Thursday, June 6, 2013

Para quien navega sin brújula.

Me gusta la idea del mar como obsesión. Me ayuda a enfrentarme a mis miedos y a mis mayores valentías, porque a ésas también hay que enfrentarse. Piénsalo con detenimiento. La mayor parte del globo está cubierta de aguas marinas. Los mayores desafíos afrontados por el hombre han sido los relacionados con atravesar mares, ya fueran de agua salada, hielo, arena u obscuridad.
El mar te acoge, abraza, abriga, acepta, absorbe, roba y da la vida.
El mar me sirve como obsesión en mi obsesión de explicar y narrar el mundo.
En el mar se dan las escenas de mayor valentía, las de mayor egoísmo y crueldad, las más reconocidas y buscadas, temidas, odiadas e ignoradas.
Hoy, en todos estos mares, me apetece hablar de héroes, heroínas y recuerdos que espero no se diluyan en el agua como la sal arrancada de la roca. Esa sal que nos recuerda que existe por su sabor, su olor y por el cerco que deja en la piel al evaporarse el agua que nos bañó.
Mi primera gota de agua en el mar, mi primera marea, Andrew McAuley, un bello loco australiano, como todos los australianos que conozco, que decidió entre 2006 y 2007 atravesar a pala y valor ese Mar de Tasmania que conozco bien por haberlo navegado entre miedos y escalofríos en 2010. La diferencias entre su viaje y el mío son grandes. Él en kayak, yo en un barco gigantesco que en mitad de las tormentas parecía una cáscara de nuez a punto de caer por las Cataratas del Niágara. Andrew decidió ser el primero en la proeza. No por ser el primero. No por desear navegar cien días SOLO, sino porque el reto, como para Hillary, estaba allí. Otro detalle importante es que Andrew murió a menos de un día de su destino, probablemente a menos de veinte millas de la costa de Nueva Zelanda. Su cuerpo nunca se recuperó. Nunca le conoceré. Qué ganas de haberle conocido y de haber sido su amigo.
Mi segunda gota de agua, Paco Flores, se enfrenta cada día desde hace años a una tormenta bipolar en uno de los entornos más degradados de los suburbios que Madrid esconde en los pliegues de su deseado sexo. Junto a las enormes Cuatro Torres de la Castellana, la pobreza y la podredumbre se mezclan con las sombras que proyectan las corporaciones y personas que somos y admiramos las Cuatro Torres. Paco tiene un padre toxicómano, también gitano, como él. Adicto a la tristeza y a uno de esos polvos blancos que quedan tan bien en los cortes de las mesas de cristal de algunos banqueros que nunca irán a la cárcel. No sé exactamente de cuál se trata, ni es importante.
Paco navega a uña y tesón contra viento y tormenta de rayos. No se ve el fin de la ola. Yo atravieso ese mar desde hace tiempo, en un plácido submarino desde el que se sienten las corrientes de vez en cuando, en el que uno puede aterrarse aferrado a sus torpedos armados de explosivo "pseudomoral", esquivando las cargas de profundidad que lanzan los que ahora mandan. Paco y yo hicimos de actores en una película que estrenaron hace poco en el Museo Reina Sofía. Yo no fui porque en las visiones previas Paco, que es muy inteligente, como todos los supervivientes, me dijo: "Álvaro, se te nota la impostura". Claro, soy un cobarde. No fui por evitar el ridículo. Él tampoco pudo ir a esa proyección. Estaba sacando de la tormenta blanca los treinta kilos de su padre, con el entendimiento perdido de un yonki que se hunde en un coche desguazado en Valdemingómez. Otra gran diferencia entre su travesía y la mía. Él se lanzó al mar a salvar lo que queda de su padre. Yo, en mar plácida, por la idea de que una vez vi un tiburón en un documental, me salvé a mí mismo de mi vergüenza española.
Mi tercera gota de agua, Frella Hoffmeister, la reina de la belleza alemana, exgimnasta y valiente. Concluyó la vuelta completa en solitario en kayak a Australia. Esto no lo he hecho ni creo que pueda hacerlo, simplemente porque si voy a Australia no tengo intención de atravesar los trece mil kilómetros infestados de medusas, cocodrilos y tiburones que ella consiguió concluir utilizando para ello veintiocho días menos que el único hombre que hasta entonces lo había conseguido. Un neozelandés loco y bello, como Andrew, llamado Paul Caffin, quien tardó casi un año en hacer lo mismo. Qué locura. Qué valiente. Qué ignorada. Ella no necesita reconocimiento. Fue en 2009. Yo me enfrento al mar de las letras y las palabras y cada una de las paladas va impregnada del anhelo de querer permanecer, de querer inspirar, de querer ser reconocida como la única, la mejor palada de cuantas se podrían haber dado en el eterno mar que es la literatura.
Mi cuarta gota de agua, Ana Cruz. Se ve en la tormenta perfecta a ratos. A ratos en el Mar de los Sargazos. Es otra heroína. Le tocó tomar el timón de una nave en la que van varios navegando, tripulantes, polizones, viajeros mochileros y alguna rata que por mucho que el barco parezca que va a hundirse, no, decididamente no saltan por la borda. Es timonel y capitana que decide llorar en mitad de la tormenta con una sonrisa en la cara y unos ojos que iluminan en la oscuridad. Y lo hace en ese momento no porque sea el más duro, sino porque es en el que menos se nota. Decidió elegir llorar por las esquinas de un mundo que se navega siempre en redondo, sin puntas ni ángulos. Pocas veces se entretiene en una esquina, salvo si es un escollo que sortea con lo que a Paco, a Andrew, a Frella y a Paul les sobra. Ana, además, saca de vez en cuando, entre palada y palada, entre giro de timón y giro de timón, un candil muy sutil, que emite una luz bella, tenue, impresionantemente necesaria para muchas personas que navegan en soledad por aguas en mitad de la oscuridad. Es como un faro que marca el camino entre las rocas y te recuerda cómo son los hombres antes de embarcarse y cómo son paridos por mujeres que nunca necesitaron embarcarse para huir de sus responsabilidades como gente que siente, ama y vive el instante. Se fija en la luna, las estrellas. Ana habla con el Sol. Lo ama y saluda casi cada día. Le gusta el olor del mar que llega casi en todo momento al Gavá. Se orienta cuando la desorientación es un manto negro y frío que lo cubre todo. Ana se deja fluir, que no ir, en el instante. Aprende a conocerse. Aprende a atreverse. Hay diferencias... Yo aprendo a navegar alejándome de la negrura, con una brújula en cada mano y tratando de acercarme a alguien que se le parece, que sabe tomar la vida por el timón adecuado, sin importar el rumbo. Porque, aunque la gente valiente sabe dónde quiere llegar, mejor conoce el punto en el que se encuentra.  El rumbo no es tan importante como saber enfrentarse a la incertidumbre y a la tormenta. Yo con ello no sé poder. Para mí una ráfaga es eterna.
Mi quinta gota de agua, Antonio de la Rosa, literalmente navegante y aventurero. Sonrisa eterna, ojos profundos y claros, cristalinos, como el mar de Menorca. Del mismo mar que ahora atraviesa Paco se dedicó a atravesar los mares que Paul, Andrew o Frella ya han atravesado. Él, con su kayak, ya ha cruzado algún mar de agua salada. Con su tesón también ha atravesado mares de tierra helada, hielo y nieve, en la Siberia del helado lago Baikal. Es lo que nos queda de Scott. Es un empeño constante en la aventura, en el desafío, en el reto. Sin demasiadas pegatinas simplemente piensa "un pasito más... una palada más". Y sabe dormir, sabe comer, sabe defender su casa y sus sueños. En la tormenta encuentra el mar plácido del único argonauta que, pase lo que pase, sabe que regresará a casa con la experiencia y con el éxito. Ojalá alguien fuera tan valiente como él como para financiar su próxima empresa, atravesar en solitario, en kayak, el Atlántico. A este sí que le conozco, sí que le he dado de comer, sí que ha compartido su comida conmigo. Es tan normal el héroe que no necesita de artificios y no te recuerda que lo es. Yo, como con la literatura, estoy tan orgulloso de haber saltado un charco que lo proclamo a los cuatro vientos como cuando el padre primerizo se desgañita gritando "¡Es niño y se llamará Teo!" para que todo el mundo sepa del hecho como si de una hazaña se tratara. Hay muchas diferencias entre cómo él afronta sus mares y yo los míos.
Gota a gota se va haciendo el mar en su inmensidad. Cinco gotas entre gotas. Cinco gotas distintas como gotas de agua. Cinco gotas que parece que mojan más que las demás, que tienen más sal de vida que las demás, que permanecerán más que las demás en ese modo de amar la vida que, para mí, es narrarla.