Saturday, January 13, 2018

Sanar al padre

Sanar al padre

He sanado las heridas de los pies de mi padre.
No las he curado, pero las he sanado.
Hemos hecho juntos el camino largo
de la estación al crematorio.
Sus piernas temblaban, como llamaradas heladas al viento,
y cada paso le devolvía un recuerdo.

He sido su báculo y su valor,
su testigo, sus lágrimas y su miedo.
No han curado sus llagas y roces sangrantes
y sus pies mostraban lenguas húmedas de carnero.
Hoy, entre el tren y el horno,
he sanado las heridas de los pies de mi padre.

Todas ellas le quedaron, como la culpa se le enhebra al superviviente.

Tantos poetas se perdieron tras esos pasos,
tanta belleza, tanto dolor.
Para cuando nos vuelva la memoria
en lo más oscuro del sinsentido,
habremos ya comprendido que lo olvidado
es un eco de pasos atrapados entre la voz del hombre malo,
la estación, y lo que acaba siendo lecho de fuego y ceniza fina.

Y, mientras, Kostas Karyotakis le ha dicho a una bala
que para él hoy sería su firmamento,
y se ha marchitado sin voz, por la sequedad del sonido,
amputándole al camino cualquier herida eterna.

(Sanar al padre, en La Herida Eterna)

Wednesday, January 10, 2018

Biografía











Con estas magníficas fotos de Óscar París se me ha venido la Biografía encima.



Biografía

Las primeras ausencias llegan como pasos sobre hielo.
Uno es niño y sabe que ha muerto su vecino,
el amigo de su padre, la mujer del hombre de la panadería,
y lo vive con la ilusión del superviviente,
del estudiante que no ha sido elegido ese día para cantar la lección,
del que sigue en pie cuando otros han caído.
Los primeros años nos afanamos en ser el primero de la fila,
el destacado, el que brillaba, el mejor de los que imitan.
Un tiempo bello, alejado de la luz primera,
lleno de reflejos, necedades y preguntas.
Los maestros y los niños malos nos enseñaban
cómo el mundo se mueve y cruje.
¡Cuánta curiosidad desbocada!
Las ausencias se desecaban y perdían el sonido
con el que nos golpeaban, débiles, las piernas
desnudas, al correr entre el pastizal de hierba fresca.
Los mendigos viejos no tenían nombre,
ni otro lugar diferente al banco helado.
Biografía

Nadie sabe lo que es el frío si no ha visto
a un pordiosero borracho en aquel banco.
Pero tiene que ser uno niño, de los que quieren
buscarle abrigo a todos, para que le sangre el desgraciado,
como en hielo, por dentro, el recuerdo del anciano.
Aquellos, todos los viejos, ahí permanecían.
Ahí quedaban, los perdidos, lo perdido,
como semilla adormecida, ocupando un lugar
del que arrancaría los recuerdos más negros
el tiempo con su raíz envenenada.
Entonces uno descubre la sombra del crucifijo
en la pared de la iglesia, y las mil velas que piden por alguien,
las viejas que pagan dinero por el fuego del perdón,
y los malvados que seducen almas,
y vuelve todo a ser aprender. Y de nuevo aparece la ausencia,
y uno no quiere mirar la cara de Alejandro,
el del 7, porque no quiere que sus ojos queden atados
por la muerte a la palabra padre.
No quiere saber qué hacía el viejo en aquél cerro, sobre la roca,
junto al puente alto, con su sombrero y su cigarro.
Ni por qué la sangre, ni por qué tan de noche,
ni tan lejos de su cama, ni tan lejos de la vida.
En la iglesia nadie habla del padre muerto de Alejandro,
como si nunca hubiera habido padre, ni cigarro,
ni sombrero, ni puente, ni roca.
No quiere uno pensar en la muerte porque la sabe cierta
y generosa. Baja la mirada ante Alejandro y sigue
a paso rápido. No quiere chocar con esa piedra,
diciéndose que a él no le alcanzarán, no aún, esas ausencias.
Pero ahí están ya, echando raíces. Y uno no lo sabe,
y cree que está callado, pero se rebela. Y busca la sangre,
que llega calmándonos la sed de mundo y de la piedra
del puente, y el sombrero de ala ancha y el cigarro.
Todo se hace piel, y contra ella uno choca y se hace herida,
y callo y luego huella. Ahí nos escribimos tatuajes en la espalda,
con el nombre del sexo y del placer, y de la primera hembra,
para que no quede nada en la nada, porque ya se  conoce la pérdida.
Ella mira por el cristal de la cafetería, sonriendo, esperanzada
y él entra para penetrarla, hacerse hombre, usar sombrero,
fumar, ser reflejo de nubes, sombra de nombre,
gato desenfocado y reflejo de noche,
saltar el puente, besar la roca.
Queda en grises y negros, perdido el color del niño
en cada calle, marcada la silueta, estrecha, afilada,
cicatriz en los ojos de otros, caminando por callejones
y durmiendo en colchones de hotel, en cuyo techo bailan
duendes negros haciéndose ver árboles, moviéndose sus dedos sarmientos al viento.
Se cierran los ojos y aparece la niebla,
otra ausencia: ya no hay mar, no hay luz, ni tiempo,
ni fuerza. Ahí ya se sabe lo que es el olvido,
y uno no quiere. No. No quiere que le toque el olvido,
cantar la lección estéril,
sobrevivir a un hijo, ser el vecino del 7.
Empezamos a hacer listas: los amigos viejos vivos,
los amores, los nombres de nuestros hijos,
los libros que se han leído, todas las noches de sexo.
Y los días, los amantes, los fracasos, y las canciones de Bowie,
las horas robadas al sueño, los mil rituales obsesivos
para matar a los monstruos del miedo.
El espejo empieza a escucharnos con desprecio y al fin uno se hace ausencia
entre niños armados, entre yonquis pinchándose en tubos,
entre chabolas de oro y lino. Sólo quedan las manos viejas,
y vacías, y no quedan niños malos, ni maestros, que nos enseñen el resto.


(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)





















































































































Biografía

Las primeras ausencias llegan como pasos sobre hielo.
Uno es niño y sabe que ha muerto su vecino,
el amigo de su padre, la mujer del hombre de la panadería,
y lo vive con la ilusión del superviviente,
del estudiante que no ha sido elegido ese día para cantar la lección,
del que sigue en pie cuando otros han caído.
Los primeros años nos afanamos en ser el primero de la fila,
el destacado, el que brillaba, el mejor de los que imitan.
Un tiempo bello, alejado de la luz primera,
lleno de reflejos, necedades y preguntas.
Los maestros y los niños malos nos enseñaban
cómo el mundo se mueve y cruje.
¡Cuánta curiosidad desbocada!
Las ausencias se desecaban y perdían el sonido
con el que nos golpeaban, débiles, las piernas
desnudas, al correr entre el pastizal de hierba fresca.
Los mendigos viejos no tenían nombre,
ni otro lugar diferente al banco helado.
Biografía

Nadie sabe lo que es el frío si no ha visto
a un pordiosero borracho en aquel banco.
Pero tiene que ser uno niño, de los que quieren
buscarle abrigo a todos, para que le sangre el desgraciado,
como en hielo, por dentro, el recuerdo del anciano.
Aquellos, todos los viejos, ahí permanecían.
Ahí quedaban, los perdidos, lo perdido,
como semilla adormecida, ocupando un lugar
del que arrancaría los recuerdos más negros
el tiempo con su raíz envenenada.
Entonces uno descubre la sombra del crucifijo
en la pared de la iglesia, y las mil velas que piden por alguien,
las viejas que pagan dinero por el fuego del perdón,
y los malvados que seducen almas,
y vuelve todo a ser aprender. Y de nuevo aparece la ausencia,
y uno no quiere mirar la cara de Alejandro,
el del 7, porque no quiere que sus ojos queden atados
por la muerte a la palabra padre.
No quiere saber qué hacía el viejo en aquél cerro, sobre la roca,
junto al puente alto, con su sombrero y su cigarro.
Ni por qué la sangre, ni por qué tan de noche,
ni tan lejos de su cama, ni tan lejos de la vida.
En la iglesia nadie habla del padre muerto de Alejandro,
como si nunca hubiera habido padre, ni cigarro,
ni sombrero, ni puente, ni roca.
No quiere uno pensar en la muerte porque la sabe cierta
y generosa. Baja la mirada ante Alejandro y sigue
a paso rápido. No quiere chocar con esa piedra,
diciéndose que a él no le alcanzarán, no aún, esas ausencias.
Pero ahí están ya, echando raíces. Y uno no lo sabe,
y cree que está callado, pero se rebela. Y busca la sangre,
que llega calmándonos la sed de mundo y de la piedra
del puente, y el sombrero de ala ancha y el cigarro.
Todo se hace piel, y contra ella uno choca y se hace herida,
y callo y luego huella. Ahí nos escribimos tatuajes en la espalda,
con el nombre del sexo y del placer, y de la primera hembra,
para que no quede nada en la nada, porque ya se  conoce la pérdida.
Ella mira por el cristal de la cafetería, sonriendo, esperanzada
y él entra para penetrarla, hacerse hombre, usar sombrero,
fumar, ser reflejo de nubes, sombra de nombre,
gato desenfocado y reflejo de noche,
saltar el puente, besar la roca.
Queda en grises y negros, perdido el color del niño
en cada calle, marcada la silueta, estrecha, afilada,
cicatriz en los ojos de otros, caminando por callejones
y durmiendo en colchones de hotel, en cuyo techo bailan
duendes negros haciéndose ver árboles, moviéndose sus dedos sarmientos al viento.
Se cierran los ojos y aparece la niebla,
otra ausencia: ya no hay mar, no hay luz, ni tiempo,
ni fuerza. Ahí ya se sabe lo que es el olvido,
y uno no quiere. No. No quiere que le toque el olvido,
cantar la lección estéril,
sobrevivir a un hijo, ser el vecino del 7.
Empezamos a hacer listas: los amigos viejos vivos,
los amores, los nombres de nuestros hijos,
los libros que se han leído, todas las noches de sexo.
Y los días, los amantes, los fracasos, y las canciones de Bowie,
las horas robadas al sueño, los mil rituales obsesivos
para matar a los monstruos del miedo.
El espejo empieza a escucharnos con desprecio y al fin uno se hace ausencia
entre niños armados, entre yonquis pinchándose en tubos,
entre chabolas de oro y lino. Sólo quedan las manos viejas,
y vacías, y no quedan niños malos, ni maestros, que nos enseñen el resto.


(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)

Friday, December 29, 2017

Lazos



Lazos

Repaso las arrugas del rostro de mi padre:
todas tienen en común con las mías
el punto de origen
y el de destino.

(Por Álvaro Hernando, en La herida eterna)

Thursday, November 30, 2017

Treinta y nueve eclipses


Treinta y nueve eclipses

La mano sobre el pudor.

El pudor en la mortaja.

La mortaja detrás de la vida.

La vida sobre la ausencia.

La ausencia antes que el olvido.

El olvido ante el silencio. 

El silencio cuando el dolor.

El gemido tras el llanto.

La esperanza contra la fe.

La verdad desde el honor.

El honor sobre el veneno.

La víbora en una cuna. 

La cuna bajo el poder.

La voz de la madre muerta.

El pan junto con el hambre.

Tus pechos junto a mis labios.

Los versos bajo los números.

La puerta sin cerradura.

Los muertos tras la venganza.

La luz bajo un párpado muerto.

Camille tras el cincel de Rodin.

La lava que limpia el suelo.

El bostezo ante la ciencia.

Bach dentro de un violoncello.

La infancia sobre la arena.

El agua sucia de arena.

La sal de la sed para el agua.

La ceniza en el tiempo.

La palabra para el necio.

La mentira sobre el amigo.

El guiño del hombre tuerto.

Los amores sobre el fuego.

Las alas en el infierno.

La leche caliente en invierno.

La sangre sobre la nata.

La victoria del hombre muerto.

Las cometas en el cielo.

Una mano sobre la piel.

Tu nombre en un pensamiento.


(Treinta y nueve eclipses, por Álvaro Hernando-Freile. Inédito para la revista Contratiempo que formará parte del poemario Chicago Express).



Friday, November 17, 2017

Aun fuera

Aun fuera

Anduve de viaje entre tus constelaciones
entretenida la mirada y desgastado el tiempo,
hasta atraparlo, hasta atraparme, liberados,
amores sucios ¿con quién más puedo imaginarme?
Sí, atadas nuestras lenguas a un idioma suave.

Me acostumbro a la calle oxidada, en metal viejo,
llegada del invierno, con silencio solitario,
y camino en mi hábito buscándole a la luz sus huesos,
algo que cuente por qué no cae de ella tu recuerdo,
derretido, entre los labios, cada noche antes del sueño.

Dentro de mí crece un depredador inerte,
se dilata áspera la mano de una sombra fría
que siembra caléndulas entre espasmos,
que mata mirlos con imaginar que no vuelan
y los acalla restándoles la voz con un mordisco.

Las huellas de tus dientes se me marcan por el cuerpo,
insistiendo en que sin sangre no hay recuerdo,
y yo actúo como si nada ocurriera,
concordando la memoria y los olvidos,
como si la vida sin nosotros fuera buena.

(Álvaro Hernando, La Herida Eterna)

Friday, November 10, 2017

Romper el perdón

Hay que romper el vínculo entre tu recuerdo y mi deseo
desbrozar los huesos macilentos de hiedra y tierra roja
quebrar los carámbanos que brillan, tan bellos,
tan afilados.

Hay que lavar el pelo con miel y espuma de mar
arrancar las costras de esperanza hechas pan endurecido
para que los cuervos no puedan decir que ni somos dulces
ni salados.

Hay que responderle a uno mismo que no soy ni existo
olvidarse en lo cálido de entre tanta pregunta de luz y frío
aspirar a ser algo menos previsibles, ni dolientes,
ni dañados.

Thursday, November 9, 2017

La pequeña elegía

La pequeña elegía 


Ahora eres la madre.

Ahora eres el padre.

Y en tus manos queda el legado,
la sonrisa y la pena,
la moneda oxidada,
el papel con grafito,
la ropa sin dueño,
la costumbre evitada,

el honor y el dolor.

Ahora eres la patria de tus hijos
y tierra de tus padres. 

Son días de elegía y verbo,
de atarlo todo al recuerdo 
de rogar que no se acabe,
y, si se acaba, que esté.

Ahora eres la herida abierta, 
la celulosa en el corte, 
la explicación que sobra 
la sorpresa en el fuego.

Ahora eres la madre, 

                       el padre, 

                              el otro lado. 



(Álvaro Hernando, La Herida Eterna)

Para Ana Artiga.