Monday, May 15, 2017

El nombre de la vida

El nombre de la vida.

Hay que llamar a la vida de otra forma, la que sea.

Llamémosla casi camino, pendiente irrenunciable,
sin ida, ni advertencia, ni vuelta en el nombre.
Sin dramas. Sin excesiva alegría. Sin esperas.
Usemos un nombre roto que cada uno arregle,
como un relojero ciego y experimentado;

un nombre que se nos quede en la punta de la lengua.
El vocativo entre los dientes, que brille, veneno
en el que reconocer las señales manchadas
que nos lleven de vuelta al hogar,
algo que nos ate a una memoria sin raíz.

Hay que llamar a la vida de una forma visual

como 'bucle imprevisto' en mitad de línea recta,
o peldaño roto en la oscuridad de la bodega,
o apellido tatuado sobre la piel albina.
Hagamos que el nombre valga menos que la piel
y el miedo sea reclamo de más lluvia, más tormenta,
que sea frontera entre la vulva y nuestra patria seca.

Hay que volver a los versos de tu boca y a la galerna,
y a las noches de matar el silencio a redoble de gota;
y follar, follarnos hasta el amor, en el coche,
ocultándonos tras la cortina de truenos y cubrirnos,
tras el coito, de papel y ropa retorcida y húmeda.

Y hay que volver de los versos a las manos.
Hay que volver a hacer llover piedra y fuego,
del que ya sabes, del que congela y se alimenta
de razón lógica, aburrida y cotidiana. Hay vida.
Hay que buscarle un nombre nuevo a todo esto.

Hay que buscarle un nombre absurdo
lleno de contradicciones y despedidas apuradas,
de dolores de cuello y de caractéres oblícuos,
difíciles de reconocer, imposibles de determinar
que hagan eco ébrio, tuerto, regusto a vómito.

Hay que llamar a la vida sepulcro, caja, gusanos.
Hay que llamar a la vida muerte
sin nostalgias ni quejidos de ausencia.
Hay que perder el tiempo justo
en ponerle nombre: levedad.

(Álvaro Hernando, en La Herida Eterna)