Friday, July 6, 2018

Estar quieta

Estar quieta


Amo mi estar quieta
cuando el suelo se rasga y esa tela
delicadamente recia se hace barro
seco y nos traga.

Estar inmóvil cuando me gritas
esculpiéndome un aire irrespirable
con formas cortantes y agudas.

Cuando retumba el suelo bajo tu pie
y mi puerta bajo tu mano,
ahí me quiero, sin oscilar.
Amo mi vibración invisible y que nada se mueva.
Cuando escribes con sangre que soy
yo la que está rota, dejando renglones carmesí,
ideogramas orientales, empapando con nuestra
historia la pared.

Amo mi cuerpo inmóvil, sosegado,
puesto quieto por todos los ecos de la palabra
puta 
que tu cincel trata de hoyarme en mármol rosa
y fecundarme dentro con esa semilla inerte.
Ahí amo, por encima de todo, mi estar quieta.
Amo mi no huir, ni tras, ni por ti.

Cuando la adorada rabia
que guardas entre tus uñas,
en los nudillos, me aúlla corre,
quedo muda sobre mis rodillas,
con la luz rasgada por un hilo púrpura
que parte en dos hemisferios perfectos mi pupila.
          Al Norte, volarse quieta.
          Al Sur, caerse quieta.

Amo mi estar quieta, entonces,
cuando anda quebrado el pavimento,
descosidos los pies de los zapatos,
sin quedar espacio a la sombra
entre suelo negro y pie mudo.

Cuando nací no sabía que mi mano iba a trazar
el aire despistado entre los pasos y las calles,
atrapando ahí lo bello que me abruma
escritura de sonido mudo sobre piel blanca.

Disculpa que ame mi estar quieta,
renunciándote en tu abismo,
en el que nada reposa
salvo una sentencia cobarde.

Empieza el movimiento cuando tú me quieres quieta.
Por lo demás, elijo el impulso entumecido
y el fervor sólido de una roca sin edad.
Pero si tú me dices ¡quieta!
yo surco el tiempo que no cambia.

El mundo quieto es no escribir.
Tu mano abre, quieta.
Tu boca entra, quieta.
Tu olor estalla, quieta.
El mundo quieto es no leer ni los recuerdos.

Tuve miedo de las cosas quietas.
Todo nos debe una vibración leve
movimiento, aunque sea imperceptible
lleno de color cambiante y sinuoso.

El miedo es algo quieto
que te invita a ser miedo de uno mismo.

estar quieta
tras el grito
por el aire
frente al tiempo

vigilante
no hacer ruido

porque
nada
permanece quieto.





Monday, April 16, 2018

Metafísica

Metafísica

Estamos hechos de dos metales, uno que siempre está fundido y otro que no aparece.
Con tan sólida estructura devoramos el universo, empezando por sus razones más secretas.

(Álvaro Hernando, en Geografía del alma)


Artwork by Jean Dubuffet - Le Métafisyx, 1950
Óleo: 3 ft 10 in x 2 ft 11 in
En el Museo Nacional de Arte Moderno de París.

(Álvaro Hernando, en Geografía del alma)

Artwork by Jean Dubuffet - Le Métafisyx, 1950
Óleo: 3 ft 10 in x 2 ft 11 in
En el Museo Nacional de Arte Moderno de París

Saturday, March 31, 2018

Chicago Express (English and Spanish version, trans. Miguel López Lemus)







Chicago Express


Everything here is fast and ephemeral, in this Michigan Avenue that empties like it fills by thousands of ants-person-cannibals. This street is a dry branch without roots. Any day the wind could take it. Each time an ant falls, another takes its place in the row, and another picks up his exquisite corpse and all know that dinner is already assured, on the sidewalk, or the asphalt. Sometimes I become a branch, an avenue, and they climb my legs, trunk up and I, who do have them, hold on to my roots so as not to be engulfed in that wild marabunta, nor the wind. At rush hour they drown everything like a rapid and disappear in the canyons of the city in an anonymous torrent, towards the metro from the middle of the afternoon. They all dissipate. The city bus is a smelly ray, it should be a root made of noise, but more than underground it goes through the air and rips the sound of the street halfway up. It takes away one's tranquility, like sewing a scar from bawdy to old wound, in white and stoic grays and blacks, leaving your face to watch old TV without colors; It always smells like rancid urine. there is a lot of tattoo in the Loop’s air, drunken with, accelerated, street music, a needle tearing the skin of the one who walks, making grooves the color of the blues, sounds that are lost suddenly, light in the mirror cloud and the Lakeshore. It's a seed waiting for rain, that sticks and does not germinate, as if inside a shoe. There are also cars, abashed cars, with cracks that age fast under the salt’s attack and rust; snarling at each curve at each obstruction, agonizing. The same with beggars. It is a vertiginous act to get into a taxi full of holes, with a frozen lake as a background and a couple of homeless in the parking lot, that will not survive: there is no bright death at the paused speed of winter in the city of onions. Jack-in-the-pulpits grow at a fingers’ snap and with them their prayers in the air, aromatic prayers, announcing the heat and the yellow boats, that tread the eyes by the river gazing the skyline, and the heat, and their evil mosquitoes, who count by palms their perverse ravings. These flowers are the hurried cathedral of Chicago, reflecting a sun split in colors, inside each one of his blessed parishioners and its temporary pilgrims. There are hundreds of fangs piercing the Chicago sky at the speed of the sun coming out or of the night light by a man busied in a return as one who knows that time is all the same and only counts what one can last, even when it lasts, specifically, the time it takes the aroma of coffee to dissipate vanishing in the frozen atmosphere. Here the word is a cry, there are no whispers, all at double tempo. In this accelerating place, Spanish and English have fornicated in silent dialogue as if embraced in a hurry and have given birth to a beautiful cousin of a chilango. It shines, and it goes quite fast. Everything is so sudden in Chicago that is made into an unfinished memory It is life express.

(Traducción de Miguel López Lemus)





Chicago Express


Todo aquí es rápido y efímero,
en esta avenida Michigan
que se vacía igual que llena
por miles de hormigas-persona-caníbal.
Esta calle es una rama seca y sin raíz.
Cualquier día se la lleva el viento.
Cada vez que una hormiga cae, otra
ocupa su lugar en la fila, y otra
recoge su cadáver exquisito y todos
saben que ya tiene la cena asegurada,
sobre la acera, o el asfalto.
A veces me hago rama, avenida,
y se me suben por las piernas, tronco arriba
y yo, que sí tengo,
me agarro a mis raíces para no ser engullido
en esa marabunta salvaje, ni por el viento.
A la hora punta lo anegan todo como un rabión
y desaparecen por los sumideros de la city
en un torrente anónimo, hacia el metro
de la mitad de la tarde.
Todos se disipan.

El suburbano es un rayo maloliente,
debería ser una raíz hecha de ruido,
pero más que bajo tierra va por el aire
y rasga el sonido de la calle a media altura.
Le amputa a uno la tranquilidad,
como cosiéndole una cicatriz de barahúnda a herida vieja,
en un blanco y un gris y un negro estoicos,
dejándote cara de ver la tele antigua
sin colores; siempre huele a orín viejo.

Tiene mucho de tatuaje el aire en el Loop,
embriagado de música callejera, acelerada,
una aguja rasgando la piel del que camina,
haciendo surcos de los colores del blues,
sonidos que se pierden súbitos,
luz en la nube de espejo y en el Lakeshore.
Es una semilla a la espera de lluvia,
que se clava y no germina,
como dentro de un zapato.

También hay coches, carros azorados, con grietas
que envejecen rápido bajo el ataque de la sal
y el óxido; gruñendo en cada curva
en cada atasco, agonizando.
Igual con los mendigos.
Es un acto vertiginoso subir a un taxi
lleno de agujeros, con un lago helado de fondo
y un par de homeless en el parqueadero,
que no sobrevivirán:
no hay muerte rutilante
a la velocidad pasmada del invierno
en la ciudad de las cebollas.

Las Jack-in-the-Pulpit crecen en un chasquear dedos
y con ellas sus rezos en el aire, plegarias aromáticas,
anunciando el calor y los barquitos amarillos,
que cosen por el río las miradas al skyline,
y al calor, y a sus perversos mosquitos,
que cuentan por palmadas sus desvaríos fulgurantes.
Estas flores son la catedral apresurada de Chicago,
reflejando un sol partido en colores,
en el interior de cada uno
de sus beatos feligreses
y de sus temporales peregrinos.

Hay cientos de colmillos clavándose en el cielo de Chicago
a la velocidad del sol saliendo
o de la noche iluminada por un hombre afanado en un regreso
como quien sabe que da lo mismo el tiempo
y solo cuenta lo que uno dura,
aunque dure, de manera expresa,
lo que tarda en disiparse el aroma de un café
esfumándose en la atmósfera congelada.

Aquí la palabra es un grito, no hay susurros,
todo a doble tempo.
En este lugar acelerante el español y el inglés
han fornicado en diálogo silencioso
como abrazados a toda prisa
y han parido un primo bello del chilango.
Brilla y va muy rápido.

Todo es tan súbito en Chicago
que se hace recuerdo inacabado

es la vida express.


(por Álvaro Hernando, en Chicago Express)

Wednesday, March 28, 2018

Noticia sobre Miguel Hernández (1939): Ojalá pudiéramos ser los poetas tan terribles.

Su vida completa, desde su niñez campesina de Orihuela hasta su fallecimiento, desprende como el mar o como el río nubes para las lluvias del hombre, sudario para ocultar su muerte. Ningún poeta como él tan rodeado de exaltación, fomentada desde su prodigiosa niñez, allá en su pueblo, por el entusiasmo de su viejo amigo, un canónigo, el que le diera sus primeras lecturas (Calderón, Cervantes, Lope), el que recibiera sus primeros versos.
En Orihuela se le murió otro amigo, Ramón Sijé; con él publicó una revista católica El Gallo Crisis, impopular y culta; amigo que le dejó al morir su obra, larga, ambiciosa, repetidora de Zubiri, de Ortega, de Bergamín, de Ors. Con aquellos manuscritos, por fidelidad amistosa, vino a mi imprenta, pero yo preferí publicarle sus versos El rayo que no cesa, colección de sonetos admirables. En Madrid trabajaba con José María de Cossío en una Enciclopedia del toreo que iba a publicar Espasa-Calpe. Su oficina estaba cerca de mi casa, y al terminar su trabajo venía a veme , entrando por la ventana abierta; tenía facilidad para subirse a los árboles, cosa que hacía cuando paseábamos por alguna alameda.
Giménez Caballero le publicó en La Gaceta Literaria sus primeros versos, y Bergamín, en Cruz y Raya, su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve. También colaboró en varios números de la Revista de Occidente. No es cierto, pues, que fuera un poeta desconocido antes de la guerra, sino, por el contrario, a pesar de su juventud, ya había pasado por diferentes modos de sentir y pensar. Los poetas que Miguel Hernández más quería y admiraba eran Pablo Neruda y Vicente Aleixandre.
Dije antes que vivía rodeado de exaltación. Era llama de amor viva. Su fuego, su esperanza, su heroísmo, crecieron con la guerra. Fue valiente y apasionado hasta perder la memoria. Su muerte es la mayor cobardia de esta guerra. Ojalá pudiéramos ser los poetas tan terribles.

(Escrito por Manuel Altolaguirre, fragmento parte de El caballo griego. Reflexiones y recuerdos, 1927-1958, en la edición de Voces Críticas,)

Friday, March 9, 2018

y nadie sana dentro del fuego

no sabe el agua sucia dar reflejo,
y nadie sana dentro del fuego.

Con mis dos manos no puedo contar el mundo

Saturday, January 13, 2018

Sanar al padre

Sanar al padre

He sanado las heridas de los pies de mi padre.
No las he curado, pero las he sanado.
Hemos hecho juntos el camino largo
de la estación al crematorio.
Sus piernas temblaban, como llamaradas heladas al viento,
y cada paso le devolvía un recuerdo.

He sido su báculo y su valor,
su testigo, sus lágrimas y su miedo.
No han curado sus llagas y roces sangrantes
y sus pies mostraban lenguas húmedas de carnero.
Hoy, entre el tren y el horno,
he sanado las heridas de los pies de mi padre.

Todas ellas le quedaron, como la culpa se le enhebra al superviviente.

Tantos poetas se perdieron tras esos pasos,
tanta belleza, tanto dolor.
Para cuando nos vuelva la memoria
en lo más oscuro del sinsentido,
habremos ya comprendido que lo olvidado
es un eco de pasos atrapados entre la voz del hombre malo,
la estación, y lo que acaba siendo lecho de fuego y ceniza fina.

Y, mientras, Kostas Karyotakis le ha dicho a una bala
que para él hoy sería su firmamento,
y se ha marchitado sin voz, por la sequedad del sonido,
amputándole al camino cualquier herida eterna.

(Sanar al padre, en La Herida Eterna)

Wednesday, January 10, 2018

Biografía











Con estas magníficas fotos de Óscar París se me ha venido la Biografía encima.



Biografía

Las primeras ausencias llegan como pasos sobre hielo.
Uno es niño y sabe que ha muerto su vecino,
el amigo de su padre, la mujer del hombre de la panadería,
y lo vive con la ilusión del superviviente,
del estudiante que no ha sido elegido ese día para cantar la lección,
del que sigue en pie cuando otros han caído.
Los primeros años nos afanamos en ser el primero de la fila,
el destacado, el que brillaba, el mejor de los que imitan.
Un tiempo bello, alejado de la luz primera,
lleno de reflejos, necedades y preguntas.
Los maestros y los niños malos nos enseñaban
cómo el mundo se mueve y cruje.
¡Cuánta curiosidad desbocada!
Las ausencias se desecaban y perdían el sonido
con el que nos golpeaban, débiles, las piernas
desnudas, al correr entre el pastizal de hierba fresca.
Los mendigos viejos no tenían nombre,
ni otro lugar diferente al banco helado.
Biografía

Nadie sabe lo que es el frío si no ha visto
a un pordiosero borracho en aquel banco.
Pero tiene que ser uno niño, de los que quieren
buscarle abrigo a todos, para que le sangre el desgraciado,
como en hielo, por dentro, el recuerdo del anciano.
Aquellos, todos los viejos, ahí permanecían.
Ahí quedaban, los perdidos, lo perdido,
como semilla adormecida, ocupando un lugar
del que arrancaría los recuerdos más negros
el tiempo con su raíz envenenada.
Entonces uno descubre la sombra del crucifijo
en la pared de la iglesia, y las mil velas que piden por alguien,
las viejas que pagan dinero por el fuego del perdón,
y los malvados que seducen almas,
y vuelve todo a ser aprender. Y de nuevo aparece la ausencia,
y uno no quiere mirar la cara de Alejandro,
el del 7, porque no quiere que sus ojos queden atados
por la muerte a la palabra padre.
No quiere saber qué hacía el viejo en aquél cerro, sobre la roca,
junto al puente alto, con su sombrero y su cigarro.
Ni por qué la sangre, ni por qué tan de noche,
ni tan lejos de su cama, ni tan lejos de la vida.
En la iglesia nadie habla del padre muerto de Alejandro,
como si nunca hubiera habido padre, ni cigarro,
ni sombrero, ni puente, ni roca.
No quiere uno pensar en la muerte porque la sabe cierta
y generosa. Baja la mirada ante Alejandro y sigue
a paso rápido. No quiere chocar con esa piedra,
diciéndose que a él no le alcanzarán, no aún, esas ausencias.
Pero ahí están ya, echando raíces. Y uno no lo sabe,
y cree que está callado, pero se rebela. Y busca la sangre,
que llega calmándonos la sed de mundo y de la piedra
del puente, y el sombrero de ala ancha y el cigarro.
Todo se hace piel, y contra ella uno choca y se hace herida,
y callo y luego huella. Ahí nos escribimos tatuajes en la espalda,
con el nombre del sexo y del placer, y de la primera hembra,
para que no quede nada en la nada, porque ya se  conoce la pérdida.
Ella mira por el cristal de la cafetería, sonriendo, esperanzada
y él entra para penetrarla, hacerse hombre, usar sombrero,
fumar, ser reflejo de nubes, sombra de nombre,
gato desenfocado y reflejo de noche,
saltar el puente, besar la roca.
Queda en grises y negros, perdido el color del niño
en cada calle, marcada la silueta, estrecha, afilada,
cicatriz en los ojos de otros, caminando por callejones
y durmiendo en colchones de hotel, en cuyo techo bailan
duendes negros haciéndose ver árboles, moviéndose sus dedos sarmientos al viento.
Se cierran los ojos y aparece la niebla,
otra ausencia: ya no hay mar, no hay luz, ni tiempo,
ni fuerza. Ahí ya se sabe lo que es el olvido,
y uno no quiere. No. No quiere que le toque el olvido,
cantar la lección estéril,
sobrevivir a un hijo, ser el vecino del 7.
Empezamos a hacer listas: los amigos viejos vivos,
los amores, los nombres de nuestros hijos,
los libros que se han leído, todas las noches de sexo.
Y los días, los amantes, los fracasos, y las canciones de Bowie,
las horas robadas al sueño, los mil rituales obsesivos
para matar a los monstruos del miedo.
El espejo empieza a escucharnos con desprecio y al fin uno se hace ausencia
entre niños armados, entre yonquis pinchándose en tubos,
entre chabolas de oro y lino. Sólo quedan las manos viejas,
y vacías, y no quedan niños malos, ni maestros, que nos enseñen el resto.


(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)























































































































Biografía

Las primeras ausencias llegan como pasos sobre hielo.
Uno es niño y sabe que ha muerto su vecino,
el amigo de su padre, la mujer del hombre de la panadería,
y lo vive con la ilusión del superviviente,
del estudiante que no ha sido elegido ese día para cantar la lección,
del que sigue en pie cuando otros han caído.
Los primeros años nos afanamos en ser el primero de la fila,
el destacado, el que brillaba, el mejor de los que imitan.
Un tiempo bello, alejado de la luz primera,
lleno de reflejos, necedades y preguntas.
Los maestros y los niños malos nos enseñaban
cómo el mundo se mueve y cruje.
¡Cuánta curiosidad desbocada!
Las ausencias se desecaban y perdían el sonido
con el que nos golpeaban, débiles, las piernas
desnudas, al correr entre el pastizal de hierba fresca.
Los mendigos viejos no tenían nombre,
ni otro lugar diferente al banco helado.
Biografía

Nadie sabe lo que es el frío si no ha visto
a un pordiosero borracho en aquel banco.
Pero tiene que ser uno niño, de los que quieren
buscarle abrigo a todos, para que le sangre el desgraciado,
como en hielo, por dentro, el recuerdo del anciano.
Aquellos, todos los viejos, ahí permanecían.
Ahí quedaban, los perdidos, lo perdido,
como semilla adormecida, ocupando un lugar
del que arrancaría los recuerdos más negros
el tiempo con su raíz envenenada.
Entonces uno descubre la sombra del crucifijo
en la pared de la iglesia, y las mil velas que piden por alguien,
las viejas que pagan dinero por el fuego del perdón,
y los malvados que seducen almas,
y vuelve todo a ser aprender. Y de nuevo aparece la ausencia,
y uno no quiere mirar la cara de Alejandro,
el del 7, porque no quiere que sus ojos queden atados
por la muerte a la palabra padre.
No quiere saber qué hacía el viejo en aquél cerro, sobre la roca,
junto al puente alto, con su sombrero y su cigarro.
Ni por qué la sangre, ni por qué tan de noche,
ni tan lejos de su cama, ni tan lejos de la vida.
En la iglesia nadie habla del padre muerto de Alejandro,
como si nunca hubiera habido padre, ni cigarro,
ni sombrero, ni puente, ni roca.
No quiere uno pensar en la muerte porque la sabe cierta
y generosa. Baja la mirada ante Alejandro y sigue
a paso rápido. No quiere chocar con esa piedra,
diciéndose que a él no le alcanzarán, no aún, esas ausencias.
Pero ahí están ya, echando raíces. Y uno no lo sabe,
y cree que está callado, pero se rebela. Y busca la sangre,
que llega calmándonos la sed de mundo y de la piedra
del puente, y el sombrero de ala ancha y el cigarro.
Todo se hace piel, y contra ella uno choca y se hace herida,
y callo y luego huella. Ahí nos escribimos tatuajes en la espalda,
con el nombre del sexo y del placer, y de la primera hembra,
para que no quede nada en la nada, porque ya se  conoce la pérdida.
Ella mira por el cristal de la cafetería, sonriendo, esperanzada
y él entra para penetrarla, hacerse hombre, usar sombrero,
fumar, ser reflejo de nubes, sombra de nombre,
gato desenfocado y reflejo de noche,
saltar el puente, besar la roca.
Queda en grises y negros, perdido el color del niño
en cada calle, marcada la silueta, estrecha, afilada,
cicatriz en los ojos de otros, caminando por callejones
y durmiendo en colchones de hotel, en cuyo techo bailan
duendes negros haciéndose ver árboles, moviéndose sus dedos sarmientos al viento.
Se cierran los ojos y aparece la niebla,
otra ausencia: ya no hay mar, no hay luz, ni tiempo,
ni fuerza. Ahí ya se sabe lo que es el olvido,
y uno no quiere. No. No quiere que le toque el olvido,
cantar la lección estéril,
sobrevivir a un hijo, ser el vecino del 7.
Empezamos a hacer listas: los amigos viejos vivos,
los amores, los nombres de nuestros hijos,
los libros que se han leído, todas las noches de sexo.
Y los días, los amantes, los fracasos, y las canciones de Bowie,
las horas robadas al sueño, los mil rituales obsesivos
para matar a los monstruos del miedo.
El espejo empieza a escucharnos con desprecio y al fin uno se hace ausencia
entre niños armados, entre yonquis pinchándose en tubos,
entre chabolas de oro y lino. Sólo quedan las manos viejas,
y vacías, y no quedan niños malos, ni maestros, que nos enseñen el resto.


(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)