Saturday, October 28, 2017

El eclipse del tiempo

El Eclipse del tiempo.


En cada boca veo un panal y un avispero
que vierte toda la miel roja por los bordes.
En cada ruido se me hace la vida presente continuo,
haciendo cara oculta de la plata en fuga del pasado.
A veces a la luna le da por hacer la magia
y cierra bocas con labios, toma mieles con bocas,
endulza los tiempos sin soles, sin prisas,
y mata el tiempo.

En cada boca bella veo un astro incandescente
en el que uno puede provocar su propio eclipse.
¿Recuerdas la voz de tu madre? Era el mismo Sol
al despertarte:
“¡Arriba! Arriba, pequeño. Despertaste”
Y beso. Y nada importaba. 
Eso era un eclipse de noche. Toda oscuridad cesaba.

En cada mano recia está el recuerdo de aquellos dolores primeros
en los que uno notaba la hiel del mundo concentrada en un instante, 
en los rotos de un pantalón nuevo, en su piel, en la rodilla,
sobre el suelo. 
¿Recuerdas la voz de tu padre? Era el astro Rey
al levantarte:
“¡Arriba! Arriba, pequeño. Te caíste.”
Y caricia. Y nada importaba.
Eso era el eclipse de sangre. Todo dolor marchaba.

En cada boca veo un breve discurso impronunciado,
una ralea de silencios de los que se nutre una ausencia,
ocultos los significantes, tan brillantes, por los significados muertos.
¡Habla! Grita sus nombres: ¡Padre! ¡Madre!

¡Padre! ¡Madre!

En la noche pasada veo a mi madre, a mi padre,
y veo su tiempo acabando, acabado, ido, yermo.
Veo el intento del tiempo por eclipsar su recuerdo
y descubro que no hay luna inmensa de sangre, 
que pueda ocultar ni sus caricias, ni sus besos. 

Hay veces en las que todo queda quieto
y la Luna decide matar al Sol, acabarlo.
Por ese pequeño instante la luna no eclipsa al Sol, 
sino al tiempo.
Y ahí aparece la madre. Y el padre. 
Ahí recuerdas la cuna, el olor, el grito
y quedas atado al momento, a ése, no a otro, a aquél.

¡Arriba! Arriba, pequeño. El eclipse ya ha muerto. 


(Álvaro Hernando-Freile, poema inédito del poemario “La Herida Eterna”)