Monday, November 28, 2016

Muchacho muerto



Muchacho muerto


Y cada día te espero, mostrándote el rostro de mis manos

cubiertas de vacío y de sarmientos grises;
secas, secas, secas
plenas de recuerdo de madre.

Hay dolor en mi pecho de loba

atravesado por los clavos que nacieron oxidados.
Puntas, agujas leyendo el surco de la vida, 
haciendo sonar el delicado y ronco disco de pizarra.

Son melodías de niño, canciones de cuna

himnos de joven que busca ser hombre, 
salvas, salvas, salvas,
ensordecedoras del silencio roto.

La soledad, cuando nos llegue, 

será porque quiera oír nuestra historia,
ver nuestra luz y alimentarse del fuego sagrado
que mi vientre liberó más allá de mi tiempo.

Triste luz, la que no quema, exenta de llama,

ni grita al corazón de las naciones en guerra,
sordas, sordas, sordas,
al dolor de la ausencia del abrazo.

El hijo ausente regresa cada noche al vientre de la madre.



(Álvaro Hernando, Muchacho muerto, en La Herida Eterna.)

Mi piel fría

Mi piel fría.

Mi piel brilla, y albar se pliega 
sobre el espejo cóncavo y convexo, 
tu sexo, a salvo del reloj roto
y del recuerdo del hijo muerto. 
Y todo se anuda a un recuerdo, 
la sábana y otra piel, mirlo desplumado 
en abrazo desnudo, el cuervo muerto. 
¡Qué fría mi piel, suave! ¡Y
qué difícil no ser piedra! Poco a poco,
alejada de la hoguera, del grito del fuego.
Piedra suspendida en hielo, abrazada
por un silencio que no roza suelo.
Mis pies tocan la sombra por la piel. 
Voy a ser fría piel, sabor de cande
bajo el vestido, sobre tu cuerpo.
Piel relajada y suave 
se rasga el encáustico velo, 
ondea a la tormenta del tiempo. 

(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)