Tuesday, November 8, 2016

No daña el que quiere, sino quien puede

No daña quien quiere, sino quien puede, es una de esas frases que me han acompañado intermitentemente durante algunos momentos de la vida. Suele asomar su presencia en boca de alguien cercano, preocupado por algún episodio en el que me haya encontrado, dolorido, perplejo por el desprecio o el rechazo de otra persona a la que de alguna manera admiraba. Son esos momentos en los que la decepción toma en nosotros la forma de un pequeño e intenso incendio interior. Es una frase casi atmosférica, no daña quien quiere, sino quien puede, que lo envuelve todo de esos pequeños caos en los que nos falta el oxígeno y en los que algo en nuestro interior arde con dignidad.
Es una frase densa, pesada, que no flota en nuestro cosmos ni cae justo en el momento del incendio, a modo de agradecida lluvia que apague la llama en el bosque, y que, por contra, nos suele llegar, ambivalente, como un manto pesado que queda colocado sobre nuestros hombros y no abriga demasiado. Ni siquiera transpira.
A primera vista es una especie de lamento por el otro, aquél que nos hizo sentir mal, como una suerte de epitafio a su memoria. Esto es lo que queremos creer, pero, ¿es cierto?
La frase nos llega como un arpón. Quien nos la dice nos atraviesa con el calambre de la clarividencia, haciéndonos ver que alguien, a quien sentimos cerca, no debería de pertenecer a nuestro mundo íntimo. Uno se siente iluminado y pescado a la vez con sólo escucharla en labios de un confidente. 
Nos aconsejan aprender: aléjate de quien te dañe, incluyendo a aquellos que confunden la sinceridad con la soberbia. Yo no sé reconocer a esos quienes, probablemente porque me dejo deslumbrar por cosas absurdas, como el éxito, la inteligencia, o la belleza. Espero que tú, que lees esto y que seguro sabrías decirme con la mayor de las enterezas que “no daña quien quiere, sino quien puede”, tengas la visión y la honestidad que a mí me faltan. 
Yo, por mi parte, seguiré cometiendo los mismos errores. 
Hay cierta musicalidad hipnótica en estas palabras sentenciosas. Me siento irremediablemente atraído por los cantos de sirena. Creo que me quedo en el lugar en el que continúa el baile, a riesgo de que por fin el fuego termine por apagarse. 
Por favor, traicionadme entonces con severa dulzura. Poneos en disposición de poder dañarme.