Sunday, July 26, 2015

Morder sin culpa

Morder sin culpa

Anduve fijándome en la luna,
en esa plateada cuna que de espejo refleja
besos aturdidos, solitarios,
en la que lo único que hay orientado
es mi mirada, y tu mirada.

Todo lo demás fue locura y distancia.
Mi camino se desciñó a las estrellas,
navegó  por las gotas, esparcidas por tu piel,
por mapas con deseos y ausencias trazados,
deambulado con los ojos, siempre con los ojos,
a pasitos de bailarina, como ligeros
pinceles de refinada ilustradora
que repasa una y otra vez con impalpable tinta
esa obra, que es la ralentizada caricia,
en filigrana por eterno inacabada.

Descubrí entonces esa emboscada dulce
ese acariciar la seda deseada,
ese correr tras de los autos y las bicicletas
ladrándoles lo mucho que me alteran
y un mirar su huída como mi triunfo.

Vi ya tu sombra hacerse pequeña
acunada tu sonrisa en el cabrilleo de tu estanque
en la diáfana oscuridad de nuestras noches,
toda tú entera envuelta en diamantes minúsculos de cristal
que a la carrera se perdían, persiguiendo tus escalofríos.
Esas pequeñas gotas, a punto de estallar
contienen el eco de los besos nunca dados
hilados en una coreografía perfecta
entreverados los pasos, repiqueteado ritmo,
retumbando en mi mente de cachorro impaciente.

Y ese pequeño beato que hay en mí te regaló sus preces
en un imperecedero instante de absoluta fe en tus ojos.
Y me permití morder la luna,
acariciando mis labios secos tu piel de plata,
dejé que tu sabor eterno se fundiera en nuestros paladares.