Monday, November 24, 2014

Sorbos de vida.

Sorbos de vida.

Siempre seremos poetas, amigo... Siempre. Aunque la gente quede ciega al leerte a ti y despierte al leerme a mí. En ambos casos nos reiremos del absurdo y nos aullaremos a la cara, desgarrándonos las ganas de estar tranquilos. Los pedantes nos dan risa ¿recuerdas? 
Y los divos, las divas, los puteros, los formales, los indiferentes, los ingratos, las famosas escritoras sin más futuro que echar de menos un pasado. Nos contarán sus historias los que follan poco y los que lo hacen mucho. Y brindaremos con sangre amarilla y vida roja. Fumaremos esa mierda que te comió por dentro y de nuevo discutiremos y te echaré de casa, y te regalaré la misma Divina Comedia sacada del sótano de San Pedro del Vaticano. Y seguiremos pensando cómo hacer las cosas para no matar mientras vivimos. No matar ilusiones ni amores. No matar ni siquiera a un hijo de puta, que también nos inspiran compasión. Y seguiremos riéndonos de lo ridículo de aguantar la risa cuando todo el mundo está serio, de aguantar los versos nacientes cuando la poesía muere en boca de otros , de aguantar la respiración cuando sobra el puto aire. Nos reiremos como sólo los mercenarios pueden reírse. Somos eso, ya sólo nos queda eso, montón de ceniza al viento de mi recuerdo y de tu recuerdo. Somos reemplazo y vida. Somos la ausencia que otros buscan en sus recuerdos y nosotros en los momentos. MoMeNto, AhOra, yA. Joder. ¿Por qué tienes la manía de morirte cuando seguimos pariendo cada día? Estás pensando en volver, lo noto. Pero no será a la misma casa que yo. El tejo te dijo que no habría más derrota. El suelo y la arena te esquivan y yo cada vez soy más parte del aire que contamina la respiración del mundo entero. Soy suciedad, polución, semen, saliva con sangre, sudor de pobre. Estoy cada vez en más lugares, como tú pensabas. Soy universal. Pero no puedo evitar echar la vista a otros tiempos en los que nos inventábamos que no nos dolía nada, nos sentábamos a leer entre turistas despistados, a escribir entre escritores verdaderamente malos y consagrados, y entre putas, por qué no decirlo, en hombre y mujer hemos escrito y a fuego. Maldita sea la gente que no valora cada segundo de amor. Maldita la gente que se folla a la belleza en vez de beberla, vivirla, sentirla dentro en vez de abrirla y vaciarla. Malditos todos, los payasos malos que hacen llorar, y los que nos dijeron que por qué no publicábamos y los que nos contaban como dioses porque sabíamos juntar letras y sustituirlas por sus miedos, esperanzas y mierdas en general. También por sus amores, que éramos tú y yo muy especiales para poder castrar tus éxitos y lucir mis fracasos con pechos veinteañeros y hasta belleza y madurez reinventada de fetiches. Cuántos momentos se te perdieron con palabras, leyéndole a una mujer empapada en sí misma tus versos o los míos. Qué ganas de acabarlos ahí. Realmente echo de menos tu locura. Tus desvaríos sin medida. Eras el único que me aguantaba el tipo, porque no te importaba desbrozarte para volver a emerger verde, florido y borracho como yo. Nos faltó golpearnos para ser dos hermanos. Nos buscaremos como recuerdos. No recuerdo. No sé. ¿Existo? Estoy tan muerto como tú o simplemente sigo observando, como tú decías, agazapado en la barriga del dragón, afilando mi puñal para desollarlo desde su mismo jodido corazón de diamante. Tengo ganas de ver cómo las cosas cambian de nuevo. Me gusta ver el eterno cambio idéntico reproducirse en bellos ciclos de rima sin rima, sólo en ritmo. Se me hace serio y necesario hasta el morirme de risa. Ríe, cabrón. Ríete conmigo, como hemos hecho siempre, antes y después de odiarnos amándonos.