Monday, May 2, 2016

Cardinales

Pienso en los cardinales, cuando me apartan sus huellas, del verdugo, la mirada de mi vida; pienso en cardinales. Y a cada insulto me veo negro y me duelo, y me espero en la próxima respiración,  en mi pequeño pecho rojo. Me insultan y con ira tapian la ventana, con ira y odio aséptico y descarnado, y ya no entran ruidos de fuera. Y los oídos queman. Y pienso en los cardinales. Uno, dos, diez, cien y uno, vuelta a empezar. Uno, dos, cinco, petirrojo, vuela a empezar. Son los momentos en que la respiración se esconde en ese agua sucia, cuando me tratan de ahogar a todos los cardinales que vuelan, pecho rojo, dentro de mis amores, con la runa minúscula de la memoria en el pico. Yo no me voy a acabar en esos petirrojos muertos, ni en esa presión sobre mi cuello. No me apagaré en tus manos, estrangulándome el tiempo, cortándome la piel por el miedo, quemándome los cuentos a golpes. Me apagaré cuando nadie se fije en un cardinal, en el petirrojo de ojos brillantes, cuando al final se confunda con los grises y se olviden hasta los verdugos los colores. Esto puede pasar, pero no será hoy, ni en esta celda, ni en este golpe, en esta tortura, ni en esta muerte.


Los puntos cardinales de la tortura

Álvaro Hernando