Saturday, September 20, 2014

Los labios del mar en tu espalda.

Labios del mar en tu espalda.
(Álvaro Hernando)


Deja que tu vida empape,
que se enhebren en hileras 
tus palabras, desfiladas
como por en mi ser deseo;
que en mi piel resuenen cuentos
que tu piel sonora cuenta  
sin lógica, ni motivo, 
que se sirva obedecer. 
Simplemente que me cuente, 
como me dice la mar, 
en esa espuma rompiendo
en agua contra la roca,
eterna y efímera al tiempo,
anunciándome otra ola.
Y que me diga en susurros, 
esa peca tus secretos, tus miradas...
que los silencios descansen 
en mi oírte tus palabras.
Que nos viva el día entero,
que nos meza la marea,
que la noche se nos duerma 
acurrucada entre los pies.
Deja que el miedo se abrigue 
de esperanza que caliente
brisa que el tiempo toque, 
que sacie la sed eterna
con más paciencia infinita,
en vientos al beber tus labios, 
que mágicamente conviertan
las piedras que la vida lanza
en palabras preciosas que fluyan,
encantadas, deliciosas,
de tu vida por mi ser.
Deja que la vida inunde 
y la luz nos cuente todo, 
y que en color nos resuene,
en un brindis, breve, eterno:
Que la emoción aún te espere 
en el andén habitado,
abierto el vagón del viajero
que siempre te fue reservado.
Deja que el traqueteo, 
a ritmo y golpete timbrado,
te hable la admiración,
te ensanche el texto cantado, 
y el corazón insaciable 
se te dé por alimentado...
navegando entre llanuras 
de agua, encanto de gotas,
fluyendo con la corriente, 
o contra ella, es igual,
navegándote a todo trapo,
avanzándote en la tormenta 
en nuestro caballo alado.
Rosa de papel.
Embarcación sagrada.
Palabras insumergibles.
Símbolos de eternidad.
Las palabras, se me cuelan,
como semillas tercas, 
aferradas, al sentir,
que germinan en los posos 
de la hiel y olvido ciego
para sernos después luz, 
amor, sernos luz. 
No dar puntadas estériles, 
mas bordar en vivir, en ser.
Deja tejerse esta historia.
Costuras, de palabras retales, 
uniendo vérsenos y estar,
atándosenos pasos y besos 
en un racimo, inquebrantable, 
eterno.
Aferrándosenos los versos mansos 
en un silabeo al tacto, roces tersos
en ritmo profundo, lindo y raso,
capaz de cerrar un abismo,
como de la agua al sediento.
Deja que expiren sus plazos,
que cuaje en poema infinito
de ritmo y de vida repleto
y albergado en nuestros ritos
alejado de los cienos.
Deja que ese precipicio 
entre el tener y el querer 
se conforme en un recuerdo
vago, lejano, estéril, 
alejado de tristezas 
anudado entre momentos
de felicidad repletos.
Deja que las letras amasen,
amalgamen, sellen,
aplaquen grietas y fisuras.
Que nos sanen, que nos roben 
desconsuelos y amarguras.
Que quede asido a nuestra alma
el deseo de ser felices,
la certeza de soñar despiertos,
el amar entre suerte y sangre
el regresar a Itaca,
el recibir a Ulises.
Deja que sea sólo una, 
con su sombra compartida,
con su luz digerida, 
reformada y emprendida,
la tristeza ya pasada.
Es un viaje por mar, de vida picada 
alma bella, ambición.
Es todo y es nada.
Es propósito en el débito, 
y es una ola encrespada.
Deja nuestra travesía al rumbo,
contado por saltos de mar,
por las palabras lanzadas al cielo...
en gritos emocionados,
en vidas acumuladas
en instantes de fe y de sal.
Deja el rumbo marcado
por un timón rebelado,
tensado, pero sin cuerdas, 
esclavo del puro azar.
Cada verso, palabra dada, 
cada palabra un cantar,
un salto al vacío, un vuelo,
un paso menos por dar.
Cada parpadeo un mundo,
cada mundo intenso amar.
Deja que nos moje la vida, 
nos resfríe y se condense
en ese vapor, ardiente
y en vestido importuno,
desnudo el corazón, transparente
tatuado en matices bellos
en claroscuros reflejos,
en bellos errores grabados
en vitales cicatrices:
borradores y requiebros, bosquejos.
Deja que nos aten versos
como a los metales viejos
les ata a su edad su herrumbre;
lucen que un día fueron, llenos, 
de enormes brillos bastardos, fríos,
y que ahora se aprendieron 
a tornar del tiempo fidos,
de su edad, soldurios, oxidados,
de agua y edad heridos,
por el olvido engendrados.
Deja que lo nuestro ensucie,
que se vea, que sepa 
y que huela.
Que las tildes nos den rimas
que los acentos nos latan.
Sin más que las mareas fluyan,
que nos alcancen las aguas
mientras hablamos de amor.
Y que las olas nos empapen
de vida nuestras palabras.
Que nos besen estas sales,
que nos amen estos vientos, 
que con su boca nos silben
las sirenas por los puertos.
Déjanos besarnos siempre
directamente de ellos
de sus labios, mar calmada,
de tus labios, boca inquieta.
Que las palabras queden
como besos de papel
en esa rosa inventada
que un día dejé en tu mano:
pétalos de olor repletos,
que imborrable el color dejan
al fundirse con tu piel.
Deja que el mar nos bese,
el mar de palabras lleno, 
las estrofas en mareas,
unas altas, otras bajas, 
todas plenas, rebosantes de deseos.
Deja que el mar te bese
la espalda llena de heridas
que las sane, que las cure,
que te debe la esperanza
de dar luz a nuestros días.
Te regalo las palabras,
te las entrego flotando,
como flotan los labios de mar
cuando te dicen llegando
que te besan sin dudar,
con la fe golpeando. 
Déjate engañar, vivir,
déjate acompañar de día,
por lo que la noche te roba.
Déjate sentir nadar,
empapada de estos besos,
con esa espuma fugaz,
alumbrada en el proceso 
de construirte un lugar
en el que besar no es más
que escribirte, uno más, otro verso.



(Álvaro Hernando)