Biografía (actualizada 2019)

Álvaro Hernando (Madrid, España, 1971) es maestro y licenciado en Antropología Social y Cultural (especializado en lingüística evolutiva y en los fenómenos de lenguas en contacto). Colabora como periodista en diferentes medios y, principalmente, dedica su tiempo a la docencia. Cuenta entre sus publicaciones con los poemarios Mantras para Bailar (2016) y Ex-Clavo (2018), Chicago Express (2019). También ha sido invitado a participar en publicaciones colegiadas, como la que rinde homenaje a Federico García Lorca, Poetas de Tierra y Luna. Homenaje a Federico García Lorca: Reedición de Poeta en Nueva York (2018). Ha participado en varias publicaciones colectivas de cuento, entre las que destaca el volumen Cuentos @ (2019), de Editorial Magma, Lenguas en Tránsito. Ha publicado poemas, ensayos, artículos y relatos en diferentes revistas de España y Estados Unidos. En la actualidad es delegado para EEUU de la revista de literatura especializada en Poesía Crátera, así como colaborador en distintos medios especializados dedicados a la literatura y a la docencia. En el año 2018 recibe el Premio Poesía en Abril, otorgado por la organización del Festival Internacional de Poesía de Chicago, donde vivió por varios años formando parte de la comunidad de escritores en español del Medio Oeste norteamericano. En la actualidad vive en Madrid, donde trabaja como asesor para el Ministerio de Educación y Formación Profesional.

martes, 10 de diciembre de 2019

Traducción de varios de mis poemas por parte de Miguel Ángel Real, publicados en la revista mexicana La Piraña

En el siguiente enlace puedes encontrar varios de mis poemas que ha traducido el poeta Miguel Ángel Real para la revista La Piraña.

Muy agradecido.

https://www.piranhamx.club/index.php/quienes-somos-2/le-piranha-transoceanique/item/960-alvaro-hernando-poemes-de-chicago-express-pandora-lobo-estepario-productions-chicago-2019?fbclid=IwAR17jJv9maOouyNfvEPBXvswGp4pQfsPpzDCuSpNJOnMxHmVB5R6OBvhZd4



ÁLVARO HERNANDO
Poèmes de “Chicago express”, Pandora Lobo Estepario Productions™ , Chicago 2019
Traduction par Miguel Ángel Real


Treinta y nueve eclipses

La mano sobre el pudor.
El pudor en la mortaja.
La mortaja detrás de la vida.
La vida sobre la ausencia.
La ausencia antes que el olvido.
El olvido ante el silencio.
El silencio cuando el dolor.
El gemido tras el llanto.
La esperanza contra la fe.
La verdad desde el honor.
El honor sobre el veneno.
La víbora en una cuna.
La cuna bajo el poder.
La voz de la madre muerta.
El pan junto con el hambre.
Tus pechos junto a mis labios.
Los versos bajo los números.
La puerta sin cerradura.
Los muertos tras la venganza.
La luz bajo un párpado muerto.
Camille tras el cincel de Rodin.
La lava que limpia el suelo.
El bostezo ante la ciencia.
Bach dentro de un violoncello.
La infancia sobre la arena.
El agua sucia de arena.
La sal de la sed para el agua.
La ceniza en el tiempo.
La palabra para el necio.
La mentira sobre el amigo.
El guiño del hombre tuerto.
Los amores sobre el fuego.
Las alas en el infierno.
La leche caliente en invierno.
La sangre sobre la nata.
La victoria del hombre muerto.
Las cometas en el cielo.
Una mano sobre la piel.
Tu nombre en un pensamiento.




Trente-neuf éclipses

La main sur la pudeur.
La pudeur dans le linceul.
Le linceul derrière la vie.
La vie sur l'absence.
L'absence plutôt que l'oubli.
L'oubli face au silence.
Le silence quand la douleur.
Le gémissement après les larmes.
L'espoir contre la foi.
La vérité depuis l'honneur.
L'honneur sur le poison.
La vipère dans un berceau.
Le berceau sous le pouvoir.
La voix de la mère morte.
Le pain avec la faim.
Tes seins près de mes lèvres.
Les vers sous les chiffres.
La porte sans serrure.
Les morts après la vengeance.
La lumière sous une paupière morte.
Camille derrière le ciseau de Rodin.
La lave qui nettoie le sol.
Le bâillement devant la science.
Bach dans un violoncelle.
L'enfance sur le sable.
Le sel de la soif pour l'eau.
La cendre dans le temps.
La parole pour l'idiot.
Le mensonge sur l'ami.
Le clin d’œil de l'homme borgne.
Les amours sur le feu.
Les ailes en enfer.
Le lait chaud en hiver.
Le sang sur la crème.
La victoire de l'homme mort.
Les comètes dans le ciel.
Une main sur la peau.
Ton nom dans une pensée.




Insomne

Ya no duermo.
Pienso en ti y en qué decirte.
Me cuento que todo esto es una esperanza,
un dolor unido al hueso en hilvanado flojo.
Practico la mirada, con ojos cerrados,
la cara de uno mirándose al espejo
en una oscuridad más densa.
No duermo. Todo desaparece con el dolor.
Cada contracción, cada espasmo
es una conversación a punto de acabar.
Me esmero en certificar las diligencias
que me exige el protocolo
antes de enfrentarme a ese fragor
en que se ha convertido nuestro cruce de miradas.
Te miento y te revuelves contra mí.
Pongo todo mi ejército en una sola línea
dándote la espalda y preparando la defensa.
Repaso el guion, voy a contarte.
Repaso tu papel en la escena,
y hasta el del apuntador.
Repito las oraciones del final,
pues no quiero olvidar el texto en mitad
de nuestra charla.
Tardas en atacar, pero cuando empiezas
allá vas, con tu arma inesperada:
apareces con café y me interrumpes con la taza,
que tiene esa manía de tomar mis labios
y embastarlos con la sangre negra que me regala
una excusa para no llamar al insomnio por tu nombre.



Insomniaque

Je ne dors plus.
Je pense à toi, à quoi te dire.
Je me raconte que tout ceci est un espoir,
une douleur reliée à l'os par une faible faufilure.
Je m'adonne au regard, les yeux fermés,
mon propre visage qui se regarde dans la glace
dans une obscurité plus dense.
Je ne dors pas. Tout disparaît avec la douleur.
Chaque contraction, chaque spasme
est une conversation presque terminée.
Je m'applique à certifier les démarches
que le protocole m'exige
avant de faire face au fracas
qu'est devenu l'échange de nos regards.
Je te mens et tu te retournes contre moi.
Je mets toute mon armée sur une seule ligne
en te tournant le dos pour préparer ma défense.
Je révise le scénario, je vais te raconter.
Je révise ton rôle sur scène,
et même celui du souffleur. Je répète les phrases finales
car je ne veux pas oublier le texte au milieu
de notre conversation.
Tu mets du temps à attaquer, mais quand tu commences
tu y vas, avec ton arme inattendue :
tu surgis avec un café et tu m'interromps avec la tasse,
qui a cette manie de prendre mes lèvres
et les bâter du sang noir qui m'offre
une excuse pour ne pas nommer l'insomnie par son nom.




Luces

Las luces son anuncio de la muerte,
de la oscuridad que esconden.
Los silencios anticipan al grito,
y la suciedad al agua pura.
Así funciona el nacer de una estrella,
dentro de un ojo que hoy es ciego,
pero mañana un color con forma de pregunta.



Lumières

Les lumières sont l'annonce de la mort,
de l'obscurité qu'ils cachent.
Les silences anticipent le cri,
et la saleté l'eau pure.
C'est ainsi que fonctionne la naissance d'une étoile,
dans un œil qui aujourd'hui est aveugle,
mais demain une couleur en forme de question.




Tristeza

Reposar las manos en un vientre frío
componer una sinfonía de silencio sobre una página en
blanco
en piel del árbol muerto,
y conformar una palabra nueva que explique el color negro
cuando todo alrededor es ruido de fuego
caricia de humo.
Empezar la frase por la condición,
enterrando a un palmo de la superficie
la constelación que rige las inecuaciones
que atan los sueños a los logros.
Da igual el resultado de la rima
pues siempre habrá que masticar sal.





Tristesse

Reposer les mains sur un ventre froid
composer une symphonie de silence sur une page
blanche
au pied de l'arbre mort,
et constituer un mot nouveau qui explique la couleur noire
quand tout autour est un bruit de feu
caresse de fumée.
Commencer la phrase par la condition,
en enterrant tout près de la surface
la constellation qui régit les inéquations
qui lient les rêves aux réussites.
Peu importe le résultat de la rime
car il faudra toujours mâcher du sel.





Calles perdidas

Mis palabras son calles
de direcciones cambiantes
enmarañados cruces
atestados parques.
Mis palabras son ciudad vieja
aldea humilde
pequeña plaza en una villa olvidada
y suerte de suburbano enhebrado en el alma.
Mis palabras son pocas,
hermanas de mis hermanos,
susurros para iniciados
y gritos para los ausentes.
Amo los laberintos del lenguaje
en los que transitamos
para encontrarnos
los que vivimos perdidos.


Rues perdues

Mes paroles sont des rues
aux adresses changeantes
des carrefours enchevêtrés
des parcs bondés.
Mes paroles sont une vieille ville
un humble hameau
une petite place dans une ville oubliée
et un quelconque train de banlieue enfilé dans l'âme.
Mes paroles sont rares,
sœurs de mes frères,
des murmures pour initiés
et des cris pour les absents.
J'aime les labyrinthes du langage
où nous circulons
pour nous retrouver
nous qui vivons perdus.
Visto 250 veces Modificado por última vez en Miércoles, 11 Diciembre 2019 04:57
Álvaro Hernando

(Madrid, España, 1971) es maestro y licenciado en Antropología Social y Cultural (especializado en lingüística evolutiva y en los fenómenos de lenguas en contacto). Colabora como periodista en diferentes medios y, principalmente, dedica su tiempo a la docencia. Cuenta entre sus publicaciones con los poemarios Mantras para Bailar (2016) y Ex-Clavo (2018), Chicago Express (2019) y fue uno de los 37 escritores seleccionados para rendir homenaje a Federico García Lorca con el libro Poetas de Tierra y Luna. Homenaje a Federico García Lorca: Reedición de Poeta en Nueva York (2018). Ha participado en varias publicaciones colectivas, entre las que destaca el volumen Cuentos @ (2019). Ha publicado poemas, ensayos, artículos y relatos en diferentes revistas de España y Estados Unidos. En la actualidad es delegado para EEUU de la revista de literatura especializada en Poesía Crátera, así como colaborador en distintos medios especializados dedicados a la literatura y a la docencia. En el año 2018 recibe el Premio Poesía en Abril, otorgado por la organización del Festival Internacional de Poesía de Chicago
Fotografía: Oriette d'Angelo

lunes, 9 de diciembre de 2019

Poema viejo, perteneciente a La herida eterna

Poema viejo

Cuando llegue el poema
que lo haga como el camino 
que viene de la era, con polvo 
y sol seco de verano 
marcado de alpargata. 

Que sea rezo solitario,
trazo dentro de una línea, 
rastro  de olor entre cedros
fuego antes del aceite  
relumbre debajo del agua. 

Que sea viento. 
Del que ya no grita, 
ni ensordece. 
Del que seca tripas
y hace, con otoños, puntos y aparte. 
Que sea viento presente.
Y que mañana, con el sol,
no sea olvido. 

Que sea cualquier cosa
menos silencio mediocre. 
Que sea,
al nacer, 
un poema viejo. 

(en La herida eterna, de Álvaro Hernando)

Foto del campanario de la iglesia de Daganzo, de Álvaro Hernando. 


lunes, 25 de noviembre de 2019

Manos llenas

Manos llenas

La voz también se siembra
sobre un suelo yermo,
con exceso de sed que grita escucha
y con cuervos que cantan sonidos afilados
anegando el huerto de salado olvido.

Y hoy es día de cosecha,
toca recoger el silencio de los muertos.

Y se llenan las iglesias y los libros
de creencias y de historias
como los graznidos de los cuervos:
negros y vacíos
y unos lo llaman salmo y otros ruido.

La voz también se siembra
en la fotografía antigua
con paisaje de cielo inmóvil
y con cuervos que beben luz
robándole el surco a las semillas.

Y hoy es día de cosecha,
toca recoger el silencio de los muertos
a manos llenas.

(En La Herida Eterna, Álvaro Hernando)

martes, 19 de noviembre de 2019

Desnudo

Hoy me he enfadado conmigo mismo. Intento recordar por qué, pero no lo recuerdo o no lo entiendo. Uno se engaña a sí mismo cuando lo requiere el guion propio. 
Iba a salir de casa, temprano, hacia el trabajo, pero no me ha dado la gana. 
Me he mirado al espejo y he visto a un tipo metido en la ropa que otros esperan ver en la oficina, sonando a lo que otros quieren oír, con pensamientos que otros esperan tener y con las ganas que otros quieren pillar. Joder, ¿quien soy?
Es como si fuera una expectativa ausente de mí. 
Tenía unas ganas terribles de llorar. 
He hecho lo que hubiera hecho cualquiera: me he desnudado y he salido a la calle. Ya no marco abdominales, no lo hago desde hace décadas, la verdad. Tampoco es que tenga una barriga exagerada, pero no tengo un cuerpo juvenil en absoluto. Mirándome al espejo me he visto cuerpo de asesino, de falsificador, de cuadro de Bouguereau, medio Capocchio, medio Schicchi. Me hubiera mordido en el cuello si hubiera podido. 
Pero no he podido, así que he salido desnudo hacia el trabajo. Desnudo y descalzo. 
El frío, golpeando en los riñones, me ha convencido de que debía caminar encorvado, como todos. Hacia la estación de tren de Fanjul he caminado sobre piedras puntiagudas, pero no me ha importado, porque al menos sabía que no iba pisando mierda. La mierda es blanda hasta cuando está seca, mancha siempre, no como la sangre, que se escurre entre los filos de la grava. La sangre es invisible, no como la mierda. Nadie ve la sangre, ni en las huellas. 
Tampoco ha sido mucho trecho. El tren está cerca de mi casa. He notado el aire al entrar en la estación, en la piel desnuda. Y he corrido, escaleras abajo, hasta el andén, porque sé que esa corriente la provoca el tren cuando entra en la estación. Es un túnel por el que el tren empuja el aire caliente hacia los andenes, y de allí, por puro instinto, el viento busca la calle. Es un aire cálido y oloroso. Denso. Se huele con las manos, con la lengua, con los ojos. Y he corrido, porque sabía que venía el tren y no quería perderlo. 
He bajado los escalones, desnudo, desparramando las canas que cubren mi sexo, sin pudor, entre gente vestida que corría igual que yo, pero más lento. 
He pisado a una mujer vieja, pero no ha protestado. Ha seguido corriendo, como esos muñecos cutres de hojalata que dan pasos cortos y esperpénticos. Todos hemos dado cuerda a un juguete de estos sabiendo que iba a pararse o a caerse, en esa ridícula carrera de señora vieja tratando de coger el tren sin que un hombre desnudo con cuerpo de asesino le pise. Y nos quedábamos embobados mirando cómo el mecanismo no fallaba, igual que nos quedábamos mirando al pez que se ahogaba fuera del agua. Pues así corría la señora y así la mirábamos todos. Un chaval de menos de veinte corría más que los demás, ha llegado el último, tras la señora. Ya en el vagón la vieja se ha muerto y yo he encontrado dónde sentarme. No sabía que la tapicería del tren era así de áspera. Da igual. Aluche, Laguna, Embajadores, Atocha y Méndez Álvaro. A nadie le ha importado que yo fuera desnudo. Nadie mira a nadie ya. 
Hemos corrido todos, como peces formando un banco, siguiendo una corriente invisible, hasta atascar la escalera mecánica, cerrándole el paso a la prisa y a la lógica, esquivando lugares desconocidos, como la amabilidad o la paciencia. Así hemos pasado tornos, como esas canicas que caen por los laberintos de madera, o las monedas por las cataratas tragaperras, atolondrados todos por la inercia y la gravedad. Nos hemos apretado tanto que he notado un bolso clavándoseme en el costado. Un bolso de mujer muerta en brazos de nieta hortera. Joder, el bolso tenía refuerzos de metal frío en las costuras. Vestido ya hubiera sido molesto, pero el hierro helado en las costillas me ha hecho dar un respingo al pasar el torno y me he golpeado la rodilla. Y a nadie le ha importado. A mí tampoco. He seguido, dentro de ese gusano que somos las personas haciendo transbordos a hora punta. He sido un anillo más del gusano hasta llegar al metro, línea circular, dirección Manuel Becerra. El andén lleno. Operarios del metro con chalecos reflectantes, muy serios, como policías de los de antes. Hemos esperado tres trenes hasta poder entrar en un vagón. Cada vez que un tren se llenaba, los del chaleco recorrían el andén, muy pegados a los coches, ordenándonos quedar detrás de la línea amarilla. Un chaval de unos quince no ha hecho caso y el vagón le ha raspado la frente al arrancar. Sus amigos, de unos quince, se han reído. Creo que uno le ha escupido. Llegó el tercer tren. De pequeño pensaba que el tren de verdad era el metro, pero no. El tren de verdad es el cercanías, o el Talgo, o, a veces, el AVE. El del metro es un tren escuálido. Mi amigo Simón se tiró a la vía del metro. No le pasó nada. Le sacaron a hostias los de seguridad. Mi amigo Simón tuvo impulsos de saltar a la vía del cercanías en Vicálvaro. No lo hizo. Tuvo una visión. Se vio en unos años, conduciendo un Saab, escuchando la SER en el atasco, con plaza de funcionario anarquista, casado con una mujer de bien de las que viste con bolso de piel. Se vio con tres hijos, con perro adoptado, viendo el fútbol con su suegro, afeitado, sin olor. No lo hizo, no saltó, pero la simple idea le arrancó la cabeza. Llegó el tercer tren, el del metro. La vieja entró antes que yo. ¡Pero sí había muerto en el cercanías! Igual no era una vieja. Quizá era la niña hortera con bolso de otra época. Hemos entrado empujándonos, aprisionándonos. He notado el menosprecio de uno que vestía un traje negro. Todo el mundo espera de él que vista un traje negro y menosprecie, porque sí. Me ha dado igual. Yo iba desnudo con el vagón a reventar. Me he apoyado con las dos manos en el techo. Un cabrón llevaba una mochila puesta. Sí, un cabrón. Hay que ser cabrón para ir en un vagón lleno, a tope, hora punta, y no quitarse la mochila. Al que le toque tras él va jodido. La gente que iba sentada miraba el móvil con los ojos en blanco, o cerrados, fingiendo ir dormidos, pero con el móvil. Un juncal de piernas meciéndose al son de las frenadas, las curvas, las aceleradas. Y yo desnudo. Y el del traje negro despreciando a todos. Así hasta Manuel Becerra. Y cuando las puertas se han abierto hemos salido muchos, hacia las escaleras de subida, y el gusano se ha hecho cera nada más tocar los peldaños. Nos hemos puesto unos junto a otros, nadie en fila, muy rápido, muy en paralelo. Y en cuanto hemos ocupado todo el ancho de los escalones, ralentizados, a cámara lenta, como adormilados, un gusano nuevo de gente que bajaba en sentido contrario se ha hecho raíz, deslizándose rápidamente en estrías por los huecos que dejábamos, de nuevo como monedas cayendo por las cincuenta posibilidades de una máquina tragaperras. Todos sabíamos que iban a perder el tren y no sentíamos culpa. 
Son tres tramos de escaleras hasta la calle. Largos. Yo siempre subo caminando porque me gusta llegar el primero, llegar antes, sin oxígeno, porque sí, antes con antes. 
Al acabar las escaleras el pecho arde. Si yo tengo calor, que voy desnudo, ¡cómo estará el del traje negro! Como todos leen mi pensamiento, todos ríen. Nos consuela saber que estará sudando. No. No es consuelo. Es placer. Nos da placer que esté más jodido que nosotros. 
Salir del metro en Manuel Becerra es volver a la niñez. Casi me da vergüenza salir desnudo. De pequeño era muy vergonzoso. No me gustaba que me miraran, pero quería que me miraran. Hoy, que iba desnudo, no me importaba que me miraran, pero no quería que me miraran. Es igual, irrelevante, porque nadie me miraba. 
Allí fui corriendo hasta la parada del 53. Hay que correr para hacer cola. Hay gente que no corre, que camina y, cuando llega, se queda al comienzo de la parada y, si nadie dice nada, se cuela en el autobús. Paran seis autobuses diferentes en esa parada. Esa gente, por colarse, es capaz de coger un autobús diferente al que necesitan para llegar a donde sea que vayan. Siempre hay alguien fumando. Hoy, que voy desnudo, le he dicho a un tío joven, con barba, que se fuera a fumar a otro lado. Me ha intentado responder, plantarme cara, porque no estaba fumando, pero a mí me ha dado igual y le he obligado a dejar la fila. Le he ladrado, le he gruñido, le he arañado la cara con las uñas y le he pateado con mis pies envueltos en sangre seca. Me miraba desconcertado. Pero se ha tragado el miedo y se ha ido hasta la fachada del edificio en la que se apoyan los que fuman. No ha regresado hasta que el humo se ha disipado por completo. A su regreso le he abrazado y nos hemos besado. ¡Nos alegramos tanto de vernos tras tanto tiempo separados! 
Ha llegado el 53 y hemos subido cuatro personas. Uno que no ha corrido, que ha llegado caminando, ha mirado al cielo y, escupiendo, se ha saltado la cola. En cuanto he subido al autobús he dado los buenos días al conductor y le he pedido a una embarazada que le cediera el asiento al que se había colado. Sonriendo le ha dejado sentarse. Yo he puesto mi barriga contra la barriga de la embarazada y me he alegrado de ir desnudo, porque he notado los movimientos del feto. Al principio eran espasmos sueltos, como si al de dentro le dieran calambres. Pero luego he notado toda la intención en sus toques. Me empujaba la barriga. Notaba la forma de un pie sobresaliendo, tensando la tripa de la preñada, a separándome de su madre. Ella me miraba y sonreía. Y yo allí desnudo, sintiéndome afortunado. De haber vestido eso que todos esperan, no habría notado jamás aquella huella. La embarazada me ha invitado a poner la oreja y he escuchado al feto. Me ha hablado, sí, a mí. Me ha dicho “¿Has visto qie somos los únicos aquí que vamos desnudos?” Y yo he sonreído. Y me ha dicho luego que él era mi amigo Simón y que no piensa volver a viajar en metro. 
Llegando a Ventas un hombre ha sido amable con otro. 
En Torrelaguna me he bajado del autobús y he entrado en el edificio de mi trabajo. Los de seguridad, allí sentados, esperan que yo les diga “¡Buenos días!”, muy alegre, o agitado, o jodido. He pasado de largo. Uno ha salido gritando y me ha dicho que la próxima que pase delante de ellos debo saludar, que la seguridad es más importante que la libertad. 
Yo he fingido que le escuchaba, pero en realidad pensaba en Simón. 
He llamado al ascensor y, cuando llegaba, ha llegado mi amiga Yolanda. Me ha explicado que google tiene nuestros datos y que la Big Data China nos invade silenciosamente. 
Y a mí ya me da lo mismo todo.
Porque estoy muy cansado. Porque hoy había elegido ir desnudo entre tanto traje innecesario. Porque hoy he aprendido que hay a quien IMPERTÉRRITO le parece una palabra bella. 

Yo prefiero llorar desnudo. Quien me conoce, lo sabe. 

jueves, 14 de noviembre de 2019

El puente y la sal

Miro mis pies descalzos.

Mientras todo
se asemeja a un puente con forma de cisne
que reposa tranquilo sobre la sal
de un mar antiguo que hace mucho yace con los hombres muertos.

Es un todo elegante que no se hunde
y nos hace pensar que el mar sigue ahí
cantando varias canciones de cuna
en las que el cisne se mece y acicala
sustraído a la gravedad y al cieno
esperando la hora de dormir
y de despertar.

Todos miramos el puente
y no osamos cruzar el lecho salino y seco
por temor a olvidar el agua.

Por temor a mojarnos los pies en el recuerdo del agua.

jueves, 3 de octubre de 2019

Miedo

Miedo

Y llegó el día en el que no escuchamos más pasos.

Entonces nos miramos unos a otros, escondidos bajo la cama
y nos vimos las caras de niños asustados.

Pero no éramos niños,
ni estábamos bajo la cama,
ni estábamos asustados.

Y decidimos caminar,
para hacer ruido con nuestros pasos.


(Álvaro Hernando, La Herida Eterna)

martes, 10 de septiembre de 2019

Mi inestable pedazo de universo

Mi inestable pedazo de universo

En mi pedazo de universo hay pan mojado en vino
y moretones en las pantorrillas
y tiempo, mucho tiempo sentado en las escaleras del parque
entre cáscaras de pipa.
En mi pedazo de universo hay mucha espera
hasta que la chica rubia de rizos aparece
con uno de esos novios mayores,
con moto y camisa a raya ancha.
En mi universo de aquella época no cupieron besos
pero, gracias a Stephen Hawkins,
la expansión ha sido incesante.

El Big Bang sirve a los intereses
de los amores
de una vida.