Tuesday, May 17, 2016

Doce estrellas de Lesbos

Doce estrellas de Lesbos

Lo veo,
en la infinita mancha que deja la luz
en el eco reverberante que el latido contagia a otro latido
y en la ondulada belleza del fractal marino.
En todo ello lo veo:
el destello de la muerte sin sangre.

Veo al padre atado al hijo en un abrazo,
afecto congelado en miedo,
que envuelve en corazón sin lágrima
marchitos los dedos, entumecidos los besos,
por la noche marina, caverna de Europa,
besos arrugados, así dos troncos de olivo en salmuera,
flotantes, pasto del fuego de la sal y del hielo de la brótola.

Cuando los corazones dejen de ser, uno para el otro, eco y abrazo
entonces, sin mareas que prevengan, ni gritos oídos a lo lejos
desaparecerán las luces que creíamos eternas
estas que cada cresta de ola cabalgaban
estas que en nuestras estrellas orgullosas, titilantes,
nos organizaban ese vacío universo
componiendo doce añicos mentirosos
que sólo eran visibles, arrogantes,
por ser espejo de una luz hecha de un padre y un hijo
que se apaga poco a poco en el recuerdo;
luz condenada a unas profundidades
a las que no llega el fulgor de estrella
ni de bóveda lunática iluminada
ni de roca ardiente celeste
ni aún menos compasión,
ni nombre,
pues es el lugar donde enraíza el olvido.

Dicen los profetas que las doce estrellas
con su luz y desde entonces
guían nuestro destino
como raza, ciega, en continuo lamento por el abrazo perdido
hacia un abismo sin luz
ni honor
justicia
ni futuro.

Y yo les creo, y lloro cobarde.

(A los muertos de Lesbos. Álvaro Hernando, 2016)