Monday, June 15, 2015

III

Diente de León:

No recuerdo, borroso, aquel paisaje. 

Sí te recuerdo, sentada tu presencia, mirándolo.
Mirándonos.
Mirándote.
Se hacen de mil de tus perfiles mis lugares, 
recortados por buscarte las miradas, 
construidos de caricias los viajes
números de azar marcándonos a hielo
en el corazón de fuego nuestro rumbo
rumbo de vida sin ambages 
por imanes mi brújula embrujada
conducido mi camino junto al tuyo
reducida mi visión a tus hazales.
Diente de león.  Nunca sabes dónde te encontrará el anochecer.
El momento de marchar puede regalarte el beso del adiós o la hiel de la soledad. 
Primaveras compulsivas que arrastran despedidas, 
como dientes de león, 
las maneras de decir adiós 
desperdigadas en miles de bellos recuerdos 
que un día conformaron esa esfera casi perfecta
que fue tu estar junto a mí,
viendo el viento pasar
esperando la marcha de la que germina la vida
siempre sagrada y plena de placer.
Hasta de tu vuelo te reconozco
recortadas tus formas en la penumbra
que aprendí a viajar
sin miedo ni prisas por tocar el suelo 
con la punta de mis pies.
Cada uno de los paisajes que he visto ha sido por recortarte la figura
a contraluz.
Diente de león.
Qué hermosas las vistas que me ocultas
qué feliz perderme en tu oscura presencia
cálida
efímera
diente de leon a punto de liberarse al paso del tren de viento.
La belleza mira al sol, 
y queda reflejada en lo más oscuro
devorado por el contorno.
Me gusta verte, contra el sol,
definiendo mis paisajes 
y haciendo de ellos sangre 
y media sonrisa apuntando al norte.   
Mi diente de león.