de un deseo que nos ennoblezca.